ESTO FUE LO QUE ESCRIBÍ UNA SEMANA ANTES DEL FRAUDE DEL28 DE JULIO EN VENEZUELA


Julio 21, 2024


Todas las encuestas serias apuntan hacia un triunfo del candidato de la oposición unida, Edmundo González Urrutia. El misterio es cual va a ser la reacción del gobierno de Nicolás Maduro en caso de una derrota. Nadie imagina al autoritario presidente ciñendo la banda presidencial en el pecho de González. Tampoco nadie lo imagina reconociendo hidalgamente su derrota. Pero en la historia siempre hay un lugar para lo inimaginable. Quien escribe tampoco imaginaba a Augusto Pinochet cediendo el gobierno a Patricio Aylwin. Seguramente Pinochet tampoco lo imaginaba. Pero suele suceder que los actores políticos, cuando no pueden hacer lo que quieren y no quieren hacer lo que deben, deben resignarse a hacer lo que pueden, sobre todo cuando deben hacerlo en el marco de condiciones nacional e internacionalmente irreversibles.

Maduro tiene sin duda cartas bajo la mesa. Una es cometer un grosero desfalco electoral a lo Lukaschenko. Pero Lukaschenko tenía a otro ladrón de elecciones como vecino y podía permitirse el delito que cometió en su país manteniendo su impunidad. Una segunda carta sería para Maduro un golpe militar con el pretexto de asegurar el “orden publico” en caso de que las multitudes de la oposición reclamen en las calles un robo electoral. No está excluida tampoco la posibilidad de que las dos cartas sean una sola. Robo electoral y golpe de estado a la vez, a fin de impedir el ascenso al poder de la “derecha fascista” (para decirlo con el vocabulario que emplea Maduro).

Maduro tiene, sin embargo, una tercera carta: y es la siguiente: aunque sea de malas ganas, aceptar su derrota e intentar convertir a partir de ese momento al PSUV -mal que mal es el partido más numeroso de la nación- en eje de una oposición política en contra del nuevo gobierno. Con ese paso Maduro pasaría a la historia de la izquierda latinoamericana como un estadista y no como un criminal, que ese sería el caso si elije una de las dos primeras alternativas.

Dicho de modo más simple: o Maduro se convierte en un Pinochet de pseudoizquierda (es decir, en un nuevo Ortega) o se convierte en el dirigente de un movimiento chavista destinado a reconquistar el poder del mismo modo como lo perdió: con una mayoría electoral. Si todavía queda alguien sensato dentro del chavismo, diría a Maduro que esa sería la opción más realista. Al menos tendría la posibilidad de asegurar la continuidad política de la tradición chavista. Pues en caso de que viole esa tradición y decida convertirse en un neo Ortega habrá perdido no solo la elección sino lo que le queda de legitimidad frente a la oposición y ante los suyos.

Maduro debe saber que en estos momentos su gobierno es el más aislado del continente, no solo por la “derecha fascista” (la oposición), también por la izquierda democrática. Debe saber también que las grandes masas que una vez rodearon a Chávez, ya no son las suyas. Debe saber, no por último, que su gobierno ostenta los peores números, no solo continentales, también mundiales, en los índices de corrupción, respeto a los derechos humanos, equidad, justicia, servicios públicos, educación. En suma, si roba el gobierno a la ciudadanía, ya no podría sostenerse por su propio peso y su sobrevivencia en el poder solo la podría mantener sentado sobre bayonetas ensangrentadas.

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