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Fernando Yurman - LAS FASES ORIGINARIAS

El vacío apabullante, la presencia en la ausencia, el rigor de un poder inminente que fusiona la voz y la verdad, anuncia el absoluto monoteísmo judío, tal como lo caracterizaba Gershom Sholem al investigar su entidad religiosa. ‘’Yo soy el que soy’’ es el punto cero del enunciado y la enunciación, la autoridad que autoriza, sin transacciones ni mediaciones, sin hijo de Dios, ni semidioses como Aquiles o Hércules. La despojada creencia tiene una distancia inconmensurable, defendida durante siglos de la tentación de hechizos, brujerías, magia y reverencias idolátricas, y esa radicalidad envuelve indirectamente el misterio del verbo y de las cosas. Deja en las palabras el ejercicio de cualquier indagación, pero en esa proximidad la palabra no es menos inexpugnable que las cosas mismas. No desconoce las representaciones visuales, pero no exceden la llama de la vela y nunca abandonan la resonancia lingüística. La presencia divina se irradia articulando esas dos dimensiones complementarias, la luz y la palabra, derramadas, difundiéndose hacia afuera, como los primeros cabalistas ilustraron en las partículas ígneas de las sefirot. Son las esenciales metáforas gnósticas que flamearon desde Platón hasta Bachelard. Hay aquí una gran similitud con el platonismo y sus distintos niveles para las ideas. Los primeros desplazamientos míticos suscitan esos esbozos sincréticos, de la misma manera que en ‘’ El Timeo’’ Platón planteaba una divinidad única, ordenadora del cosmos. Esa confluencia entre el politeísmo griego y el monoteísmo judío fue cambiante, controversial y también irrefutable cuando se extiende en el mapa de los siglos, aunque deja diferencias en la experiencia de lo sagrado. SEGUIR LEYENDO