Fernando Mires - Alemania 1, España 1: EL FÚTBOL COMO AGONÍA

 


1.

Hansi Flick, el estudioso DT alemán, había visto y revisto en video a los españoles jugar frente a Costa Rica. Debe haber anotado que no había que permitirles hacer su juego pues los pases al hueco de un Gavi o un Pedri no deben dejar solo a ninguno de esos tres endiablados: Asencio, Olmo, Ferran. Ni siquiera tocar la pelota pues los tres son flechas que llevan el gol en el vuelo. Por eso Flick decidió lo más elemental: mandó a a romper el juego. El precio era caro: no hacer el juego.

Flick mantuvo al mismo muro defensivo que fracasó frente a los japoneses y en el medio hizo un solo cambio: Goretzka entró por Havertz, un mediocampista recio por un delantero habilidoso. Entre Goretzka y Müller se repartieron el trabajo destructivo de mediocampo. La orden era una sola: cerrar espacios y dejar a los dos delanteros, Gnabry y Musiala, librados a su suerte. Este último, el más talentoso jugador aparecido en Alemania en los últimos tiempos, creó algún peligro. Pero su juego es hacer de enganche, o de tercer delantero atrasado donde abre agujeros entre las piernas, pero no de hombre de área. En fin, Flick aplicó la táctica del perro del hortelano que no juega ni deja jugar.

La táctica resultó durante el primer tiempo, pero es terriblemente desgastadora y España tiene excelentes delanteros de refresco. Luis Enrique no vaciló en enviar al mejor de ellos: Moratta, y a los dos minutos hizo el gol. Alemania no tenía más alternativa que cambiar su estilo de juego. Fue la orden de Flick, pero llegó tarde, y quien llega tarde será castigado por la historia, dijo Gorbachov.

En los últimos 20 minutos Alemania demostró disponer de piezas para hacer un juego más creativo. La entrada del hábil Sané permitió abrir espacios y la de Füllkrug, un delantero veterano de Bremen (uno de esos 9 clásicos que casi ya no hay) incorporado al cuadro en los últimos momentos, hizo el gol.

Si Alemania pasa o no a los octavos, no lo decidirán los alemanes sino los españoles y los japoneses, siempre y cuando, claro está, que Alemania logre ganar a Costa Rica, un equipo que no solo sabe ser goleado sino también recuperarse y hacer un fútbol más que aceptable, como lo demostró frente a Japón. Por diferencia de goles los españoles están prácticamente adentro y puede que no lleguen a matarse frente a Japón.

En fin, Alemania ha entrado al área chica de la agonía

2.

La agonía irrumpe cuando la existencia es enfrentada con su negación más radical: la de dejar de ser. Que en el fútbol no es lo mismo que morir sino algo parecido: ser eliminado. La palabra misma lo dice en toda su crueldad: las eliminatorias eliminan. Si pierdes dejas de estar, y te vas para tu casa arrastrando uno de los sentimientos más duros que da la vida: el de la derrota. Por eso en cada partido, los muchachos lo dan todo. No quieren ser eliminados e, inexorablemente, muchos lo serán.

Frente a esa disyuntiva, el partido de fútbol deja de ser un partido de fútbol y se convierte en una simple lucha por la sobrevivencia, vale decir, en una agonía. Ahí es cuando los partidos pasan a ser un drama cuyo sentido es evitar una tragedia. A eso apostó Alemania frente a España. Si lo logró, lo sabremos después. El destino decidirá. Sin embargo, ganarle al destino es más difícil que ganarle al equipo más pintado. Así al menos cantaba Gardel, “contra el destino nadie la talla”.

Si los jugadores alemanes no saben rezar, deberían al menos aprender. No les queda otra.