Alejandro Lafluf - EL RADICALISMO Y SU ANTÍDOTO

 



A mediados del Siglo XX el fascismo y el comunismo se disputaban el terreno ideológico. Ambos criticaban y atacaban ferozmente a la democracia liberal. El comunismo la consideraba expresión de intereses espurios y la tachaba despectivamente como democracia burguesa. El fascismo la consideraba la antesala del comunismo – calificaba sus instituciones como débiles y decía que solo podían servir de carne de cañón -.

Ambas ideologías han desaparecido, sin embargo, su espíritu radical pervive en nuestras democracias actuales, como una especie de residuo o resabio ideológico que se manifiesta cada tanto en posturas extremas – que aparecen tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político -.

Lo que en todo caso me importa señalar es que estos radicalismos se retroalimentan y se usan mutuamente. En el fondo se necesitan pues la radicalización de uno es la condición de la radicalización del otro (y viceversa).  Por eso ambos califican a las posiciones ponderadas o equilibradas como tibias, precisamente, porque las examinan al calor de ese radicalismo. No importa lo que se dice sino el grado de radicalidad de lo que se dice.  Esto determina que cualquier posición intermedia sea denostada de inmediato como cómplice, cobarde o ingenua – precisamente porque no es radical -.

El radicalismo conduce necesariamente a la polarización y ésta, al destruir el discurso público y los espacios de diálogo, conduce  inevitablemente a la violencia. En efecto, cuando las diferencias no pueden articularse discursivamente el único recurso que queda, para dirimirlas, es la fuerza -.

La pregunta por tanto es ¿cómo enfrentar el radicalismo en una sociedad democrática? Hay tres estrategias. 

La primera estrategia es ética y consiste en devolver bien por mal. Cuando la ética cristiana dice “ama a tu enemigo” no solo no está pecando de ingenuidad sino que está proponiendo la mejor estrategia para desactivar una conducta dañina. Ama a tu enemigo significa (a un nivel básico, por supuesto) sé diferente, actúa distinto. La mejor estrategia para vencer a una persona que actúa mal es no parecérsele. Responder educadamente a un insulto ordinario no es ingenuo sino que es la única forma de desactivarlo y no quedar atrapado por su lógica.

La segunda estrategia es racional y consiste en oponerse al reduccionismo del radicalismo. La izquierda radical como la derecha radical se caracterizan por levantar un sola bandera y por esa misma razón ambas conducen a la injusticia. Si la igualdad es el único valor al final seremos injustos porque terminaremos tratando igual lo que es diferente. Si la libertad es el único valor al final seremos injustos porque terminaremos tratando diferente lo que es igual. En el igualitarismo se pierde de vista la diversidad, en el libertarismo se pierde de vista la igualdad – por eso digo que ambas conducen, tarde o temprano, a la injusticia-. 

Al radicalismo no le interesan los valores sino el poder. Ese es el punto. Por eso no está interesado en la complejidad de lo real, en la mejor forma de gestionar los problemas, sino en reducir esa complejidad, en radicalizarlo todo, para poder polarizarlo todo. Mateo Salvatto lo dice bien “el radicalismo construye un paredón de cada lado para lanzarse luego la pelota. La tragedia, es que la pelota somos nosotros”. El reduccionismo valorativo no puede ser aceptado porque solo la pluralidad de valores nos permite conjugarlos del mejor modo en función de las situaciones concretas que debemos atender. Solo conjugando valores podemos garantizar el derecho a la diferencia sin diferencia de derechos.

La tercera estrategia es política, o si se prefiere, democrática. Vivimos en democracia. Y por lo tanto tenemos instituciones y leyes que nos gobiernan. El radicalismo conoce la fuerza de la democracia y por eso no duda en atacar sus instituciones; la izquierda radical, presentándolas como la expresión de intereses espurios, la derecha radical, presentándolas como débiles o corruptas. Ambas buscan fragilizarlas. Sin embargo, no podemos olvidar que las instituciones, en una democracia, son la mejor herramienta que tenemos para resolver nuestros problemas y el escudo más fuerte con el que contamos para enfrentar el flagelo del radicalismo. Banalizar y fragilizar las instituciones, en lugar de fortalecerlas, es jugar con fuego. Tenemos que vitalizar las instituciones no boicotearlas. Y la mejor forma de hacerlo es invocándolas. Invocándolas todo el tiempo. Tenemos que exigir – cada uno desde su lugar – que las demandas se articulen y se resuelvan institucionalmente. Que los conflictos se canalicen políticamente. Que los problemas se resuelvan institucionalmente. No solo porque la participación institucional permite la solución ponderada de problemas complejos - que involucran intereses, necesidades y valores – sino porque las instituciones garantizan la participación ciudadana. Y si no es así entonces habrá que seguir democratizándolas. Pero desplazarlas o denostarlas no es el camino. Esa es precisamente la coartada del radicalismo. 

Invocar las instituciones es la mejor forma de fortalecerlas. En un museo que nadie visita no hay nada. En un libro que nadie lee no hay nada escrito. Las instituciones no son nada si no creemos en ellas. La democracia no es nada si nadie la defiende. Somos lo que protegemos. Un juego sin reglas es como una libertad sin límites. Necesitamos reglas para poder jugar, del mismo modo que necesitamos límites para poder ser libres. Esos límites, lejos de limitarnos, nos expanden. La ausencia de reglas y límites solo puede traernos caos, barbarie, confusión, injusticia, degradación y violencia. 

No podemos renunciar a nuestra libertad. Tenemos que asumir la responsabilidad  de trazar nuestros propios límites. Si no le ponemos límites al radicalismo, el radicalismo nos impondrá sus límites a nosotros. Una vez le preguntaron a Kant si la humanidad progresaba hacia lo mejor. El filósofo alemán contestó: “Pues depende de lo que hagamos”. Sin duda el futuro de nuestra nación dependerá de lo que hagamos, pero sobre todo, de lo que hagamos para ser mejores.