Fernando Mires - HEGEMONÍA Y UNIDAD EN LA OPOSICIÓN VENEZOLANA




¿Quién, aparte de los miembros del régimen de Maduro, no quiere la unidad política de la oposición venezolana? El por mí muy respetado Simón García en uno de sus más recientes artículos la sitúa incluso en el primero de un trato de tres pisos, previo a la unión entre la oposición y el gobierno más las elites nacionales, en aras de lograr el crecimiento económico, el desarrollo humano y la gobernabilidad democrática. Lo entendemos así: sin unidad de la oposición no habría salida posible a la crisis integral que hunde a Venezuela. Pero - y aquí cabe la incómoda pregunta - ¿Es posible esa unidad? Es la primera pregunta que deberíamos plantearnos. Luego vienen otras más secundarias como por ejemplo ¿es necesaria esa unidad? Y tal vez una tercera: ¿es deseable esa unidad?

Unidad absoluta y unidad hegemónica
Partimos de una premisa: la unidad absoluta presupone la eliminación de las diferencias lo que políticamente hablando es imposible. Pero aún si fuera posible no sería necesaria, pues al ser absoluta dejaría fuera de sí a amplios sectores que no caben en esa unidad, esto es, sería excluyente, hecho que bloquearía toda posibilidad para llegar a ser mayoritaria. Por lo mismo, la unidad absoluta tampoco sería deseable, más aún si tenemos en cuenta que la supresión de las diferencias significa la supresión de la política. No la unidad sino la diferencia es la sal de la política.
Cualquiera posibilidad de unidad, la venezolana también, pasa por una lucha por una hegemonía, mediante la cual se constituye una centralidad política que subordina a los extremos. Así ha sucedido al menos en los países en donde han tenido lugar procesos de democratización. De tal modo que la unidad, valga la paradoja, nunca será verdaderamente unitaria si no proviene de una lucha por la hegemonía entre un centro y sus extremos. Toda unidad política es el resultado de una lucha hegemónica. O diciéndolo al revés: sin lucha hegemónica no hay unidad política.
En el caso de Venezuela podríamos decir que en estos momentos hablamos de una nación subsumida en una profunda crisis política. La razón es que tanto en los bandos del gobierno como en los de la oposición no han sido configurados espacios de discusión. Por el contrario, en ambos bandos la conducción se encuentra ejercida por los extremos. Razón que explica la imposibilidad no solo de dialogar sino de negociar entre sí. Esa imposibilidad es llamada por Antonio Gramsci, “crisis orgánica”.

La sombra de Gramsci
Si hablamos de hegemonía y de crisis orgánica no podemos pasar por alto a Gramsci. La razón es que su concepto de hegemonía se diferencia radicalmente de otros que ven en la hegemonía un simple sinónimo del concepto “dominación”. Pero para Gramsci hegemonía significa exactamente lo contrario. La dominación -los marxistas ortodoxos hablan de clase dominante, ideología dominante, etc.- excluye el debate entre fuerzas antagónicas. La hegemonía en cambio no solo es resultado sino, además, es configurada en el debate. Debate discursivo constituido por conjuntos de ideas que se cruzan entre sí, el que en los países democráticos tiene lugar en el parlamento, pero también en los medios y, no por último, en la calle. En otras palabras, según Gramsci no solo hay lucha de clases, sino además hay luchas de ideas las que no siempre son “de clase”. Con tales formulaciones contenidas en los Cuadernos de la Cárcel escritos después de 1931, Gramsci subvirtió -eso es lo que no ha sido advertido por muchos marxistas- la lógica central del pensamiento marxista.
Según el filósofo italiano, en los procesos de cambio histórico el desarrollo de las ideas está puesto, sino a la par, por sobre el propio desarrollo de las fuerzas productivas. Argumento que desde la prisión no podía formular de modo explícito pues sus “cuadernos” estaban sometidos a dos filtros: el menos importante, el de sus carceleros quienes de esos “cuadernos” nada entendían, y el del partido comunista italiano todavía fiel a las ideas de Lenin. Como sea, la filosofía política de Gramsci trasciende a la economía política de Marx y en gran parte la contradice. Con Gramsci y después con Arendt comienza a renacer la filosofía política que marxistas y liberales habían intentado sustituir por “las ciencias”, sobre todo por las económicas.
En cierto modo todo el llamado post-marxismo está sobre-determinado por la sombra de Gramsci. En la lógica de la razón comunicativa de Habermas, en la microfísica del poder de Foucault, en la autonomía del discurso de Derrida, y en muchas otras visiones del mundo post-moderno, vive Gramsci, aunque no siempre tales autores se hubieran referido a su nombre. Incluso, ideólogos de la Nouvelle Droitte como Alain de Bonaist y Vleams Gove han readaptado las ideas de Gramsci proponiendo la tesis de la hegemonía cultural para justificar la xenofobia que destilan sus libros.
Al llegar a este punto adivinamos la pregunta: ¿sirven las tesis de Gramsci para entender la situación de Venezuela? Mi respuesta taxativa es: sobre todo sirven para entender la situación de Venezuela.

Dos crisis
Sin mencionar la tenebrosa profundidad de la crisis económica venezolana, desde el punto de vista político hay que señalar que el país enfrenta dos crisis adicionales: la de un vacío hegemónico nacional o “crisis orgánica”, según Gramsci, y la crisis de hegemonía al interior de la oposición. La crisis hegemónica nacional, a su vez, afecta mucho más a la oposición que al gobierno debido a una razón simple: el de Maduro no es un gobierno político sino militar. Su propósito no es alcanzar la hegemonía ideológica de la nación, como casi lo logró Chávez, sino la simple dominación militar. Su objetivo no es debatir con el adversario, sino suprimirlo. Para lograr ese fin necesita arrastrar al adversario al terreno de su lógica, la militar, a fin de que abandone la lógica política en la que nunca el régimen se ha sentido demasiado fuerte. Y, evidentemente, Maduro lo ha logrado.
Desde que el 20-M el régimen consiguió descarrilar a la oposición de la vía electoral – la única que conocía- logró de paso dos objetivos suplementarios. El primero fue destruir a la MUD (sin elecciones no se justificaba su existencia). El segundo fue sustituir el centro político por un extremo, objetivo que ha venido cumpliéndose con el aparecimiento de Juan Guaidó quien, de acuerdo a la línea ultrista de su partido, Voluntad Popular, logró imponer la lógica de la Salida 3 (la 1 fue la del 2014 y la 2 la del 2017) mediante la proclamación de una consigna insurreccional -no otra cosa es el llamado “cese de la usurpación”- relegando la lucha electoral hasta después de la imaginaria caída de Maduro. De más está decir que de acuerdo a esa estrategia una ciudadanía sin armas está condenada a perder su condición de sujeto político para transformarse en objeto puesto al servicio de alguna disidencia militar o de la supuesta intervención norteamericana, hasta el momento usada por Pompeo, Abrams y Bolton como mera propaganda electoral a favor de Trump.
La estrategia militarista del extremismo opositor quedó al descubierto el 30-A. Sobre esos sucesos Guaidó no ha dado nunca una explicación medianamente razonable. Ese es también un motivo que obliga a no pasar la página del 20-M. Pues el abandono de la ruta electoral del 20-M -la misma que llevó a la gran victoria del 6D- dejó un espacio que fue usurpado -vía Guaidó- por el extremismo endógeno.
Para ser realistas, el panorama político que ofrece la oposición venezolana es desolador. No la hegemonía sino la conducción está en manos de un extremo endógeno (el farándulesco extremismo exógeno de la dama corajuda no vale la pena mencionarlo). Guaidó llena calles, lo ovacionan diga lo que diga, dice tener todas las opciones sobre la mesa, llama a grandes manifestaciones donde se desata en arengas y fantasías, pero no señala ningún camino. Es definitivamente un líder mesiánico y pre-político, pero no un líder político, situación que se agrava debido al hecho de que los sectores que otrora dieran atinada conducción a la oposición (ADC, UNT, PJ, en parte) han optado por un silencio que linda con la complicidad. Quizás más de algún cazurro dirigente espera “su” momento para superar la afonía. Si es así, ese momento ya pasó.
No el clamor por una imposible unidad política sino el inicio de una lucha por la hegemonía tendiente a desarticular el discurso extremista y recuperar el carácter democrático, constitucional, pacífico y electoral de la oposición venezolana, puede crear las condiciones para enfrentar a Maduro por su flanco más débil: el político. Hasta que no tenga lugar esa lucha, y la oposición no tome otro rumbo, Maduro podrá respirar tranquilo. Con Guaidó o sin Guaidó.

PS
Escribía Gramsci en sus Cuadernos que la hegemonía suele anteceder al ejercicio del poder. Eso quiere decir que la lucha de ideas al margen de las direcciones partidarias puede estar dándose desde ya tanto al interior como al exterior de los partidos de la oposición. Hay signos: Destacados pensadores venezolanos escriben diariamente acerca de la necesidad de re-encarrilar a la oposición en la vía triunfante del 2015. Múltiples opiniones en las redes se manifiestan en la misma dirección. La lucha hegemónica, de acuerdo al mismo Gramsci, no es visible. Pero sí es perceptible.
Elecciones libres, ya. Así reza el lema pre-hegemónico.
Esa, por lo demás, es la única posibilidad que resta para oponerse, aunque sea de modo testimonial, a una aventura que, de ser posible (y bajo determinadas condiciones puede ser posible) solo llegará a serlo al precio de la pérdida de muchísimas vidas humanas.