Adriana Moran - LA LÓGICA DEL PAREDÓN POLÍTICO


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No puede ser que a estas alturas veamos el estilo confrontacional del régimen como una novedad. La confrontación ha sido el estilo de la mal llamada revolución del siglo veintiuno desde el inicio. Con ella se subió a su primera tarima, construyó su narrativa, alimentó sus discursos incendiarios y ha mantenido cohesionados a sus seguidores más fanáticos pegados a ese cuento de guerra permanente que los hace sentirse fuertes más allá de toda racionalidad. Y no sólo eso, ha intentado por todos los medios, durante años, que le respondamos de la misma forma para que esa llama belicista que tiende a apagarse cuando hablamos desde la civilidad que expone sus falencias, permanezca ardiendo.
¿Porqué asombrarnos ahora, cuando de este lado se le da protagonismo a su enemigo preferido y se lo amenaza con invasiones y ejércitos, bloqueos y sanciones, revueltas y violencia, de que su respuesta sea el avivamiento de esa llama.? ¿Donde está la rareza de que responda con paredones de ajusticiamiento u otras formas de castigo medievales a quienes deciden entrar en el juego que a modo de trampa preparó para nosotros? Si en su momento de mayor debilidad y acogotamiento, cuando hasta sus más cercanos dan muestras de cansancio frente a tanto desatino, en lugar de buscar sus debilidades y exponerlas como llagas, renunciamos a ejercer nuestra verdadera fuerza y lo complacemos en su mayor fantasía, no podemos esperar que nuestra acción produzca otra reacción diferente que la que ha estado cultivando con perverso esmero.
Recoger los vidrios rotos de tanta amenaza y tanto grito y ubicarnos todos en el sensato punto de formar un grupo unificado en el propósito de ejercer nuestros derechos y reclamar desde nuestra razón indiscutible y acción ciudadana la salida democrática a la que tenemos derecho, no será fácil. Renunciar a la tentación de responder en sus mismos términos, diferenciarnos de ese deseo de destruir al otro después de cosificarlo, es una tarea ardua. Pero hay que hacerla. Aunque las puntas de esos vidrios estén muy afiladas. Aunque haya quienes sigan rompiendo alguno mientras intentamos recogerlos. Porque la urgencia sólo podrá resolverse colocando la realidad como prioridad y desarmado de amenazas inútiles a quien las necesita para sobrevivir en medio del caos. Ellos no son invencibles. Aunque lo repitan mil veces. Pero lo serán si nosotros insistimos en creerlo y nos damos por vencidos.