Roger Koza - LA DISTANTE LUCIDEZ DE INGMAR BERGMAN


Ingmar Bergman, un sofisticado lugar común de la cinefilia pretérita, una ostensible anomalía en el cine contemporáneo. ¿Qué sucedió? ¿Ya es parte del museo del cine? El caballero de la incredulidad gozaba de un prestigio incuestionable. Todo aquel que había pasado por un diván o leído a los existencialistas lo tenía por una rabiosa deidad que descollaba en el teatro y el cine. Su nombre era la garantía de un anti espectáculo y de una indagación impiadosa sobre todo aquello que cuesta reconocer y asumir cuando se abandonan las supersticiones cotidianas: Bergman nos recordaba la mezquindad del espíritu, el vacío del mundo, el narcicismo despiadado y la crueldad como un fondo ontológico imbatible. El cine de Bergman era un antídoto contra la evasión, una bofetada sin zen, una amarga lucidez indispensable para no engañarse.

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