Fernando Mires - ESTA TARDE VI LLOVER



Esta tarde vi llover
Intérprete: Armando Manzanero. Autor: Armando Manzanero
Esta tarde vi llover/ vi gente correr/ y no estabas tú/ La otra noche vi brillar/ un lucero azul/ y no estabas tú/ La otra tarde vi que un ave enamorada/ daba besos a su amor, ilusionada/ y no estabas tú/ El otoño vi llegar/ al mar oí cantar/ y no estabas tú/ Yo no sé cuanto me quieres/ si me engañas/ o me extrañas/ sólo sé que vi llover/ vi gente correr/ y no estabas tú

Nos encontramos con un canto de amor a la ausencia.
La ausencia: uno de los temas más recurrentes de los boleros, afirmación que no deja de tener cierta implicación metafísica. Porque convengamos que la ausencia, al ser ausencia, no debería existir. La ausencia sólo puede existir si se hace presente, pero ¿cómo puede hacerse presente la ausencia si al ser ausencia no existe? La respuesta lógica, creo yo, es: la ausencia sólo se hace presente en su ausencia pues la ausencia es un vacío de presencia. Luego, para que haya un vacío de presencia, la ausencia tiene que aparecer a través de algo presente. La ausencia sólo puede ser transportada a la realidad a partir de la presencia de algo que no está ausente. Por ejemplo, cuando un equipo de fútbol juega mal, habiendo faltado el astro del equipo, los periodistas dicen que ese astro “brilló por su ausencia”. Lo mismo ocurre a Armando Manzanero: su amada brilla por su ausencia bajo la lluvia, entre la gente que corre, en el ave enamorada, en el otoño que llega, en el mar que canta, etc.
El destino de los astros futbolísticos y de los grandes amores es que cuando más brillan no están. En cambio, cuando están, puede que brillen menos, porque nadie puede ver la luz en la luz. La oscuridad es la condición de la luz. La ausencia es la condición de la presencia. El vacío es la condición del amor. El bolero lo dice de modo explícito:“La otra noche vi brillar un lucero azul, y no estabas tú”.
El vacío es una forma de existencia. Para que el vacío pueda ser percibido como tal se requieren instancias no vacías que, al existir, permiten observar el vacío, del mismo modo que para observar el abismo necesitamos de la altura de una montaña. Sin altura no hay abismo, sin existencia no hay vacío. Luego, el vacío no es la nada. El vacío, al igual que su amante, la ausencia, existe. Ahora, el vacío que ha resultado de un vaciamiento, es un vacío que no muestra sólo el vacío, sino la huella del lugar vaciado. Mas todavía. Puede que no reparemos en la presencia de un objeto hasta el momento en que nos damos cuenta de que ese objeto no está más ahí. Entonces, la desaparición del objeto nos revela la existencia del objeto.
El vacío aparece como un hueco y en el caso del bolero, como un hueco abierto entre la lluvia bajo la cual la gente corre. Todas esas cosas que observa Manzanero, las observa a partir del hueco llenado por la ausencia del ser amado que, por no estar presente, permite valorar el sentido de todas las cosas que la desaparecida presencia había asociado en torno a sí, las que adquieren significado justo en el momento en que el hueco comienza a existir. Las cosas que antes habían estado asociadas a la presencia, se asocian de un modo mucho más intenso a la presencia de la ausencia, revelando el sentido de la presencia desaparecida, sentido que probablemente no fue advertido en toda su magnitud cuando la presencia se encontraba presente. El hueco se ha transformado así en un vacío significante que no es lo mismo que un significante vacío. Vale la pena hacer la precisión.
El vacío puede actuar como significante cuando el significante que ocupaba el vacío ha desaparecido. Por ejemplo, cuando alguien amado muere, todas las cosas que con ese ser estaban relacionadas, adquieren una nueva dimensión. La mesa donde cenaba, el escritorio donde escribía, la cama donde dormía, los libros que leía, etc. Todas esas cosas giran como satélites alrededor de un sol que ya no brilla más. La imagen es, por lo demás, muy realista. 
En los observatorios astronómicos es posible observar estrellas que han muerto hace cientos de años y que, debido a la velocidad de la luz, seguimos viendo brillar como si estuvieran “vivas”. Cuando el sol, que es nuestra estrella significante, desaparezca, seguiremos calentándonos con sus rayos ocho minutos más, que es el tiempo que demora la luz del sol para llegar a nuestro planeta. En ese sentido el sol continuará actuando como significante central después de desaparecer. El sol será, en esos ocho minutos, un vacío significante. El vacío significante puede ser, por lo mismo, un recuerdo.
Gabriel García Márquez, en una de sus raras escapadas filosóficas, dijo una vez que “el amor sólo existe en la memoria”. La memoria en muchos casos necesita retener como significante el vacío del significante para que todo lo que estaba asociado a él mantenga su significación, pues sin esa significación, las cosas se de-significan, que es lo mismo decir que dejan de estar asociadas a un punto significante que las asociaba entre sí. De-significación, en la medida en que cada significante se significa sólo con otro significante, lleva a la disociación, la que puede ser, en muchos casos, mental.
El significante vacío, en cambio, a diferencia del vacío significante, es aquel que ha sido puesto en el hueco para que el hueco no quede vacío y pueda así actuar como si fuera un significante real. Pongamos un ejemplo: un rey en las monarquías actuales no tiene casi ninguna atribución “real”. No gobierna, no legisla, no juzga, no manda. Sin embargo, la nación monárquica necesita que el rey esté ahí, aunque no diga nunca nada, o aunque a nadie le importe lo que diga, porque a través de ese rey la nación se reconoce a sí misma no sólo en su presente sino en su tradición, en su historia, en su pasado. El rey puede que no sea una realidad, pero es una realeza, y la realeza ocupa, simbólicamente, el lugar que anteriormente correspondió a una realidad. El rey, en ese caso, actúa como significante vacío, que mientras más vacío es, más llena el espacio que debe ocupar.
En fin, el vacío no está siempre vacío. Para Armando Manzanero tampoco. Si el vacío es vaciado de su propio vacío, la lluvia, la gente que corre, los pájaros, el mar, el otoño, serán realidades disociadas de sí mismas, porque el punto que las asociaba, ya no existe. Es por eso que al despedirnos de un gran amor, el recuerdo -tan doloroso es- permite llenar, por lo menos provisoriamente, el vacío que deja la ausencia del ser amado, justo el tiempo que necesitamos para encontrar otro significante que, aunque esté vacío, permita ordenar al mundo a su alrededor. 


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