Anton Julian - PENSANDO


1.

Hay algo de pena, algo de dolor en los caminos que llevan hacia el descenso de la vida. La cosas que se aman multiplican su valor de uso sin hacer decrecer su valor de cambio. Los días pasan más rápido. Mucho más de lo que uno quisiera. Es una pena no saber retener al tiempo. Pero quizás no es cierto. El tiempo habita en sueños, en recuerdos, en ese algo de tristeza que supone todo descenso. 
Ha llegado con furia el invierno. La nieve cae oblicua sobre el pasto. Las que fueron orgullosas plantas del verano hunden su cuello hasta en lo más blanco de la tierra. Ese también es un descenso. La vida es un descenso constante. Si antes lo hubiéramos pensado nos habríamos ahorrado no sé cuantas penas. Por lo que ayer querías dar la vida hoy no vale más que un número de lotería del mes que se fue.
Cae la nieve. Y con ella se me va el tiempo. El olor del café se siente a lo lejos. Esos pequeños placeres hay que saber conservarlos. Son la esencia de la vida, la razón del ser, el milagro diario de estar aquí, pensando.
La vida, para que sea vida, debe carecer de toda justificación.

2.
Pensando. He estado pensando que el tiempo de Dios no es uno solo. Algo de razón tenía Agustin cuando se refería al tiempo eterno pero eso no quita que el no eterno, el de esta casa tan vieja, el del pan tibio, el del musgo que desea vivir apegado a la pared, todo lo que pasa y a la vez es, en fin, estas cosas tan gerundias que otorgan lógica a la vida, sea un tiempo ausente de Dios.
Dios está en lo más íntimo de la materia, nace con ella, muere con ella, es y deja de ser, en ese: nuestro otro tiempo.
En ese, nuestro otro tiempo, el tiempo del ser que camina hacia su propia muerte, no estamos solos. Creo que Dios, de algún modo muere con y en nosotros. Quiero decir, en ese tiempo que pasa, en ese tiempo que se desvanece como el agua en el verano, Dios no solo es, sino que, de alguna manera se está haciendo a sí mismo en nosotros.
Dios es mortal, pero intenta sobrevivir y hacerse eterno en esa, su creación que aún no ha terminado. A veces creo que ni siquiera ha comenzado.
Dios nos necesita, carajo. De otra manera no nos habría hecho. Pero por eso mismo, nosotros, necesitamos de Dios. Si no fuera así, seríamos solo piedra, seríamos solo agua, seríamos solo el tiempo de una eternidad sin destino, un duro camino que no tiene fin.

3.

Pensando: 
No deja de ser una paradoja, el humano.
Dios dejó caer todo el peso de su divinidad sobre el animal más indefenso de la tierra.
Por eso mismo, tantos, enloquecemos.


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