Jorge Edwards (Chile) - ANTICIPOS CHILENOS


Desde los primeros pasos del segundo gobierno de Michelle Bachelet en Chile, tuve una impresión clara, que después se confirmó y de algún modo se completó. La transición chilena fue notable, original, imaginativa, pero estuvo lejos de ser un proceso unánime: no fue aceptada por buena parte de la derecha política de esos días y tampoco por fuertes sectores de la izquierda. La concertación de centro izquierda, en su día, en su circunstancia, fue un buen invento, una fórmula adecuada para alcanzar la gobernabilidad del país, la unidad dentro de una relativa diversidad, pero no tuvo más remedio que excluir a la izquierda revolucionaria y, desde luego, a la derecha pinochetista. Fue una coalición más bien amable, tolerante, amiga de las soluciones negociadas, y supo instalar en el país una noción esencial: la supremacía del poder civil sobre toda forma de intervencionismo militar. Hubo accidentes en el camino, pero me gustaría saber si en algún país ha sido posible hacer una transición pacífica, aceptada por la mayoría, sin dificultades de transcurso. La transición española es un ejemplo notable, y sus implacables críticos son personajes que conocemos mucho por estos lados.
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