Fernando Mires - ¿CÓMO DERROTAR AL EJÉRCITO DE UNA DICTADURA?



Daniel R. Headrick, profesor de Historia y Ciencias sociales en la Universidad de Roosevelt, describe el pretorianismo como un militarismo hacia el interior, propio de las naciones de orden menor, que no pretende hacer ni ganar guerras, sino mantener su influencia en el sistema político, controlar las decisiones que afecten a sus intereses o apoyar a una facción política.
Dejando de lado la frase “políticamente incorrecta” relativa a que hay naciones de orden menor, la definición aplica a lo que son o han llegado a ser las FANB en Venezuela: un ejército al servicio, no de un Estado, sino de un partido enquistado en el poder: el PSUV.
Porque definitivamente es así. Bajo la conducción del general Vladimir Padrino López, el ejército ha dejado de ser una institución defensora de la Constitución y de las Leyes. Ni siquiera es –de acuerdo al léxico marxista-leninista- un aparato represivo al servicio de una determinada clase. Es simplemente la tropa de un grupo de poder que ha roto con la Constitución. Un grupo (mafia o pandilla) que mantiene secuestrado al Estado y a sus instituciones, en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de la ciudadanía.
Podríamos discutir si bajo una dictadura el ejército asume siempre un carácter pretoriano. Pero lo que debe quedar fuera de toda discusión es que toda dictadura, por definición, es militar. No basta por lo tanto decir que en Venezuela hay dictadura. Hay que decirlo con toda sus letras. Se trata de una dictadura militar aunque quien ocupe el gobierno sea un bailarín. El ejército venezolano es parte de la dictadura. En consecuencias, derrotar a la dictadura es derrotar al ejército.
Muy fácil decirlo, me dirán. ¿Cómo piensas tú derrotar a un ejército armado hasta los dientes? La pregunta sería imposible de responder si ciertas experiencias históricas no hubieran mostrado que derrocar a dictaduras militares, incluso a las más feroces, es perfectamente posible.
También en Venezuela –aunque nadie puede determinar con exactitud el cómo y el cuando- la dictadura será derrocada. Tengo la impresión, incluso, de que ese momento ya está cerca. Pues ese momento ocurre no cuando una dictadura es ilegítima (todas las dictaduras lo son) sino cuando la ilegitimidad se hace presente en los propios cuarteles militares.
Los militares, como el resto de los seres humanos, no son (todos) autómatas. Pueden cometer horrorosos crímenes, eso está fuera de duda. Pero muchos los cometen porque creen en razones superiores que los justifican. Hasta que aparece la duda. ¿Existen de verdad esas razones superiores? ¿No me estaré condenando al infierno si aprieto el gatillo y asesino a ese joven sin armas que nunca me ha hecho nada?
Hasta los monstruos necesitan del aura de una mínima legitimidad. Pinochet, un asesino de tomo y lomo, alguien que no vacilaba en mandar a matar a antiguos compañeros de armas, cuando fue derrotado por el plebiscito (5 de octubre de 1988) eludió su responsabilidad y solicitó al Estado Mayor que decidiera como actuar frente a esas multitudes que se agolpaban en las calles. Probablemente esperaba que sus generales optarían por un segundo golpe de estado similar al del 11 de Septiembre de 1973. Afortunadamente el general de aviación, Fernando Matthei, decidió reconocer públicamente la derrota electoral antes de que se impusiera la locura. Los votos de un pueblo políticamente organizado lograron así derrotar al ejército mejor armado del continente.
Una escena similar aparecería poco tiempo después en Berlín Este, el 9 de noviembre de 1989, cuando multitudes al grito de “nosotros somos el pueblo” avanzaron hacia ese muro que en pocas horas sería convertido en ruina arqueológica. Erich Honecker, tan desesperado como Pinochet, reunió a los dirigentes del Partido. La pregunta pudo haber sido la misma: ¿Qué hacer? El resto es conocido: Margot Honecker, la dictadora –así la llamaban “cariñosamente” los alemanes- exigía lanzar las tropas a las calles. Pero los comunistas de la RDA, al igual que los generales de Pinochet, entendieron que ya no contaban con ninguna legitimidad para embarcarse en un genocidio de gigantescas magnitudes. Entre ser juzgados por tribunales competentes o pasar a la historia como grandes asesinos, eligieron la primera alternativa. Hicieron bien. Los que todavía viven reciben todos los meses el dinero de su jubilación.
Ese día de octubre terminó una historia cuyos comienzos inmediatos tuvieron lugar en mayo de 1989 cuando grupos de disidentes organizados en “Das Neue Forum” se decidieron a protestar en las calles en contra del fraude electoral que tuvo lugar en las elecciones comunales. La consigna principal de la oposición, hasta el día de la caída del muro, fue “queremos elecciones libres”. En Marzo de 1990, cuatro meses después de la caída del muro, tuvieron efectivamente lugar esas elecciones. Ellas consagraron el fin de la dictadura y la unidad de la nación. Como en el Chile de 1988, en la RDA de 1989 los votos derrotaron a las balas.
Siempre ha sido así. La consigna central que ha llevado al fin de todas las dictaduras ha sido la de elecciones libres. Lo fue incluso en la Cuba de Batista, cuando Fidel Castro entró a La Habana (1.01.1959) a hacerse del poder abandonado por la dictadura, frente al clamor creciente por elecciones libres de una oposición organizada en cuatro partidos (Ortodoxo, Auténticos, Partido Socialista Popular (comunista) y 26 de Julio), la iglesia y los sindicatos del país.
El mismo Fidel Castro, desde su discurso titulado “La Historia me Absolverá” (1953), había insistido en dos temas: la vigencia de la Constitución de 1940 y la celebración de elecciones libres. Que Fidel Castro haya traicionado después a la revolución democrática sobre la cual se montó, es otra historia. Pero sin ese clamor general por elecciones libres, los guerrilleros nunca habrían podido hacerse del poder. Quizás habrían sido exterminados como conejos, como ocurrió a la guerrilla del Che en Bolivia, la que nunca exigió elecciones o algo parecido.
En fin, podríamos recurrir a muchos otros casos hasta completar un libro. Pero esa no es la idea. (Por cierto, también me acuerdo del Grupo de los 12, que reunía a las principales organizaciones anti-somocistas, una de cuyas exigencias centrales era la celebración de elecciones democráticas en Nicaragua).
Para decirlo en forma de síntesis: en todos los modernos procesos de democratización encontramos la misma constante histórica; y es la siguiente:  la caída de las dictaduras, y por ende, la derrota de los ejércitos dictatoriales, ha ocurrido no cuando las dictaduras han perdido su fuerza militar, sino cuando han perdido su legitimidad. El deterioro de esa legitimidad, a su vez, se hace manifiesto cuando la ciudadanía comienza a luchar por derechos avalados en constituciones, incluso en aquellas impuestas por la dictadura. El principal de esos derechos -podríamos decir, el derecho de todo derecho- es el derecho a voto. En Venezuela ese derecho mantuvo su vigencia durante todo el periodo de Chávez. Si solo fue así porque Chávez se sabía ganador, carece de importancia. El hecho objetivo -lo ven incluso algunos chavistas- es que Maduro aparece, aún ante sus partidarios, traicionando al legado de Chávez.
No olvidemos: la adhesión de las fuerzas armadas venezolanas al gobierno de Hugo Chávez provenía de tres fuentes:
1. El carisma político del caudillo
2. La pertenencia profesional de Chávez al ejército.
3. El origen constitucional de su gobierno refrendado en elecciones periódicas.
Ninguna de esas tres razones tiene valor durante la dictadura de Maduro. El presidente carece en términos absolutos de carisma. Nunca ha sido militar. Y, no por último, ha violado a la propia Constitución de Chávez, hoy hecha suya por la inmensa mayoría del pueblo venezolano.
Esas son las razones que explican por qué las reivindicaciones exigidas por la oposición -entre las que se cuentan, la liberación de los presos políticos, la soberanía de la AN, el fin de las inhabilitaciones, la aperturas de canales humanitarios, y otras – cobran sentido en la medida en que se articulan a la exigencia por elecciones libres.
Gracias a esa palabra, elecciones, todo el mundo democrático apoya hoy día al levantamiento popular, democrático y nacional que tiene lugar en Venezuela. Elecciones es la palabra que ha hecho posible a la insurrección popular en contra de Maduro. Es la que despoja a las balas asesinas de cualquiera legitimidad. Es la que llevará a la derrota del ejército dictatorial. Es, en fin, la palabra a la que no se puede renunciar. 
Si esas elecciones serán de carácter regional o general, lo determinará la oposición a su debido momento según las circunstancias que se presenten en el futuro más próximo. Las regionales aparecen hoy como las más adecuadas para continuar la ruta constitucional. Pero la anticipación de elecciones generales las podría provocar el mismo régimen si continúa obstinado en usar a la tropa para masacrar a un pueblo que quiere ejercer, antes que nada, el derecho a voto. Ese mismo derecho consagrado en la constitución venezolana y en todas las constituciones democráticas de la tierra. Las elecciones, y nada más, son las fuentes de la legitimidad política de nuestro tiempo.
Venezuela no tiene por qué ser una excepción a la regla histórica. La razón política deberá imponerse mucho más temprano que tarde a la razón militar. Allí, también, como en tantos otros países, los votos derrotaran a las balas.



Comentarios

  1. Comparto tu opinión. Este ha sido uno de los mejores artículos suyos que haya leído hasta el momento. ¡El ciudadano con meñique morado vencerá al soldado con fusil!

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  2. Excelente! Bueno desde muchos puntos de vista: jurídico, político e histórico. Ojalá en Venezuela tengamos pronto unas elecciones libres, legítimas, seguras, cuyo resultado sea verdaderamente lo que el pueblo vota. Con el CNE sometido a las instrucciones del Ejecutivo y sus adláteres, incluyendo a Cuba, no tengo ninguna confianza. Siempre defendí la idea de que un pueblo que vote en avalancha es el escudo más seguro para impedir cualquier fraude, pero los avances tecnológicos me han hecho cambiar de parecer, a lo que se le añade un CNE integrado por seguidores del régimen sin ningún contrapeso real. Si el CNE estuviese integrado como lo ordena la Constitución, sería otra cosa. Por eso soy de las que defiendo las elecciones con un nuevo CNE.

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    1. Excelente opinión . Suscribe una realidad inocultable y sin olvidar que además cuentan con el bufete privado de la Sala Constitución del TSJ. Hay que recordar lo de las circunscripciones. Esta fue la última trampa utilizada para que el régimen con menos votos sacara mayor representación. Ahí radica el escepticismo ante tan magistral análisis de Mires.

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  3. Agregaría dos incisos a este excelente análisis, que comparto: 1. Con Chávez también cometieron FRAUDE (excepto en la elección del 98, en todas las demás abultaron la votación sucialista con MULTICEDULADOS, permitidos y utilizados por esas 4 rectoras militantes del PSUV que controlan el CNE), desde la vulgar Operación Morrocoy del 2003 para impedir el Revocatorio (la Oposición tuvo que firmar tres veces, invadieron Venezuela los toeros cubanos -babalaos con bata y otras imitaciones-, elaboraron y usaron la Lista Tascón para perjudicar a quienes solicitaban REVOCAR al fanfarrón de Sabaneta), hasta que ocurrió un año después, en el 2004, con el fraude implementado). 2. Debe tener algún peso la espada de Damocles sobre las cabezas de los -militares o civiles- que cometan CRÍMENES DE LESA HUMANIDAD, pues NO PRESCRIBEN, los precedentes de Milosevic y Videla frescos aún, muchos Oficiales y jerarcas del régimen deben pensarlo más de dos veces, a la hora de ordenar atrocidades, como las que cometieron en el 2002, el 2014 y cometen ahora, este 2017:
    http://www.noticierodigital.com/2017/04/edgard-j-gonzalez-desnudo-con-biblia/

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  4. Fernando Mires debe ser, sin duda, uno de los venezolanos que formen parte de una junta de gobierno que nos guié a la democracia. Honesto, muy bien formado, lúcido, objetivo, sin intereses partidistas, puede ser el faro que muestre el camino en la confusión del caos de la falta de ética en que vivimos. Pedro Rangel Mora (escritor).

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    1. El único problema estimado Pedro Rangel Mora es que yo no soy venezolano. Soy chileno, incluso más chileno que las empanadas y las cuecas. Pero desde el punto de vista de mi profesión (fui profesor de política internacional, ahora jubilado) y desde el punto de vista de mi mi corazón, estoy con ustedes. Gracias por su comentario.

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  5. Concuerdo con Mires. Tal argumento utilizo en mi blog La opinion de Maxim Ross, con el articulo "El Poder de la Gente". Economista venezolano de larga trayectoria. Sds!!

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  6. Muchas gracias por este espacio.
    Tuve mi familia en Venezuela y viví 33 años en ése, mi otro país.
    Media vida en Colombia y media en Venezuela. No cabe duda de que hay tino y lucidez en
    el presente análisis. Siempre estoy buscando textos de periodistas, sociólogos, patriotas,
    en fin, alguien que dé en el blanco con este tema tan doloroso y exasperante.
    Sin embargo no he encontrado a nadie a quien identifique con mi modesto punto de vista:
    La silla presidencial está compuesta de un relativamente pequeño grupo de gente ASUSTADA !! Están arrinconados. No es que estén atacando.
    Es que se están defendiendo ! Saben que entregar la silla es convertirse en prófugos de la justicia. Dentro y fuera de su país. Darle a ese grupito la dignidad de un análisis político a estas alturas y ya hace un rato largo, es equivocarse. Por favor !! No se equivoquen más.
    Achíquenlos ! Desmejórenlos ! Denles su pequeño, su mínimo espacio de bastardos ignorantes, asesinos de una Nación otrora feliz. POR FAVOR.

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    1. Esta en toda la verdad, gente que tuvo todas las oportunidades para hacer las cosas bien hechas, traicionaron las ilusiones y sueños de un pueblo y ademas de eso completamente indolentes ante las dificultades que ellos han creado. No merecen perdon , ni compasion.

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  7. Sólo haría una acotación al iluminador artículo de Mires. La unidad monolítica del ejercito no estuvo siempre presente. En abril de 2002 Chávez fue depuesto, así haya sido momentáneamente, por la Fuerza Armada, aunque con una diferencia fundamental respecto al abril actual: aquél fue un golpe de estado contra un gobierno que podía blandir su legitimidad, precisamente por haber sido elegido en votación popular,mientras que ahora existe una dictadura ilegítima impidiendo la expresión democrática por excelencia: el voto

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  9. Ojalá fuese como dices, Fernando...
    Lamentablemente hay dictaduras que permanecen por décadas, sin legitimidad alguna, mantenidas por los soldados.... Cuba, casi 60 años; Siria, casi 50 años, China, casi 70 años; Nor Corea....

    Allí el crimen horroroso esta institucionalizado. Allí ya una nueva generación de soldados sin moral (o con una nueva moral) esta a cargo de cumplir los ritos de abuso y muerte sin remordimientos.

    En esas dictaduras no hay oposición organizada posible.... Nunca se alcanza a constituir.... gracias al soplonaje, son arrasados inmediatamente después de la citación a la primera reunión, la que nunca se hace!

    El caso de Chile fue distinto. "La dictadura de Pinochet" se impuso con el apoyo de todas las fuerzas armadas y de la gran mayoría de los civiles.

    Pero ese apoyo de todas las fuerzas armadas, de los jueces, y de los civiles, estaba condicionado.

    En Chile las fuerzas armadas exigían el acatamiento a las leyes, y que el poder se mantuviese dividido entre el poder ejecutivo, encabezado por Pinochet, el legislativo, con los comandantes de las otras ramas, dirigiendo cada comandante en jefe una de las Comisiones Legislativas; y el judicial, con jueces independientes.

    En Chile, los civiles que apoyaron el gobierno militar, exigían que se respetarán los derechos humanos, y que el gobierno militar fuese un gobierno de transición, que devolviera a la ciudadanía el poder, en un régimen plenamente democrático, a su término.

    Y en Chile los jueces exigía a los funcionarios de gobierno el cumplimiento de la ley.

    Esas promesas se plasmaron en la Constitución de 1980.

    Sabemos que no todas las exigencias fueron cumplidas cabalmente por el gobierno militar. Pero siempre se pretendió cumplirlas. Pues esto era decisivo para concitar ese tremendo apoyo que tuvo, y esa gran votación que obtuvo en el plebiscito, impropio de una tiranía.

    Ojalá Venezuela logre desmontar a tiempo la dictadura que pretende imponer Maduro, y que el camino que tomen los lleve de también de vuelta a la democracia.

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  10. Falta un detalle en el análisis: que estemos frente a una Narco Dictadura Militar. Los narcosobrinos parece que involucraron a Diosdado en su aventura. Lo del Pollo Carvajal, en 2014, arrojó datos qus permiten hacer esta inferencia. Y eso es un elemento crucial que minimiza salidas pacíficas vía elecciones democráticas

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  11. No puedo pensar que el Pueblo de Venezuela estè en condiciones de esperar el llamado a nuevas elecciones, la preparaciòn de las mismas y el control que el resultado no resulte otro fraude como los que ya conocemos. El Pueblo tiene hambre y el ser que està hambriento no quiere morir por falta de alimentos sabiendo que a los que mandan no le falta nada en su mesa. El Pueblo està decidido y dispuesto a morder la mano del que manda apretar el gatillo de los que les dispara. En mi opiniòn llegarà el momento en que los soldados empezaràn a pensar porquè tienen que matar a los que tienen hambre para que sus jefes y sus familias puedan seguir tanquilamente engordando. Ese serà el momento para darle un vuelco a la situaciòn y tumbar a los asesinos que estàn mandando.

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