Fernando Mires - LA BATALLA ELECTORAL DE HOLANDA





Las elecciones son a la política lo que las batallas a la guerra. Momentos de definición, días en los cuales se enfrentan fuerzas contrarias y deciden la hegemonía política en sus naciones. Y así como hay batallas y batallas, hay elecciones y elecciones. Las hay sin importancia, encuentros que son simples escaramuzas, rituales en la rotación del poder. Pero hay otras que alcanzan un nivel épico. Una de esas batallas electorales – y como tal será recordada- tuvo lugar el 15-M en Holanda.
El hecho de que en diversos países del mundo las elecciones holandesas –que en el pasado reciente no lograban interesar ni siquiera a los holandeses- fueran seguidas con extrema atención, muestra como la globalización se hace presente no solo en la economía sino, además, en la política. Lo que sucede en la política de una nación repercute en otras. Incluso enemigos acérrimos de la globalización y la UE, desde Trump a Wilders, pasando por Le Pen, Orban y Petry, hasta llegar a Putin, están articulados de un modo más global que sus enemigos.
Los resultados son conocidos. Los liberales demócratas de Mark Rutte (VVD) alcanzaron una clara e inobjetable victoria. Junto con los ecologistas de izquierda (GL) y los socialcristianos (CDA) -ambos obtuvieron una excelente votación- las condiciones están dadas para la formación de un sólido centro político de gobierno con una leve inclinación hacia la izquierda.
Después de Geert Wilders, los grandes perdedores fueron los socialistas. Para la mayoría de los expertos, una caída dramática (“una masacre” según el diario alemán Die Welt). Sin embargo, mirando con mesura, la gran bajada socialista no fue tan dramática. Drama es cuando los votos perdidos van a parar al polo contrario (por ejemplo, cuando los electores que votaban socialistas en Francia votan hoy Le Pen).  Este no ha sido el caso en Holanda. Gran parte de los votos perdidos por el SP fueron a parar al redil de los ecologistas. En fin, en Holanda sucede lo mismo que en Alemania pero al revés. En Alemania, el declive de los ecologistas hace crecer a la SPD y en Holanda, el del SP hace crecer a los ecologistas. Eso no debe extrañar: ecologistas y socialistas comparten un mismo espacio de centro-izquierda. Y la centro-izquierda holandesa, pese -o quizás gracias- a la debacle de los socialistas, salió bien parada de las elecciones.
El vencedor, y con todos los honores, fue Mark Rutte y su partido “liberal-conservador” VVD . El perdedor, el gran derrotado, incluso al borde de la humillación –si se toma en cuenta lo que el mismo candidato esperaba- fue Geert Wilders y su PVD.
Cierto es que en vísperas de la elección las encuestas anotaban un leve repunte de Rutte. Pero una diferencia tan grande no la esperaba nadie. Ni siquiera Rutte. El triunfo fue, en gran parte, obra suya.
Rutte y Wilders disputaron sobre el mismo tema, el migratorio. Pero el que quiera ver en Rutte un defensor a todo precio de los extranjeros, se equivoca. Rutte, al igual que Wilders reconoce que las migraciones traen consigo problemas. Mas, a diferencias de Wilders quien frente a los islamistas levanta una doctrina, Rutte levanta un programa dentro del cual el tema migratorio es solo un capítulo. El llamado programa de Wilders, en cambio, cabía en una hoja D4.
No fueron pocos los que imaginaron que tres días antes de las elecciones, cuando el autócrata Erdogán cometió el desacato de enviar a sus ministros a hacer propaganda entre la población turca para su plebiscito, la derrota de Rutte ya estaba sellada. Miles de turcos avivando a un dictador extranjero habría sido el espectáculo que necesitaba Wilders para alcanzar la cima del poder. No contó Wilders, sin embargo, con la decisión de Rutte quien, sin dilaciones, impidió la entrada de los ministros turcos a Holanda. Así Rutte logró arrancar la bandera del nacionalismo a Wilders, pero a diferencias de este último, dentro del más estricto marco constitucional. Las invectivas desatadas desde Turquía por Erdogan solo lograron hacer crecer a la ola de solidaridad de la mayoría de la ciudadanía con su primer mandatario.
Rutte, como muchos holandeses, sabe que la masa de población islámica que llega a Europa huye de la guerra y de la miseria de sus países. También sabe que entre ellos se ocultan terroristas. Y no pasa por alto el hecho de que la convivencia intercultural implica asumir problemas que solo pueden ser superados con el paso de las generaciones. Máxime si se tiene en cuenta que dentro de la cultura islámica hay quienes creen que la ley religiosa se encuentra por sobre cualquiera constitución. No obstante, Rutte no metió su cabeza en la arena (como hacen las avestruces socialistas) y nombró a los problemas con su nombre. Además, planteó soluciones que no solo pueden provenir de Holanda, sino de un trabajo mancomunado con y dentro de la UE.
No sin razones el triunfo de Rutte fue celebrado como un triunfo de la UE. A su vez, los grandes perdedores fueron los enemigos de la UE. Al votar por Rutte, muchos holandeses votaron por la UE, institución que con todas sus limitaciones es parte de la política internacional holandesa. Pues Holanda no solo es la quinta potencia económica en la EU sino, además, uno de sus países fundadores.
“El primer triunfo de la democracia en contra del populismo de derecha” anotaron al día siguiente de las elecciones diversos periódicos. En esa frase hay, sin embargo, dos grandes errores.
El primero: el triunfo no fue en contra del populismo de derecha. Fue un triunfo de la derecha y del centro en contra del radicalismo ultranacionalista, en algunos casos, neo-fascista, vale decir, en contra de un partido que ha roto con el eje regulativo izquierda – derecha. El de Rutte debe ser visto más bien como un triunfo de la política (derecha-centro-izquierda) en contra de la anti-política.
El segundo error revela la muy mala memoria de los periodistas. El primer triunfo en contra de la anti-política -homo, euro y xenofóbica- no ocurrió en Holanda sino en Austria, en diciembre de 2016. En esa ocasión Alexander Van der Bellen, conservador y ex militante del Partido Verde, logró propinar una fuerte derrota al ultranacionalista Norbert Hofer y a su partido FPÖ cuyas divisas son exactamente las mismas del PVV de Wilders. No sabemos por supuesto si Rutte leyó la estrategia de Van der Bellen. Lo cierto es que ambos levantaron una política frontal en contra del adversario. Ambos demostraron, igualmente, que la democracia no tiene por qué ser ingenua y complaciente y, cuando no hay otra alternativa, debe pasar a la ofensiva.
Si quisiéramos hablar en términos futbolísticos, el de Van der Bellen fue un triunfo en los octavos de final y el de Rutte en los cuartos de final. La semifinal será disputada en Francia (abril y mayo) y la final en Alemania (septiembre). Se trata, claro está, de un campeonato europeo. Pero sus dimensiones son mundiales. Eso explica por qué los más grandes perdedores en las elecciones holandesas no solo hay que buscarlos en Holanda.
En Holanda fue derrotada en primer lugar una línea internacional que se extiende desde el Brexit hasta Trump. Es la línea del extremo nacionalismo económico y político, la que rechaza la existencia de organizaciones supra-nacionales, la que favorece a los acuerdos bilaterales entre estados. El mismo Wilders se declaró seguidor de la línea de Trump. Su consigna levantada en Münich “hoy los EE UU y después toda Europa” hizo recordar a la de Hitler: “hoy nos pertenece Alemania, mañana todo el mundo”.
La segunda gran derrota fue experimentada por el eje recientemente conformado por Rusia y Turquía. Tanto para Putin como para Erdogan, la UE y quienes la defienden, son obstáculos para los respectivos proyectos restaurativos de gran-nación. El de Putin busca restaurar la antigua Rusia imperial. El de Erdogan el esplendor del imperio otomano. Esa es la razón por la cual para ambos autócratas todo enemigo de Europa es a la vez un amigo de Rusia y de Turquía.
No se necesita mucha agudeza para percibir que las agresiones verbales provenientes desde Turquía a Holanda, precisamente en los momentos en que el segundo país vivía uno de los momentos más sensibles de la vida democrática, fue una acción concertada entre las autocracias rusa y turca para facilitar un triunfo de Wilders.
¿Wilders, un anti-islamista, aliado del islamista Erdogan? En sentido explícito, no. En sentido tácito, sí. No es un misterio que en el proyecto destinado a desestabilizar a la política europea, Putin, Erdogan y los partidos ultranacionalistas y neo-fascistas, actúan con extrema sintonía y en perfecta convergencia. AfD y el FN, para nombrar a los dos más importantes, son abiertamente pro-rusos.
La tercera gran derrota fue, en consecuencia, la experimenetada por los neo-fascistas franceses y alemanes. Frauke Petry, la líder de AfD, al conocer los resultados declaró sentirse desilusionada del pueblo holandés. Marine Le Pen, más avezada, ha guardado sus opiniones. Pero ambas experimentaron la derrota de Wilders como si hubiera sido propia. Para las dos extremistas, un triunfo de Wilders habría tenido un enorme significado simbólico. Habría hecho creer que la ola ultranacionalista y neo-fascista es imparable. Austria y Holanda han enseñado, por el contrario, que detener a esa ola es perfectamente posible.
Al fin Europa ha comenzado a demostrar que sus reservas democráticas no son pocas. Otra batalla ha sido ganada para la democracia. 2017, ya se ve, será el año de una guerra política entre demócratas y anti-demócratas. Sus consecuencias mundiales son por el momento imprevisibles.



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