Fernando Mires – MARTIN SCHULZ: UN TEMA PARA LA FENOMENOLOGÍA POLÍTICA



2017 es en Europa el año de la fenomenología política. Rama que no existiendo en los institutos de politología, debería ser fundada lo antes posible.
Propongo una definición para la nueva disciplina: fenomenología política: estudio de acontecimientos políticos que irrumpen cuando menos se piensa y cuyas causas son difíciles de reconocer. U otra, menos científica pero más cartelera: nombre que reciben los milagros en las ciencias sociales. 
El primer fenómeno fue Emmanuel Macron, aparecido en Francia cuando todos estaban seguros de que las elecciones iban a ser definidas en la segunda vuelta entre el ultraconservador Fillon y la amenaza del FN lepenista. Pero el descubrimiento de la mini-corrupción de Fillon y la radicalización de los socialistas de Hamon hacia la ultraizquierda, impulsó a socialistas democráticos y conservadores moderados a mirar hacia Macron. Hoy, candidato del centro-centro, Macron supera a Fillon y en segunda vuelta, derrotaría a Le Pen.
El segundo fenómeno se llama Martin Schulz. Llegado desde la directiva de la UE a habitar suelo alemán, justo cuando todos daban como candidato al poco empático Sigmar Gabriel para que perdiera con creces frente a Angela Merkel, alguien miró en dirección a Schulz y propuso su candidatura como alternativa formal a Gabriel.
Como por arte de magia, Schulz enamoró a las bases de su partido, sobre todo a las juventudes. Gabriel, ante la avalancha, no tuvo más alternativa que hacerse a un lado. Hoy Schulz disputa el primer lugar a Merkel en las encuestas. Y justo en el momento cuando en todo el mundo se habla de la crisis del socialismo europeo.
¿Qué tiene Schulz que no tengan sus oponentes? Allí reside la esencia del fenómeno: no tiene nada. No es carismático, viene de la gris burocracia de la UE, no posee un programa electoral, no ofrece algo diferente a lo que ofrecía Gabriel. Y sin embargo, ha despertado un entusiasmo que ya quisieran tener los líderes más populistas. Aparentemente inexplicable.
Schulz no solo ha activado a la socialdemocracia, además ha quitado electores a todos los partidos. A quienes menos ha dañado es a los socialcristianos. Pero estos decrecen frente al regreso de los liberales (FDP). Los más damnificados han sido Die Grünen (Los Verdes) y Die Linke (La Izquierda). Y lo más sorpresivo: Schulz ha arrebatado electores a los neo-fascistas de AfD. En las penúltimas encuestas estos bordeaban el 15%. En las más recientes, no pasan del 10%. No deja de ser una buena noticia.
¿Cómo explicar el fenómeno Schulz? Quizás la demoscopia, con todas sus inseguridades, pueda ayudarnos un poco.
El hecho de que un socialista haya quitado votos a AfD es significativo. Pero es entendible: el fascismo de ayer como el de hoy se nutre no solo de la xenofobia; también es una forma de protesta social pervertida. El odio a los extranjeros va unido no pocas veces con el resentimiento en contra de una clase política desligada de los intereses de la gente común y corriente. Desde esa perspectiva, Schulz ha sabido vender muy bien su imagen de hombre del pueblo. Ha convertido incluso sus defectos en virtudes. No haber estudiado en la universidad y llegar muy alto en la política; más aún, haber sido durante largo tiempo un alcohólico, lo acerca a los votantes, sobre todo a aquellos que tienen características similares (y no son pocos). Ellos ven en Schulz a uno de los suyos. Una especie de representante de la gente común y corriente.
Hay, además, una segunda razón: Angela Merkel
Merkel es sin duda una de las mejores políticas de Europa; quizás la más honesta, la mejor dotada. Pero tiene un leve defecto: no sabe llegar al corazón de la gente. Incluso el hecho de que todo lo hace bien le da una imagen de perfección que para muchos resulta difícil de soportar. En cierto modo Merkel aparece como una especie de madre buena pero exigente; una más, de las tantas que abundan en Alemania.
Por su propia efectividad, el estilo político de Merkel es rutinario. Y mal que mal –eso lo destacó Max Weber–  hay quienes intentan ver en la política un espectáculo. Merkel no está para esas cosas. Schulz, quizás. Mal que mal es socialdemócrata y conoce las malas artes del populismo. Si a esto agregamos la feroz campaña desatada en contra de Merkel, no solo desde AfD sino desde las alas más reaccionarias de su partido, hay que convenir que muchos desean ver, aunque sea de vez en cuando, un rostro distinto al de Merkel en la pantalla.
No obstante, si Schulz logra derrotar a Merkel, lo hará, antes que nada, en desmedro de sus aliados de izquierda. Por esa misma razón un bloque anti-CDU/CSU no alcanzaría la mayoría absoluta. Bajo esas condiciones Schulz no tendría más alternativa que coalicionar con los socialcristianos. De modo que, de acuerdo a las actuales tendencias, Alemania experimentaría el cambio de un gobierno CDU/CSU/ SPD por uno SPD/ CDU/CSU.  Es decir, el mismo con Schulz en vez de Merkel. Bien para el centro, mal para los extremos.
La ciudadanía alemana quiere experimentar algo nuevo. Lo nuevo, nadie sabe por qué, lo representa Schulz. Pero a la vez, conservadores como son, los electores alemanes desean que lo nuevo, sino idéntico, sea lo más parecido posible a lo antiguo.
Aún falta tiempo. De aquí a septiembre pueden pasar muchas cosas. Ya Merkel ha probado su bravura en contiendas electorales. Se le ve, sí, esta vez, algo cansada. El “anti-merkelismo”, aún en las filas socialcristianas –y quizás sobre todo ahí-  ha sido brutal.

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