Fernando Mires - MERKEL

Pocas veces había sido esperado en Alemania un discurso político con tanta expectación como ese 6 de Diciembre en la inauguración del Congreso de la CDU, Essen.
La continuidad de la presidencia de Angela Merkel fue confirmada con un 89,5%. Menos que el 97,9 obtenido en 2012, pero más de lo que se esperaba, dada las dificultades que ha debido afrontar la canciller con los sectores más conservadores de su partido en el tema de las migraciones.
Desde el punto de vista formal fue un discurso clásico. Agradecimientos, presentación de logros, sobre todo en el terreno económico; y al final los temas candentes, esta vez puestos en la arena internacional.
Por supuesto, Merkel sabe que con temas de política internacional no se ganan elecciones. Pero lo internacional ha llegado a ser en toda Europa un tema nacional.
Desde una perspectiva puramente nacional los logros de Angela Merkel no pueden ser mejores. Aumento del ingreso per cápita, disminución de los impuestos y sobre todo el hecho de que por primera vez Alemania será un país sin deuda externa. Creo que no hay otro en el mundo.
Su  re-elección como canciller parece estar por el momento asegurada. Nadie dentro de la CDU posee su capacidad integrativa. Nadie tampoco puede conquistar la votación de ciudadanos que no se identifican con el bloque conservador, entre ellos muchos que tradicionalmente votan por los socialistas. Por si fuera poco Merkel ha sido y es portadora de una palabra que para los alemanes es oro: estabilidad. En esa estabilidad política reside, en gran parte, el secreto de los éxitos económicos de su gobierno.
La gran pregunta era empero: ¿cómo iba a enfrentar Merkel el tema migratorio? ¿Con autocrítica? ¿Con datos y cifras?  En ese punto Merkel sorprendió no solo a los delegados de su partido sino, además, a la opinión pública. Dos veces pronunció la frase: “Nombraremos a las cosas por su nombre”. Y, efectivamente: lo hizo.
Merkel condenó sin rodeos a la presencia de Putin en Siria e Irak. Criticó un vez más a la intervención rusa en Ucrania, defendió el bloqueo económico a Rusia y se pronunció a favor de una Europa económica, política y militarmente unida. Más aún: reconoció que Alemania, a diferencias del pasado reciente, cumple y seguirá cumpliendo tareas en el área humanitaria, en las relaciones políticas y en obligaciones internacionales, sobre todo en la guerra en contra del ISIS.
Al flujo migratorio lo llamó Merkel con la palabra exacta: deportaciones. A los emigrantes los denominó perseguidos de la guerra. Con abierta sinceridad logró debilitar las críticas del ala más conservadora de su partido. Pero sobre todo marcó diferencias con su principal oponente: la coalición anti-merkelista que pretenden formar los socialdemócratas, el Partido Verde y la Linke  (la izquierda). Merkel conoce los puntos que calza cada uno de esos partidos en temas internacionales. Los verdes no tienen política internacional, los socialdemócratas la determinan por encuestas y la Linke es abiertamente pro-Putin (coincide en ese tema con la ultraderecha, AfD: Alternativa para Alemania).
El lema levantado por Merkel, “Nuestro futuro, nuestros valores”, no es puramente publicitario. Más relevancia alcanzará si las elecciones de Abril de 2017 en Francia determinan un triunfo o por lo menos un nuevo gran avance del Frente Nacional de Marine Le Pen. Si así sucede, la Alemania de Merkel se transformará en el principal- y quizás último- bastión de la democracia liberal en Europa.
Las amenazas vienen de todos lados: las consecuencias del Brexit, la presencia militar de Putin en el Oriente Medio, la conversión de la democracia en una autocracia en Turquía, el avance de los partidos racistas en Europa y -la guinda de la torta- la presidencia de Trump en los EE UU. ¿Cómo quiere usted enfrentar a todo eso? –preguntó una periodista a Merkel, el día anterior al Congreso de la CDU –. A cada tema por separado – fue la respuesta inmediata de Merkel.
Efectivamente: no todo está decidido. El triunfo del Frente Nacional en Francia puede detenerse si la izquierda acepta la hegemonía de la centro-derecha como ya ha ocurrido en dos ocasiones. Ni Putin ni Erdogan pueden precindir de relaciones económicas con Europa, sobre todo con Alemania. Trump no podrá demoler totalmente la comunidad de valores que ha cimentado la alianza de los EEUU con Europa, y los partidos racistas, aparte de odio no tienen mucho que ofrecer en los países donde avanzan. El triunfo electoral de Alexander van Bellen en Austria demostró que, con una  política frontal y combativa, el neo-fascismo es derrotable.
No son muchas cartas las que tiene Merkel, pero el juego no ha terminado. Para jugarlas, Merkel necesita tener detras de sí a una Europa unida. Pero a la vez, la unidad de Europa dependerá en gran parte del triunfo de Merkel.
2017 será un año decisivo. Las luchas electorales que se avecinan serán las más intensas de la historia reciente. Así lo entiende Angela Merkel. También parece haber entendido su nuevo rol: en su país, en Europa y quizás en el mundo. 


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