Los Domingos de Antón Julian - LOS DIFUNTOS (Y DOS MÁS)


LOS DIFUNTOS

Los difuntos han estado hoy muy cerca,
algunos han dejado hasta el olor
de sus zapatos mojados; otros, sus puñales asesinos,
gotas de sangre, revólveres y hasta cartas de despedida.

También nos han legado sus abanicos y sus abrigos,
sus boinas y sus pipas, sus vestidos y sus pelucas.
Los difuntos, mira tú, nunca han terminado de irse.
Ni siquiera cuando están completamente ausentes,

nos muestran su ausencia, sus vacíos y sus huecos.
Vivimos rodeados de difuntos,
no tenemos ni siquiera que recordarlos,
están ahí, mirándonos con extraña curiosidad

Ellos saben que constituyen la absoluta mayoría
Y que nosotros de ellos solo somos sus recuerdos.
Ellos son, al fin, los soberanos del presente eterno.
Para ellos, los difuntos, nosotros solo somos su pasado.




EL ACOSO

Ella, la infinita muerte entra por mis cuatro esquinas,
me rodea con la furia de sus atroces automóviles,
con el espanto de la tos que me silencia,
con este dolor entre ceja y ceja y con la ida
para siempre de la voz de una presencia lejana.

Está, como si fuera una diosa, en todas partes

y me espera en un lugar del tiempo
escondida, debajo de mis sandalias 
mientras yo, con mi pedazo de pan,
con un vaso de tinto, con un poema fortuito,
y con una carta en el bolsillo, sigo mi camino.

Cuando me veas y me encuentres, no me ames.



EL TREN

Es triste irse.
Recuerdo cuando viajaba en los trenes desde Santiago al Sur
Me daba mucha pena ver como detrás de la ventana iban quedando las casas,
la gente del campo saludando con la mano en alto,
los sauces también viajaban y de pronto,
no sé como y por qué entendí una vez que así era la vida.
Supe entonces que todo lo que aparece queda atrás.
Y el tren sigue siempre su destino.


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