Fernando Miranda - CHILE: UNA SOCIEDAD SIN CULTURA, UN PAÍS SIN ALMA


De un vuelo impetuoso se han lanzado
los cuervos estridentes a la ciudad.
Pronto caerá la nieve.
Dichoso aquel a quien el manto
de una patria cubre
Nietzsche
Un grupo de encapuchados, supuestamente estudiantes, ataca la iglesia de la Gratitud Nacional y se ensaña en la destrucción de una imagen de Cristo crucificado. Carabineros interviene y devuelve la imagen destruida. Se suceden las condenas y las expresiones de indignación con las que, por cierto, concuerdo plenamente: destruir una imagen y vandalizar una iglesia es más propio de talibanes que de ciudadanos chilenos, estudiantes o no (sin olvidar que “talibanes” significa “estudiantes”). Cabe, sin embargo, preguntarse si este ataque, segundo al menos que sufre la misma iglesia, no se repetirá, tal como tantas cosas se repiten en Chile sin importar la supuesta energía con que se las condene: colusiones, corrupción política, la famosa “puerta giratoria”.
Porque quienes participaron son, querámoslo o no, efectivamente estudiantes, ya sea que vayan o no a alguna institución formal educativa. Son estudiantes porque son jóvenes que se han formado, que se están formando en nuestra sociedad, que están siendo formados por el Chile moderno y seguirán formándose así, en tanto no cambien las líneas fundamentales de nuestro modo de educar, y no solo el modo formal de hacerlo, sino el más real del día a día.
Y es ahí donde deberíamos preguntarnos qué educación damos, qué valores representamos, en qué creemos, qué transmitimos en definitiva a los jóvenes. Después de todo, estos jóvenes son nuestros estudiantes, y no de los profesores, sino de todos.
Lo que un pueblo, una sociedad transmite a sus hijos, a sus jóvenes, es su cultura. No la cultura, sino su cultura, la que ese pueblo ha avalado como propia y que se refuerza a cada instante en las acciones y en los juicios, en las obras y hasta en las omisiones. Y Chile en este momento, o no tiene cultura o su cultura está en estado agónico, y esto no significa que no sepamos mucho, no significa que no hayamos leído a Seneca, y no escuchemos a Mozart. Significa que nada tenemos que enseñar, por eso acaso se carga tanto la mano en los profesores, pues, en ausencia de la cultura, se espera que solo ellos se hagan cargo del bulto. Lo que, claro, es imposible.

El esfuerzo desesperado por mejorar la situación económica del país ha logrado, sin duda, algunos resultados innegables y satisfactorios, pero también nos ha convertido en una sociedad neurótica, deprimida y profundamente injusta, donde se trabaja demasiado y se produce poco. Aunque acaso el costo más grande, el origen de todo, sea que se nos ha dejado sin alma, sin ese algo que le daba sentido a todo el esfuerzo.

La dictadura atacó a la cultura por considerarla un trasto inútil y altamente sospechoso, además de ser claramente la mayor forma de resistencia. Los gobiernos posteriores han seguido considerándola un tema menor, más bien útil solo para pagar favores políticos. Pero la ausencia de cultura engendra el vacío y, para llenarlo, se buscan soluciones simples, no se está para más, tales como el fundamentalismo religioso de los talibanes, el populismo racista, el consumismo o el anarquismo.
Destruir la cultura es fácil, no así reconstruirla. No basta con reformas a la educación ni con castigos más severos. Se necesita un pueblo.
Un pueblo que se mire a la cara y descubra cuánto es lo que ha perdido.


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