La mayoría de las autocracias del mundo no desean ser visitadas por personalidades críticas. Pero en tanto firmantes de convenciones internacionales no tienen más alternativa que dejarlas entrar, no sin antes poner todo tipo de inconvenientes.
Durante
el periodo de la Guerra Fría no dejar entrar a políticos sin invitación oficial
era regla y no excepción. Esa es la razón por la cual en círculos políticos
occidentales la negativa del gobierno de Putin a permitir la entrada de algunos
políticos y militares europeos ha causado gran indignación. Más grande todavía
si se suma el hecho de que Putin ha confeccionado una “lista negra” enviada a
diversas embajadas en Bruselas, con nombres de políticos -algunos de alto rango
como el presidente de la unidad parlamentaria CDU/CSU alemana Michael Fuchs - y
expertos militares.
La
mayoría de los censurados ha emitido opiniones en contra de la invasión a
Crimea. Otros solo han ejercido su derecho a crítica frente a las violaciones a
los derechos humanos cometidas en Rusia. Están también los “sancionados” por
emitir opiniones que no son del gusto del autócrata ruso.
En
general a todo político que haya exigido alguna vez que a las sanciones de la
EU sea agregada la de despojar a Rusia del mundial de fútbol de 2018 –una
“generosa donación” de Blatter a Putin-
le será prohibida la entrada. Se esperan nuevos nombres en la lista. Ya
los hay de todos los partidos, desde socialcristianos, pasando por
socialdemócratas y liberales, hasta militantes de los “Verdes”. En la lista
–interesante- no figura ningún miembro de la ultraderecha europea.
Desde
el punto de vista formal, la extremista reacción rusa ha sido interpretada como
respuesta a las sanciones impuestas por la UE. Pero hay, evidentemente, algo
más. Al parecer Putin no solo intenta restaurar el poderío de la “Antigua
Rusia” sino también las tensiones que en el pasado mantuvo Rusia con Europa.
Ello cumple evidentemente un rol en la política interna. Gracias a la nueva
tensión, Putin intentará estrechar aún más el espacio político de su país. Así,
cada vez que algún opositor levante su voz, será acusado de colaborar con el
“enemigo”.
El
hecho de que todos los miembros de la lista sean reconocidos representantes de
la democracia liberal no deja de ser significante. Sin caer en suspicacias
parece obvio que Putin intenta alejarse cada vez más del formato político
democrático y erigirse como portador de un modelo de dominación autoritaria que
rinda tributo a los valores patrios, a la religión, al “alma nacional” y a la
virilidad amenazada por la “Europa decadente”.
La
amistad que une a Putin con los gobernantes y partidos más ultraderechistas de
Europa muestra de que manera se encuentra interesado en formar un bloque
anti-occidental, una suerte de “internacional de dictaduras y autocracias”,
bastarda sucesora de la Internacional Comunista. Percibiendo esa amenaza, el
parlamentario “verde” en la UE, Daniel Cohn-Bendit, al recibir la noticia de
que había sido “sancionado” por Putin, declaró sentirse honrado si “un sistema
político totalitario como el de Rusia me estigmatiza como enemigo”. Exageró un
poco. Rusia no posee todavía un sistema totalitario, aunque sí, avanza en esa
dirección.
El
proyecto Putin cuenta con grandes admiradores en América Latina, sobre todo en las
naciones del ALBA. No extrañará entonces si un día, un tal Nicolás Maduro,
imitando al “hermano mayor”, extienda una lista prohibiendo la entrada de
personalidades internacionales a su país. Declarar a Felipe González como
persona non grata e intentar boicotear su visita, sometiéndolo a todo tipo de
agresiones verbales y acusándolo de intervencionista - precisamente desde un gobierno quien tiene a su país repleto de funcionarios cubanos y no ha dejado país latinoamericano sin intervenir- fue, de por sí, una actitud muy putinesca.