Fernando Mires - LOS ROSTROS POLÍTICOS DEL ISLAM




Los avances de ISIS (Estado Islámico de Irak y el Levante) en Irak y Siria y los genocidios en zonas ocupadas han obligado a los gobiernos de Europa y de EE UU a enfrentar el problema del único modo posible, con una guerra. Guerra que, por lo demás, fue declarada por ISIS.
Entre el ISIS y los grupos que lo siguen, y los EEUU y Europa, no hay mediación política. No puede haberla. ISIS no es una nación ni un estado. Es una organización supranacional operando en el interior de diversas naciones islámicas.
Pero ISIS, aunque no depende de un estado, basa su proyecto en la construcción de un antiguo tipo de estado: el califato. Luego, si ISIS no es una organización estatal, es para-estatal. Su objetivo es construir “estados de Dios”. Por lo mismo, el objetivo de la guerra deberá ser para los enemigos de ISIS, impedir la disgregación de Irak y del Noreste de Siria en uno o varios califatos. En ese objetivo ni Europa ni los EE UU están solos. La mayoría de las naciones islámicas se encuentran organizadas en estados políticos si no demócratas, por lo menos republicanos.
Si Europa y los EE UU quieren derrotar a ISIS, requerirán unirse con todos los estados islámicos opuestos a la formación de califatos del mismo modo como EE UU durante la Segunda Guerra requirió aliarse con gobiernos anti-nazis, fueran democráticos o no (con el de Stalin, entre otros). La guerra, por lo tanto, no será entre Oriente y Occidente, sino entre una gran coalición internacional que unirá naciones de ambos “mundos” en contra de un enemigo común: ISIS
Esa es la razón por la cual los gobiernos occidentales no deben caer en la trampa tendida por ISIS y enredarse en una guerra de culturas o religiones. Si incurren en ese error, hoy alentado por ISIS y sectores fascistas e islamofóbicos occidentales, no lograrán jamás el apoyo de los gobiernos de la región, arriesgando así una derrota de enormes proporciones. Para derrotar al enemigo, y eso vale en la guerra como en la política, es necesario aislarlo.
A través de una primera mirada, resalta el hecho de que los países islámicos están organizados en una pluralidad de formaciones políticas. Monarquías petroleras comandadas por Arabia Saudita, estados teocráticos-electorales como en Irán, redes tribales como en Libia, monarquías constitucionales como en Jordania, dictaduras militares dinásticas como en Siria, dictaduras militares laicistas como en Egipto, repúblicas “socialistas” como en Yemen del Sur, democracias confesionales como en Túnez y Turquía, democracias formales como en El Líbano, en Irak y en Palestina. Todas, unas más otras menos, pueden ser ganadas –o por lo menos neutralizadas- en la lucha en contra de ISIS.
El gobierno de coalición alemana (socialcristianos y socialdemócratas) ha dado un ejemplo al resto de Europa enviando armas al pueblo kurdo, en su gran mayoría formado por musulmanes. Esa debe ser la línea: Los kurdos están sufriendo en carne propia las “limpiezas étnicas” de las salvajes milicias del ISIS. Las guerras –eso es lo que ya entendió Merkel- se ganan con armas y no con declaraciones de solidaridad. 
No es este por lo tanto el momento para discutir acerca de las causas que llevaron al aparecimiento de ISIS. Tal vez el origen del problema resida en las vacilaciones que demostró la UE cuando no apoyó al movimiento de liberación de Siria antes de que este fuera desplazado por los yihadistas de Irak. Pero en ese instante predominaron las concesiones a Putin, a quien fue cedida la “pacificación” de Siria, tarea que, por supuesto, no cumplió. Otros culpan a Obama por haber retirado las tropas de Irak dejando detrás de sí un vacío de poder. No pocos afirman justamente lo contrario, a saber: el hecho de la ocupación de Irán por el gobierno de Bush, llevó a los yihadistas a unirse en torno a ISIS. Bush, efectivamente, declaró una “guerra santa” en la región, destruyendo a la dictadura militar de Sadam Husein (en cuyo gobierno había incluso ministros cristianos) sin ofrecer una alternativa de reemplazo. Esas y quizás muchas más, podrán ser las razones que han hecho posible el avance de ISIS. Pero debatir acerca de ellas, justo ahora, es como discutir en medio de un incendio acerca del origen de las llamas.
Paradoja es que en la alianza internacional en formación, los mejores aliados económicos de Occidente, los países sauditas, son los más inseguros desde el punto de vista político. Por una parte las monarquías petroleras son las que más se parecen en sus formas a los antiguos califatos. Por otra, en dichos países la confesión sunita es mayoritaria. Y como es sabido, uno de los propósitos de ISIS es acentuar la dominación del sunismo por sobre el chiísmo en Irak. De tal modo, si ISIS llegara a apoderarse de Irak, una nueva guerra chiíta-suníta (Irán y Arabia Saudita incluidos) será inevitable.
Todo indica que lo más cuerdo para Occidente será atraer hacia sí al gobierno de Roaní lo que no es muy difícil pues EE UU mantiene buenas relaciones con Irán. El problema es que los monarcas sauditas –enemigos potenciales de Irán- controlan gran parte de la droga de la economía occidental: el petróleo. Pero por otro lado, si Occidente se deja presionar por Arabia Saudita, podría perder sus accesos petroleros en Irak. Y no olvidemos: Sin el concurso de Irán, la guerra en contra de ISIS será muy difícil de ganar.
Los aliados más seguros de Occidente son, además de Irán, la dictadura militar de Egipto embarcada en una lucha en contra de “su” yihadismo interno, y la democracia autoritaria de Turquía. El presidente Erdogan, excelente negociador, podría apresurar la entrada de Turquía a la UE a cambio de un decidido apoyo militar a Europa. La monarquía de Jordania y el gobierno de Túnez son pro-occidentales. Y no por último, el dictador Asad, sabiendo que está perdiendo la guerra frente a ISIS, ha ofrecido su “desinteresada” colaboración a la EU.
La Real Politik, cínica e inmoral como es, no puede ser obviada en caso de guerra. Es inevitable: en la guerra hay que elegir a veces entre la peste y el cólera. Si Sadam Husein estuviera vivo, también seria hoy un gran aliado de Occidente, como lo fue en la guerra Irán-Irak de 1986.
Los rostros políticos del Islam son muy diferentes. Una estigmatización del Islam entendido como un todo indiferenciado –eso es lo que buscan los decapitadores del ISIS- no solo sería una estupidez sin límite; sería, además, una opción suicida.
Dejarse llevar por ese anti-islamismo histérico que preconizan los grupos neo-fascistas en Francia, Holanda, Hungría, Grecia y Rusia, significaría simplemente traicionar a Occidente.