Fernando Mires - COLOMBIA EN DOS NOVELAS


 



Qué suerte para quienes nos gusta la literatura y no ejercemos la profesión de críticos, no estar obligados a escribir sobre “lo último”, de modo que los libros pueden esperar el día en que nos acerquemos a ellos. Suerte, no tener que fijarnos ni en la gramática, ni en el estilo, ni en la tradición literaria a la cual pertenece el autor, ni mucho menos en la calidad de su prosa. O tomar un libro y leerlo hasta el final, si así lo decide nuestra santa paciencia. O no rendir tributo más que al imperio de nuestro gusto. Qué libertad más grande leer un libro sólo cuando uno así lo quiere. Como esas dos novelas colombianas a las que puse una encima de la otra hasta que llegó el día de leerlas. Actividad para la cual había puesto dos condiciones.
La primera, estar saturado de temas históricos, políticos, filosóficos, de modo que no me quedara otra alternativa sino tomar una novela entre mis manos. La segunda, que de repente el destino se compadeciera y dejara entrever, en este continente helado, algo parecido a un rayo de sol.
He adquirido la neurótica costumbre de que -así como para leer un texto filosófico, sobre todo alemán, requiero de días nublados- para leer una novela necesito la luz del sol. Con la música me sucede algo parecido. A Vivaldi sólo puedo escucharlo en las mañanas soleadas. A Wagner en días oscuros. A Mahler en las horas más altas de las noches sin estrellas. Beethoven es más real entre truenos y relámpagos. A Schubert le sienta la nieve, cuando cae. Con Bach y Mozart no hay problemas, los puedo escuchar a cualquiera hora y en cualquier lugar
Así fue como a las dos novelas, aunque de modo tardío, les llegó también la hora señalada y las leí como si fueran dos capítulos de una misma obra. Que suerte también que, a la vez de ser tan distintas, la una fuera tan complementaria con la otra. Pero ¡qué mala suerte!: si esperaba salir de los laberintos de la política, de la historia, e incluso de la filosofía, debo confesar mi total fracaso. Hube de comprobar por enésima vez que la ficción no es un medio para evadir la realidad.
Comencé con “Los tres ataúdes blancos” de Antonio Ungar, no sólo por ser amable obsequio de su autor, sino porque tenía antecedentes de que se trataba de una obra escrita con buen humor. Tenía ganas de reír; y reí. Y sin embargo, cuando la terminé, me vi sumido en una profunda tristeza. Pues entre risa y risa crecía un desgarro profundo: ese que atraviesa un país no muy ficticio llamado Miranda, gobernado por un autócrata electoralista (Del Pito) aún menos ficticio, quien mantiene contactos -so pretexto de combatir a las tampoco ficticias “guerrillas estalinistas”-  con escuadrones de la muerte, dueños de estancias y empresas, y no por último, con los inefables narcotraficantes. Y a medida que reía, sentía una gran pena por un país cuyas instituciones sólo son mascarones de proa que apenas ocultan la borda de una degradación moral que cubre tanto a la autocracia gobernante como a la oposición, representada por el “partido amarillo” (podría ser negro o rojo). Un partido cuyo líder asesinado es suplido por su doble: un gordo grotesco –cada vez menos grotesco, eso sí- quien lentamente abandona la comedia para entrar en los umbrales más oscuros de una sórdida tragedia.
“El ruido de las cosas al caer” de Juan Gabriel Vásquez es en cambio un libro triste; más que triste, depresivo; más que depresivo, melancólico. Quien tenga ganas de llorar debe leerlo de inmediato. Y sin embargo, cuando tú lo terminas de leer, quedas más tranquilo que después de haber leído el “libro alegre” de Ungar. ¿Quizás porque el personaje, un académico llamado Antonio Yammara, regresa a su hogar después de haber conocido –de la boca de Aura Fritts- la verdad de los hechos que determinaron la muerte de un íntimo desconocido de Yammara, el piloto Ricardo Laverde, marido de la norteamericana Elena Fritts, ambos padres de Aura?  ¿Quizás porque la verdad sale a flote lo que no ocurre en el libro de Ungar donde la verdad no puede salir a flote porque nunca se ha hundido?
La ambientación de una comedia que se convierte en tragedia (la de Ungar) y de la tragedia que nunca termina de serlo (la de Vásquez) es, sin embargo, la misma: la banalidad de la maldad política cuando ésta se convierte en certeza cotidiana. La diferencia entre ambas novelas no es por lo tanto entre dos realidades; es entre dos ópticas.
Ungar elige el (muy buen) humor. Y el humor es un don casi divino otorgado a los mortales para tomar distancia con respecto a la vida y observarla desde fuera como si uno no estuviera ahí. Vásquez, en cambio, elige la tristeza. Y la tristeza es también un don casi divino, pues nos permite hundirnos en la realidad, no como alguien que la describe sino, sobre todo, la siente. En los dos casos, la muerte, no la vida, es la única certeza. En la novela de Ungar un simple medio para resolver conflictos aparentemente políticos. En la de Vásquez, como presencia permanente, oculta en cada esquina; siempre al acecho.
Las dos novelas, a la vez, comparten la misma afición por el absurdo. En la de Ungar es el absurdo a que ha sido condenada la política de la nación colombiana. En la de Vásquez, el de la vida cotidiana en la cual los niños visitan el zoológico fundado por Pablo Escobar, viven ahí momentos alegres, y crecen hasta que llega el momento en que los animales desprotegidos después de la muerte del gangster, vagan como fantasmas por las calles.
Ambas son novelas políticas; y a la vez no lo son. La novela de Ungar enjuicia (y ajusticia) a la política de su país, pero no deja ninguna salida política. No existe, para Ungar, el partido de “los buenos”. La de Vásquez, a su vez, nos presenta un personaje central, Laverde, quien es noble en sus relaciones personales pero, a la vez, un narcotraficante redimido por las circunstancias ¿Por eso fue asesinado?
Pudiera decirse que la alternativa se encuentra, para ambos autores, más allá de la política: en el amor. Amor representado por las viudas y sus hijos: los sobrevivientes. Desde allí deberá surgir el futuro. Eso es al menos lo que piensa un simple lector; más de eso no soy. Lector que ya ha tomado una decisión, y esa es: cada vez que intente conocer una realidad histórica recurriré en primer lugar a la ficción.
Los libros de historia son simples complementos del conocimiento, el que siempre será, en última instancia, inalcanzable, es decir, ficticio. Con eso quiero decir simplemente que los escalones últimos de la realidad no son accesibles ni a la historiografía ni a ninguna otra ciencia. Hay, luego, que imaginarlos.
“La imaginación como primera y última fase del conocimiento humano”. Buen título para una tesis ¿no es cierto?
Antonio Ungar – Tres ataúdes blancos, Premio Herralde 2010, Anagrama, Barcelona 2010.
Juan Gabriel Vásquez – El ruido de las cosas al caer, Premio Alfajuara de novela, 2011, Santillana Ediciones, Madrid 2012.