Fernando Mires, Chile: EL DECLIVE DEL ESTADO PORTALIANO



¿Qué pasa en Chile? ¿Por qué tanta agitación social? ¿No es Chile comparado con otros países latinoamericanos uno de los más desarrollados? La pregunta la he debido contestar muchísimas veces; y mi respuesta es siempre la misma: “En Chile hay una profunda crisis de representación”. 
Acostumbrados a pensar de acuerdo a lógicas causalistas, es difícil hacer entender a quienes no son chilenos -a los chilenos también- que los  movimientos sociales no siempre están determinados por el hambre y la miseria. Es por eso que intento argumentar así: “suele suceder que cuando diversos sectores sociales no encuentran una representación política adecuada, estos deciden actuar por su cuenta y de este modo se invierte la relación tradicional pues en lugar de que los partidos conduzcan a las movilizaciones, son estás últimas las que conducen a los partidos. Eso es lo que ha ocurrido en todas las grandes movilizaciones sociales y Chile está viviendo el impacto de muchas”.
Primero fue la movilización de Hidroaysén mediante la cual diversos sectores de la izquierda chilena descubrieron de pronto que tenían una tremenda conciencia ecológica. Después irrumpieron esas grandes movilizaciones estudiantiles que hicieron decir a tantos despistados que en Chile estaba comenzando una revolución social anti-neo-liberal. Y cuando el atribulado Piñera pensaba que, al fin, con los estudiantes en merecidas vacaciones tendría un cierto descanso, irrumpió -como si se tratara de una “Fuenteovejuna” revivida-  el levantamiento social de la abandonada provincia de Aysén. Y hoy, ya algo apaciguada la rebelión de Aysén, aparecen los gritos de los pobres de Calama.
¿Cómo entender todo eso? ¿Será que los chilenos han descubierto recién que terminó la dictadura y quieren recuperar todo el tiempo perdido en pocos meses? ¿Qué pasa en Chile?
Siguiendo el ejemplo del inspector sueco Wallander, intenté descubrir si todas esas movilizaciones tienen algo en común. Mi comprobación fue la siguiente: En primer lugar, todas han rebalsado la estructura política siendo difícil alinearlas en el clásico esquema “izquierda- derecha”. En segundo lugar, todas tienen un bajísimo componente utópico, es decir, no se pronuncian ni en contra ni a favor de un macro-sistema económico o social. Y en tercer lugar, todas tienen como referente al estado; léase bien: al estado, no al gobierno.
Este último hecho, si uno observa movilizaciones sociales que tienen lugar en otros países latinoamericanos, demuestra que Chile se está poniendo recién al día con respecto a la agenda continental. 
Las grandes movilizaciones indígenas y populares que hoy tienen lugar bajo los gobiernos de Correa en Ecuador y de Morales en Bolivia, mantienen también una impronta regionalista y anticentralista. Incluso, en el gran duelo electoral que culminará en Venezuela en octubre del 2012, vemos que Chávez levanta las banderas del estatismo centralista en contra de la descentralización política que es, a su vez, una de las principales reivindicaciones de la candidatura de Capriles.
En fin, parece que hay un evidente malestar en contra de la excesiva centralización estatal que caracteriza a la gran mayoría de las naciones latinoamericanas; y Chile no parece ser una excepción.
El peso político del estado se manifiesta en América Latina en el desmedido rol que corresponde al Ejecutivo, no sólo en desmedro de los otros poderes estatales sino, sobre todo, de las autonomías regionales. Aunque ahora no es el momento de analizar esta situación, cabe señalar que ese desbalance ha permitido que, en el pasado reciente, diversas dictaduras se instalaron en el poder gracias y no en contra de la estructura constitucional vigente.
En efecto, no pocas constituciones latinoamericanas han convertido al “señor Presidente” (Asturias)  en una figura omnímoda, patriarcal y extremadamente autoritaria. Esa es la razón por las cual las neo-autocracias latinoamericanas (Bolivia, Ecuador, Venezuela, entre otras) se han servido del “hiperejecutivo” dominante para demoler estructuras democráticas. Chile, en ese punto, no es ninguna excepción. El “hiperejecutivo” del siglo XlX sigue presente en el siglo XXl. Así lo demuestra al menos el legado constitucional de la nación.
La constitución de 1980 de Pinochet –para poner un ejemplo- fue sólo una reforma de la de 1925 (otros dicen de 1926) A la vez, la de 1925 fue una reforma a la de 1833, dictada bajo la égida de quien por muchos es considerado el fundador del estado chileno: el ministro Diego Portales Palazuelos.
La Constitución (portaliana) de 1833 surgió de una guerra civil (1829) entre los dos grupos más  representativos de la oligarquía chilena: los “pipiolos” de tendencias anticlericales y democráticas, y los “pelucones” de tendencias conservadoras y clericales. Previo a la dictación de la nueva Constitución, Portales (“no creo en Dios pero sí creo en los curas”) devolvió todos los bienes confiscados a la Iglesia, estableció la educación privada y confesional, neutralizó al “partido o’higginista” haciendo nombrar al general de Concepción, José Joaquín Prieto, Presidente de la República (1831); entregó el poder económico a la oligarquía terrateniente y minera (“fronda aristocrática”); depuró al ejército de oficiales “afrancesados” (liberales) y declaró una guerra preventiva a Perú y a Bolivia.
La Constitución de 1833 tuvo la virtud  de “poner en forma” al Estado Nacional. En los marcos de esa “puesta en forma” ha vivido hasta ahora la nación chilena, y bajo ese “peso de la noche”  (Portales) Chile llegó a ser una de las naciones políticamente más estables del continente.
Incluso la izquierda chilena, hay que decirlo, nunca se definió como antiportaliana. Al contrario, como la mayoría de las izquierdas del continente, abogaba por un Estado fuerte y centralizado y la descentralización administrativa así como la autonomía de las regiones nunca fueron motivos de su reflexión. Todo lo contrario: los partidos de la izquierda chilena reprodujeron hacia sus propios interiores las estructuras más verticales y autoritarias que primaban en el estado portaliano.
El portalianismo llegó así a ser en Chile una ideología nacional implícita. Pero fue bajo la dictadura de Pinochet, y gracias a la inspiración del ideólogo portaliano Jaime Guzmán, cuando se convertiría, además, en una ideología nacional explícita. Diego Portales, el decimonónico ministro de todo, fue elevado, bajo Pinochet, a la condición de “guía espiritual” de la dictadura. Y como es sabido, bajo la Constitución portaliana de Pinochet gobernaron cuatro presidentes de la Concertación. De este modo, no es errado decir que Portales continúa viviendo en la letra y en el espíritu constitucional, en la primacía absoluta del poder ejecutivo y en el indesmentible autoritarismo de las instituciones chilenas.
¿Será por eso que todavía resuenan en mis oídos aquellas frases de Portales (carta a su socio comercial Cea) que aprendíamos de memoria los estudiantes secundarios?
La Democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República. La Monarquía no es tampoco el ideal americano: salimos de una terrible para volver a otra y ¿qué ganamos? La República es el sistema que hay que adoptar; ¿pero sabe cómo yo la entiendo para estos países? Un Gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderos modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y de las virtudes. Cuando se hayan moralizado, venga el Gobierno completamente liberal, libre y lleno de ideales, donde tengan parte todos los ciudadanos. Esto es lo que yo pienso y todo hombre de mediano criterio pensará igual”
Mas, seamos justos: si nos atenemos a la realidad histórica de la primera mitad del siglo XlX, Portales, gran estadista en un mundo no democrático, hizo lo que tenía que hacer como estadista: Entregó el poder “de jura” a quienes ya lo tenían “de facto”. Pero hoy –ese es el problema- estamos en el siglo XXl, y Chile continúa siendo una nación tan portaliana como antes, regida por una estructura política y por una Constitución portaliana y –basta ver las reacciones represivas del gobierno de Piñera frente a las movilizaciones sociales- con un estilo muy portaliano de hacer política.
Quizás esos estudiantes que durante el 2011 protestaron en contra de una educación elitista, o esos levantamientos regionales y provincianos que hoy tienen lugar en contra del centralismo tiránico que propuso Portales, están señalizando al todopoderoso Ejecutivo que ha llegado la hora de despedirse, de una vez por todas, del espíritu de Portales.
Nadie puede esperar que el gobierno de Piñera lleve a cabo lo que no hizo la Concertación y se despida del “estado portaliano”. Pero si el gobierno que seguirá al de Piñera, cualquiera sea su ideología, no hace nada en contra del sobrepeso del ejecutivo, nada en contra del centralismo económico y administrativo que asfixia al país, nada en contra de ese obsceno “Santiago es Chile”, nada en contra de las profundas desigualdades sociales, y sobre todo, si no cambia, aunque sea simbólicamente, la constitución portaliana todavía vigente, Chile volverá a ser lo que precisamente quiso evitar el implacable Diego Portales: una nación políticamente mal constituida. Y eso es lo peor que puede suceder a cualquiera nación.