Fernando Mires: La indignación de los indignados


Quienes padecen de esa alteración de la intelectualidad que es el “intelectualismo” -la creencia de que los objetos del pensamiento no son todas las cosas del mundo sino sólo aquellas “dignas” de ser pensadas- nunca podrán entender como un texto tan poco intelectual como “Indignaos” de Stepháne Hessel, ha podido no sólo batir todos los récord de ventas y constituirse en el principal punto de referencia de multitudes, las que una vez congregadas en la Puerta del Sol de Madrid amenazan extenderse a diversas zonas del planeta. ¿Cómo puede ser posible que un escrito que proclama principios tan generales o postulados tan elementales, pueda haber producido tamaño impacto? Mi sospecha es la siguiente: “Por eso, precisamente por eso”. Dicha afirmación obligará a fundamentar esa sospecha. Un buen camino en estos casos será siempre ceñirse a las reglas elementales del método deductivo. Y una de esas reglas dice: “para saber lo que algo es, hay que saber primero lo que no es”.

Por de pronto “Indignaos” no es un texto teórico. Muy descaminado estará entonces quien intente encontrar a lo largo de sus pocas páginas, no digamos una tesis, al menos una hipótesis. Tampoco nadie encontrará ahí algún planteamiento destinado a ser estudiado, analizado o verificado. Por el contrario, el libelo –que eso no más es- sólo contiene un breve catálogo de situaciones objetivas frente a las cuales el autor considera necesario indignarse.

“Indignaos” no es tampoco un texto utópico. En sus líneas no encontramos ninguna proposición referente a algún “orden social superior”, o sobre algún nuevo paraíso terrenal, o una nueva misión de la historia universal. Por el contrario, Hessel, fiel a su biografía, llama a hacer lo que él una vez ya hizo y pese a su avanzada edad quiere seguir haciendo: resistir. Resistir frente a las injusticias que se cometen en éste, nuestro mundo. Y a fin de decir lo mismo de un modo algo filosófico, agregaré que en las denuncias de Hessel hay un primado de la negación por sobre cualquiera afirmación. Y sin embargo no estamos hablando de un libro anarquista. “Indignaos” no llama a destruir ningún orden injusto, a ningún sistema socioeconómico; ni a derrocar a ningún gobierno sea de izquierda o de derecha.

“Indignaos” no es tampoco una doctrina. No es un compendio de afirmaciones no discutibles destinadas a ser observadas y cumplidas. Quiero decir: no es una guía del pensamiento ni un método para la acción al estilo del Manifiesto Comunista, del libro de Mao o del Catecismo Cristiano.

Por último, bajo ningún motivo “Indignaos” puede ser considerado un producto ideológico si por ideología entendemos –y es muy difícil entender algo diferente- un sistema cerrado de ideas petrificadas con nula o muy débil comunicación con el mundo extra-ideológico. Más aún: “Indignaos” tampoco ofrece grandes “ideas”. Sólo contiene –y es muy importante como ya veremos- “ideales”.

Sin embargo, pese a todo lo que no es, “Indignaos” tiene para muchos un gran significado. Y al decir esto pienso que nos estamos acercando al momento de emitir una afirmación más perentoria, y es la siguiente: al tener un gran significado “Indignaos” es un significante. Y si nos atenemos a una constatación ya aceptada en la filosofía política: la de que todo significante cumple una función simbólica, tenemos que terminar aceptando que el significado de “Indignaos” no tiene mucho que ver con lo que el texto dice sino con lo que representa en su con-texto, y lo que representa “Indignaos” es, digámoslo en estilo lacaniano: un momento en la reproducción simbólica del discurso. Pero no cualquier momento ni cualquier discurso. Sí, y ahora lo digo en el sentido de Laclau: “Indignaos” representa el momento significante que confiere equivalencia a un conjunto de demandas (significados) no equivalentes entre sí.

Probablemente Hessel soñó alguna vez escribir un libro más enjundioso que “Indignaos”. Incluso, su nuevo texto “Comprometeos”, vive de las resonancias de “Indignaos” y si no ha pasado desapercibido, sus efectos hasta ahora no parecen ser demasiado relevantes. Tampoco es un misterio que en las librerías pueden ser encontrados muchos libros similares a “Indignaos” y, seguramente, algunos son más documentados y mejor escritos que el breve libro de Hessel. Y, sin embargo, ninguno ha podido ser elevado al lugar más escogido de la representación simbólica como ocurrió con “Indignaos”. ¿Qué tiene entonces “Indignaos” que no tengan otros libros?

Voy a arriesgar una afirmación con la cual muchos no estarán quizás de acuerdo. “Indignaos” tuvo suerte.

Me explico: “tener suerte” es una situación que se da estrechamente ligada al principio de contingencia, y ese principio nos dice que determinados hechos históricos, en este caso la publicación de “Indignaos”, no están causalizados ni determinados por ninguna estructura previa. Simplemente ocurren. Pero para que ocurran se requiere, por cierto, de determinadas condiciones. Esas son condiciones de tiempo y de lugar.

Por ejemplo, si “Indignaos” hubiese aparecido en el pasado reciente, es decir, en un tiempo sobre-ideologizado, muy pocos lo habrían leído. De la misma manera, si los jóvenes españoles no hubiesen salidos a las calles a protestar por tantas cosas diferentes, “Indignaos” no habría tenido ninguna repercusión. Quiero decir: no fue el libro “Indignaos” la razón que motivó las protestas de Mayo del 2011. Más bien ocurrió exactamente al revés. Fueron las protestas de Mayo las que motivaron la lectura de “Indignaos”. En cierta medida “Indignaos” es un invento de la Puerta del Sol. Y, como estamos hablando de buena y mala suerte, es preciso agregar que fue un invento muy afortunado.

Podría haber ocurrido que el lugar que ocupó “Indignaos” hubiese sido ocupado por un libro más agresivo, uno que hubiera llamado a la violencia en contra de las instituciones. O podría haber ocurrido que el lugar de “Indignados” no hubiese sido ocupado ni por un libro, ni por nada. Si eso hubiera sucedido –estoy pensando en subjuntivo- lo más probable es que los movimientos de protestas habrían sido descarrilados de las vías no violentas por las cuales –hasta ahora- transitan. Por ejemplo, es sabido que todos los primeros de Mayo los jóvenes de Berlín salen a las calles a destruir cualquier cosa que se les pone por delante. Del mismo modo, en el Chile de hoy, las legítimas protestas de los estudiantes se ven opacadas por ese extraño deporte de “sacarle la chucha a los pacos” (golpear a la policía uniformada). En ambos casos hace falta la existencia de un referente simbólico como “Indignaos”, uno que sea, además, respaldado por la dignidad indiscutida de un autor como Stepháne Hessel

“Indignaos” muestra, entre otras cosas, que las multitudes no sólo se movilizan para dar curso a sus pasiones ocultas. Pero que tampoco sólo lo hacen siguiendo la lógica de simples intereses racionales (económicos) como postulan marxistas y neoliberales. Alguna vez, quizás, estaremos de acuerdo en que en cada ser humano hay un potencial -no siempre percibido- para trascenderse a sí mismo. De ahí la necesidad que siente cada uno por reciclar energías en torno a objetos “dignos”. Y cuando esas energías no encuentran la dignidad del objeto requerido, o se articulan alrededor de objetos “indignos” (falsos mesías, por ejemplo) o simplemente retornan al interior de cada ser, destruyéndolo con sus tumores biológicos y mentales. “Indignaos”, en fin, no sólo llama a la indignación. Además, articula significados disímiles, detiene agresiones sin objetos, controla pasiones tormentosas e, incluso, en algunos casos, puede convertirlas (sublimarlas) en ideales colectivos.

Hicieron bien entonces los jóvenes de la Puerta del Sol al dignificar “Indignaos”. Podría haber ocurrido algo peor.

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