Fernando Mires: 2011: ¿El año de los nuevos movimientos sociales?

A quienes nos interesa analizar esas apariciones históricas nunca programadas, siempre impredecibles e intempestivas que son los movimientos sociales, no nos podemos quejar: 2011 ha sido más que pródigo en su producción.

Esas revoluciones democráticas ocurrieron primero donde nadie pensaba que podían aparecer: en el mundo árabe. Fueron seguidas por el Mayo español y por el Junio griego. Y hasta Chile, país cuya población joven parecía haber caído en el conformismo consumista, ha visto sus calles pobladas por vociferantes multitudes donde se cruzan dos líneas: la ambientalista y la estudiantil ¿Se trata de una simple casualidad o estamos frente a un fenómeno global? Creo que todavía es demasiado prematuro para responder a tan interesante pregunta. Pero lo más probable es que 2011 traerá consigo más sorpresas todavía. “Afírmate Catalina que vamos a galopar”.
Si quisiéramos encontrar un punto común a las manifestaciones nombradas, habría que señalar que todas -unas más, otras menos- son expresiones de luchas democráticas. En ese marco podemos hacer el intento de trazar una división. A un lado las que se manifiestan “por” la democracia. Al otro los que se manifiestan “en” democracia. Las primeras -ocurridas en el mundo árabe- intentan derribar a las implacables dictaduras militares que sobrevivieron a la caída del imperio soviético del cual esas dictaduras eran clientes ideológicos y económicos. Las segundas sólo intentan ampliar los espacios democráticos de participación política.
El carácter renovador de los movimientos sociales emergidos durante la primera mitad del año 2011 se deja ver en la primacía que alcanzan en ellos los sectores más jóvenes de la ciudadanía, lo que llevó a decir a más de algún comentador sensacionalista que nos encontramos frente a la revolución de una generación internética global. Sin embargo, los nuevos movimientos sociales aparecen, como siempre ocurre, manteniendo una relación de continuidad con los que los precedieron, en este caso, desde la segunda mitad del siglo XX.
No olvidemos que los estudiantes europeos sesentistas también emergieron hacia la superficie política con el propósito de imponer cambios radicales al interior de las rígidas democracias que los gobernaban. No lo lograron de modo inmediato. Fue preciso una “segunda ola” movimientista manifestada en las muchedumbres ambientalistas, pacifistas y feministas de la década de los ochenta. De esos movimientos surgió una nueva cultura política así como nuevos políticos, algunos de los cuales ocupan hoy día decisivos puestos de gobierno. A su vez, la “segunda ola” democratizadora coexistió en el tiempo con la aparición de los movimientos sociales antitotalitarios del mundo comunista, sobre todo Solidarnosc en Polonia  y “Carta” en la ex Checoeslovaquia. Y por si fuera poco, en América Latina, en especial en el Cono Sur, emergieron amplios movimientos democráticos y anti-dictatoriales. Entre todos esos diversos movimientos no existió, como es sabido, casi ninguna comunicación. Mas, no tan sólo fueron hijos del mismo tiempo sino también –como habría dicho Hegel- portadores del “espíritu del tiempo”: un espíritu de indudable sentido democrático.
Sin embargo, las primeras en aparecer en este movedizo 2011, las luchas “por” la democracia en el mundo árabe, han encontrado una resistencia dictatorial más implacable que la que encontraron los movimientos democráticos en los países sometidos al yugo soviético de modo que lo más probable es que la democratización de esos países no ocurrirá, como fue el caso del fin de las dictaduras comunistas – y como parecía que iba a ocurrir después de la caída de las dictaduras de Sudán y Egipto- bajo la forma de “reacción en cadena”. Todo hace predecir que esa revolución se dará en ciclos consecutivos y de modo muy interrumpido. 
Por una parte, no existe al interior del mundo árabe ninguna potencia mundial hegemónica como fue la URSS cuya crisis interna pudo arrastrar consigo a toda una “periferia”. Por otra, los tiranos árabes aprendieron no de los comunistas soviéticos pero si de los chinos cuyos tiranos no vacilaron en ametrallar a masas de  pacíficos estudiantes en los luctuosos  acontecimientos de la Plaza de Tian’Ammen, el año 1989. Gadafi y Asad han hecho exactamente lo mismo. Pero a diferencia de la dictadura china que logró aniquilar definitivamente a la rebelión popular, los criminales dictadores árabes sólo han logrado la  “desnaturalización”.de los movimientos democráticos.
Ya parecen lejanos los días en que lozanos estudiantes, niños, ancianos y mujeres participaban alegremente en las demostraciones cívicas de Trípolis y Damasco. Hoy sólo vemos en la pantalla a hombres de mediana edad, muy mal armados, e intentando resistir, a punta de cojones, a muy bien pertrechados ejércitos. Evidentemente los dictadores han logrado transformar las rebeliones populares en guerras civiles, guerras en las cuales sólo pueden vencer, sobre todo si cuentan con la cobarde complicidad de diversos gobiernos europeos.
Muy distinta es la situación de los movimientos democráticos occidentales. Aunque algunos de sus miembros hablan de revolución, ellos mismos saben que nunca ha habido en la historia una revolución –que no sea fascista, por supuesto- en contra de algún régimen democrático. De ahí que sólo pueden limitarse a jugar el rol de contestarios lo que, por lo demás, hacen muy bien. Su objetivo no es tanto derrocar a algún gobierno pero sí transformar las relaciones de la ciudadanía con la política vigente. Relaciones que hoy se encuentran alteradas por partidos que otrora jugaron un papel emancipador, como las socialdemocracias españolas y griegas, o  los “concertacionistas” chilenos.  En cierto modo los movimientos sociales en las naciones democráticas aspiran, al dinamizar la vida política, a ampliar el marco democrático, fundando nuevas organizaciones desde donde emergerán, probablemente, algunos nuevos partidos políticos de recambio.
Acerca del destino que correrán los movimientos sociales emergentes en los países democráticos, es difícil conjeturar. Pero quizás no está de más señalar que son muchos los peligros que los rodean. Uno de esos peligros viene de los mismos movimientos, o mejor dicho, de su latente anti- partidismo. 
Es cierto que en muchas naciones los partidos se han constituido en cúpulas autonomizadas.. Pero una cosa es criticar la formación de una “clase política” y otra muy diferente es asumir  actitudes anti-partido. Si ellas logran primar, quedará abonado el campo para que aparezcan caudillos delirantes quienes con su sola presencia desvirtuarán el sentido democrático de los movimientos sociales emergentes.
También es necesario hacer notar que ningún movimiento irrumpe en estado virginal en la escena pública. Por lo general arrastran consigo sedimentos que vienen del propio pasado que intentan cuestionar. Uno de esos sedimentos es la violencia, en la que cada cierto tiempo recaen los así llamados “nuevos actores”. Los “indignados” españoles han sabido mantener, hasta ahora, la calma. No así los “indignados” griegos, lo que en cierto modo es explicable, pues la crisis del país ha tocado el órgano más sensible del ser humano, que no está en el corazón ni en los pulmones, pero sí en los bolsillos. En el caso chileno, la violencia, y no sólo la policial, es muy frecuente, y ya parece formar parte de la (in)cultura política de la nación. 
Tampoco hay que desestimar los peligros que provienen desde el exterior del movimiento, sobre todo desde las izquierdas fracasadas. Comunistas, “socialistas del siglo XXl”, castristas y otros talibanes de similar catadura, estarán siempre prestos a instrumentalizar cualquier movimiento que surja al exterior de ellos, a traspasarles sus alucinadas visiones, y a darles algún sentido “global” –es decir, irreal-  a las movilizaciones sociales y políticas.
En fin, por ahora no hay ningún motivo para esperar que de los nuevos movimientos sociales aparezca “otro mundo posible”, ni que de la barriga del mundo antiguo surja un mundo nuevo (cursilería de Galeano) o alguna redención planetaria, o la realización de alguna utopía meta-histórica. Esa es la razón por la cual POLIS, así como otras publicaciones similares, se limitará a hacerles un seguimiento, manteniendo una necesaria distancia crítica, una amistosa desconfianza, y no albergando más esperanzas que las del día siguiente. Al fin y al cabo, ya venimos de vuelta.

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