José Ignacio Torrealba - ¿Cómo será la posguerra?

 

La pregunta que todos nos hacemos en el día 15 de la guerra y de cuya respuesta tantas cosas dependen (vidas, sobre todo) es qué va a pasar. Para responderla tenemos que manejar tanto certezas como incertidumbres. Comencemos por estas últimas. No sabemos cómo ni cuándo acabará esta guerra. Puede ser larga o puede ser corta, puede acabar con el aplastamiento de Ucrania o con la derrota de Rusia. Tampoco, por desgracia, es posible descartar que Putin llegue a emplear armas nucleares. Como señalaba Robert McNamara, el secretario de Defensa de J.F. Kennedy durante la crisis de los misiles cubanos, en el imperdible documental de Errol Morris La niebla de la guerra, desde la noche de los tiempos todos los jefes militares que han entrado en combate han sabido que, por muy cuidadosos que hubieran sido los planes trazados, el desenlace de toda guerra es intrínsecamente incierto.

Lo que sí sabemos a fecha de hoy es que el orden de seguridad europeo existente ha sido destruido de forma irreversible. Eso hace que el 24 de febrero de 2022 sea tan importante como el 9 de noviembre de 1989 (cuando cae el muro de Berlín), el 1 de septiembre de 1939 o el 28 de julio de 1914.

Con la invasión de Ucrania y el vigente intento de anexión o sumisión, Rusia no sólo ha incumplido todos los compromisos de respeto de la integridad territorial de sus vecinos asumidos en el marco internacional (en concreto el artículo 2.4 de la Carta de Naciones Unidas) y europeo (Acta de Helsinki de 1975) sino los específicamente contraídos por Moscú con Ucrania respecto a la salvaguarda de su integridad territorial: el Tratado de Minsk que formaliza la disolución de la URSS en diciembre de 1991; el Memorándum de Budapest de 1994 por el que Ucrania entregó sus armas nucleares a Rusia a cambio, otra vez, de una garantía de seguridad; y el Tratado de Amistad entre Rusia y Ucrania de 1997, donde ambas partes reiteraron dicho compromiso.

Pero Rusia no solo ha invadido un país sin pretexto ni justificación alguna rompiendo la regla número 1 de las relaciones internacionales, sino que ha lanzado amenazas sobre el uso de armas nucleares con el objetivo de disuadir a otros estados de acudir en su defensa (con armas convencionales). Incluso ha amenazado con usar la fuerza nuclear contra Ucrania, un país que carece de dichas armas. Al proceder así, Putin ha roto el conjunto de reglas que han venido rigiendo las relaciones entre potencias nucleares.

Hasta ahora, aunque las potencias nucleares se reservaban la capacidad de usar el arma nuclear en primera instancia (como respuesta a un ataque convencional del otro) o en segunda (como respuesta a un ataque nuclear), se entendía que las potencias nucleares sólo utilizarían el poder nuclear para disuadirse mutuamente, no para abusar de las potencias no nucleares. Como recordarán, aunque durante la Guerra Fría hubo muchas guerras regionales libradas entre aliados de EEUU y la URSS en África, América Latina y Asia, ambas potencias consintieron que se armara al otro bando con todo tipo de armas convencionales (no sólo con misiles antitanques y antiaéreos como ahora, sino con aviones de combate, sistemas antiaéreos y vehículos blindados, amén de entrenar abiertamente y respaldar a sus ejércitos con asesores militares sobre el terreno). Así, tras la invasión de Afganistán en 1989, EEUU armó a los afganos, sin que eso llevara a una escalada nuclear y, de la misma manera, todavía hoy, Irán ha armado profusamente a las milicias chiís en Irak para derrotar a EEUU sin que eso tampoco generara amenazas nucleares.

Las amenazas nucleares de Putin son reales. Por eso son tomadas en serio (en eso consiste la disuasión nuclear), lo que explica un ejercicio de contención en el apoyo militar a Ucrania que va más allá del que realizaríamos sin esas amenazas y que deja a Ucrania en una posición de clara indefensión. Por tanto, el comportamiento de Rusia cambia las reglas de juego, hace imposible reconstruir el orden de seguridad europeo sobre la base de los principios vigentes antes del 24 de febrero e introduce a aliados y vecinos en un estado permanente de inseguridad.

Incluso si se llegara a un acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania, que probablemente impondríamos sobre Kiev por muy humillante que fuera para los ucranianos (como ya hicimos en 2014 con los acuerdos de Minsk por los que les obligamos a aceptar la amputación de su territorio como vía de apaciguamiento, con los resultados conocidos), la pregunta es: ¿qué garantía de seguridad podría ofrecer Rusia de que no volvería a invadir Ucrania dentro de dos años, una vez levantadas las sanciones, con su economía más preparada al haber empleado el tiempo para desacoplarse de Occidente y cobijarse bajo China? O, por la misma razón, ¿qué impediría a Putin invadir Moldavia o Georgia, o incluso una Bielorrusia democrática que se hubiera librado de Lukashenko y pretendiera garantizar su seguridad asociándose a la OTAN y/o la UE?

El nuevo orden europeo solo nacerá cuando encontremos la manera de asegurar la integridad territorial de todos los estados que no son miembros ni de la OTAN ni de la UE. Sin embargo, eso solo podría lograrse si esos estados se convirtieran en miembros de la OTAN, aceptaran el estacionamiento en su territorio de fuerzas permanentes de EEUU o de la OTAN o, alternativamente, como han hecho Israel, India, Pakistán y Corea del Norte, decidieran asegurar su integridad territorial por su cuenta dotándose de armas nucleares. Como intuyen, todos esos escenarios llevarían a otra guerra con Rusia, lo que nos devuelve al principio del problema.

En cuanto a la Unión Europea, aunque ha despertado geopolíticamente y entrado en guerra económica con Rusia, dista de resolver la ecuación de la seguridad europea. Porque si ofrece la adhesión a Ucrania, Moldavia y Georgia, tendrá que lidiar con el hecho de que el artículo 42.7 del Tratado de la Unión ofrece una garantía de seguridad a todos sus miembros equivalente al artículo 5 de la OTAN. Así que por ahí también volvemos al principio.

Rusia ha destruido el orden de seguridad europeo existente y lo ha sustituido por un desorden de facto en el que utiliza la fuerza y las amenazas nucleares para decidir el destino de sus vecinos. Como ya no podemos confiar en las promesas de Rusia de respetar la integridad territorial de sus vecinos y nos tomamos en serio sus amenazas nucleares, estamos muy lejos de haber creado un nuevo orden de seguridad europeo que merezca ese nombre. Solo hay dos vías para restaurar ese orden. La primera, que Rusia pierda esta guerra tan estrepitosamente que tenga que aceptar que la UE y la OTAN garanticen la seguridad de Ucrania después de la guerra (es decir, justo lo contrario de lo que Putin exige para terminarla). La segunda, vinculada a la primera, es la caída de Putin y el cambio de régimen en Moscú. Como comprobamos entre 1985, con la llegada de Gorbachov, y 1999, cuando Putin tomó el poder, solo una Rusia en proceso de transición hacia la democracia ha sido una Rusia pacífica. Todas las demás alternativas (incluyendo un acuerdo con Rusia para la partición y sometimiento de Ucrania) están condenadas a fracasar. Por eso, al apoyar a Ucrania y presionar económicamente a Rusia hasta el límite estamos haciendo lo correcto, no solo por los ucranianos, sino por el futuro de la seguridad europea.

José Ignacio Torreblanca. 

El Mundo