Francisco J. Larios - EL PÉNDULO PERVERSO



(Año 2021, notas para un ensayo sobre el fracaso de los intelectuales iberoamericanos)

Desde hace tres años mi país se desgarra. En Nicaragua, como en casi toda Iberoamérica, la violencia es la espina dorsal de una sociedad estratificada, opresiva, que hasta la fecha ha demostrado ser incompatible con la democracia. En Nicaragua, como en Iberoamérica, pequeñas minorías visten su poder de un disfraz europeo, desde el liberalismo a ultranza hasta el marxismo. Pero las máscaras se esfuman apenas las élites ven su hegemonía cuestionada. Entonces la defienden sin guantes ni modales. Como en mi país, donde el gobierno de Daniel Ortega y su vicepresidente-esposa han cometido, ante miles y miles de testigos nacionales y extranjeros, un genocidio.

Desde hace tres años mi país se desgarra, desde hace dos siglos se desgarra Iberoamérica. Desde hace dos siglos, los criollos decidieron romper el cordón umbilical que los ataba al poder político de la península, y administrar sin el freno de una burocracia distante la hacienda que heredaban de sus ancestros. Los criollos prometieron libertad a pobres, indios, mestizos y negros. Cometieron el fraude original de las nuevas naciones. La libertad fue para ellos. Libertad, de las coronas peninsulares. Libertad, para explotar a su gusto y antojo a gente y tierras. Libertad que no supieron siquiera administrar con mesura: fueron de guerra en guerra por muchos años; fueron incapaces de crear sistemas políticos de sucesión ordenada; y, sobre todo, fueron incompetentes, fueron indolentes—poca necesidad han sentido de no serlo—; no lograron establecer economías de innovación y desarrollo. Instalaron el atraso y la opresión como identidad en la inmensa mayoría de nuestros pueblos.

Contra sus herederos lucha mi país desde hace tres años. En sus garras ha estado desde siempre. En sus garras sangra también Iberoamérica. Por más variedad y diferencia entre nuestras naciones, ninguna escapa los orígenes comunes, el choque violento de la invasión europea, la mezcla de culturas y de sangres en medio de la hecatombe, el nacimiento de seres humanos cuyos pasados fueron cercenados por la aniquilación cultural, y también por la distancia. Gente de un mundo que no puede llamarse “nuevo” por virtud de un “descubrimiento”, pero que es sin embargo nuevo porque ya no es ni la Europa medieval ni el continente de los pueblos originarios, sino la fusión súbita de los dos y la destrucción del pasado para cada una de las partes.

¿Qué hacen, qué han hecho los intelectuales iberoamericanos ante el reto de entender esto, lo nuevo? ¿Qué han hecho frente a la violencia intrínseca de los cuerpos sociales formados en el sangriento Big Bang iberoamericano? Para entender lo nuevo, la intuición reclama un enfoque libre, una manera fresca de pensar, sin ataduras dogmáticas, y sin el ancla pesada de mitos, rencores o remordimientos.

Pues, hay que decirlo: el fracaso latinoamericano en concebir este nuevo pensamiento ha sido abismal. Nuestros intelectuales no han logrado, hasta la fecha, desembarazarse del pasado. Unos escogieron la ruta indigenista, mitificando sociedades que ya no son, convirtiéndolas a través de un espejo retrovisor europeo en la bucólica del buen salvaje. Otros, blandieron apasionadamente la espada hispanista, reclamándose hijos de la España que habría tenido por misión y destino, según fantasean, el rescate de salvajes violentos para la civilización. Más recientemente, han proyectado esos viejos atavismos en adhesiones doctrinales a ideologías políticas europeas, cuando no a la hegemonía anglosajona americana.

Como consecuencia, son incapaces de penetrar sin prejuicio y con disciplina inquisitiva la realidad social, especialmente en lo que atañe al tema crucial del poder político. Todo lo contrario, viven cómodos bajo la fronda del dogma en boga.

Desde hace décadas, se balancean sobre un péndulo perverso entre dos idolatrías del poder: entre Galeano y Vargas Llosa; entre la adoración de todo poder estatal que bajo el membrete izquierda diga ejercer su represión en nombre de la lucha contra el enemigo económico (los herederos del latifundio y del capital) y la idolatría del poder económico, que Vargas Llosa presume más racional y democrático.

Ambas visiones carecen de originalidad, y carecen—sobre todo—de fertilidad; en ambos lados del péndulo el argumento ya está escrito, y lo que cuenta es transmitir el dogma y buscar en la evidencia las migas que lo apoyen.

No es accidente que un ya maduro Galeano, capaz de entender que el bello ejercicio retórico de su Venas abiertas de América Latina arrojaba menos luces de las que en un momento pensó, fallara, sin embargo—asumo aquí su buena voluntad—en detectar al monstruo autoritario que se gestaba en la Venezuela chavista. Llegó a burlarse con acritud de quienes acusaban al régimen de ser una dictadura y transgredir los derechos humanos.

El sagaz intelectual no pudo, o no quiso, ver algo que con mucho menor kilometraje intelectual podía ser visto. Hoy ya es historia la enorme calamidad acaecida al pueblo venezolano: millones de exilados y un país en ruinas, mientras el heredero de Chávez reina como el tirano en decadencia del Otoño del patriarca, hablando con fantasmas, escuchando a su maestro, el comandante galáctico, quien llega a visitarlo convertido en pájaro. No es muy diferente en el fondo la conducta de Vargas Llosa, cuya ceguera ilustra la sorpresa que mostró ante la crueldad de la represión gubernamental en Chile, país al que su pasión ideológica y el simplismo que la hace posible había convertido en poco menos que un paraíso latinoamericano.

En ambos, Galeano y Vargas Llosa, convive la sofisticación literaria con una profundidad de análisis apenas cutánea, quizás porque escogieron defender su lado del péndulo antes que enfrentar la compleja realidad social e histórica del poder. Extraña ironía que individuos que lograron, uno hacer un recuento de crueldades dolorosísimas (“Las venas abiertas”), el otro diseccionar el poder en una obra de ficción histórica extraordinaria (“La fiesta del chivo”) cerraran los ojos y apagaran su curiosidad ante las crueldades y abusos que ocurren en su propio tiempo, en su propia región, a manos de poderes a los que ellos rinden pleitesía.

Y esta es, más o menos, la misma conducta de gran parte de la intelectualidad latinoamericana de nuestros días. Escogido ya su lado del péndulo, recitan el dogma y buscan—lo he sugerido antes—las migas de evidencia que justifiquen el poder que defienden. Para aquellos que se acercan al paradigma de izquierda, el dogma manda a defender y racionalizar cualquier abuso de poder en Venezuela, Cuba o Nicaragua. Para quienes están más próximos del paradigma de derecha, cualquier enfoque progresista, cualquier intento de lidiar con la estratificación social opresiva heredada de la colonia, es anatema, negada no solo por representar el peligro de un movimiento pendular hacia la “izquierda”, sino porque no reconocen el peso aplastante que ciertas minorías herederas-propietarias ejercen bajo el disfraz de la libertad económica.

¿Qué hacer? ¿Cuál podría ser un enfoque más fructífero, un ángulo analítico y ético que permitiera al intelectual latinoamericano contribuir con el descubrimiento, la verdad, y el progreso de su región? Nada puede hacerse sin escoger primero entre integridad y confort. Pero quizás los intelectuales puedan hallar más fácilmente el camino bueno, el de la integridad, si encienden luces que obliguen a ver la ruta, que impidan el sueño cómodo, el descanso y refugio del autoengaño.

Desde ese punto de vista, conviene llevarlos de regreso a momentos fundadores de la era moderna, cuando convergieron actores sociales que desde la perspectiva europea incrustada en el ADN del intelectual latinoamericano serían llamados hoy en día “conservadores” --si no “enemigos de clase”-- y el impulso de lo que originalmente se denominó “izquierda”.

Vayamos al inicio de la modernidad política, al punto de inflexión histórica que le sirve de referencia: a la revolución francesa. Vamos, a pesar de que ya para entonces estaba en marcha el insólito experimento republicano de Estados Unidos, pariente o vecino pobre, en aquellos días, de las más pulidas sociedades coloniales de Iberoamérica. Veamos al estamento popular de pequeñoburgueses y artesanos, sentados a la izquierda del presidente de la Asamblea, plantar un terco “no” ante los monárquicos rancios—y ante grandes burgueses de titubeante republicanismo—que pretendían otorgar al rey un poder de veto definitivo.

Moría así el absolutismo. El impulso de Libertad ante el Poder pasaba el Rubicón.

¿No es hora ya, doscientos y treinta años después, que los intelectuales latinoamericanos hagan lo mismo? ¿Qué vean al poder como poder y no como la encarnación de un sueño, o de una ilusoria utopía? ¿Qué distingan el puño en la bruma, el rostro del carcelero tras la sonrisa del demagogo? ¿Qué abandonen la fe perezosa en los caudillos? ¿Qué acepten el reto de empezar de nuevo, de buscar las raíces, de crear su propia episteme?

Este es, después de todo, el camino que conduce a la noble rebeldía que acerca al pensamiento a todo joven inquieto. ¿No debería, el intelectual latinoamericano, recuperar su juventud?

Abrazar la rebeldía propia, celebrar la rebeldía del pueblo contra el poder, contra todo poder; combatir la docilidad; inocular a los sistemas con el virus de la insolencia, la desconfianza, y un metódico irrespeto; poner los talentos del pensador, del escritor, al servicio de la búsqueda perenne de espacio para la libertad de las personas concretas, las de hoy, de carne y hueso, no del personaje abstracto, del pueblo que tiranos redefinen a su antojo; entregar su talento al servicio de la verdad, y no del mito; alejarse, precisamente, del oficio de mitificar, tan cercano en ortografía a mistificar.

Para todo esto el intelectual necesita—es raro que no necesite—guardar distancia del poder, no solo del gobierno, sino de los grupos políticos y partidos. La cercanía a estos produce con demasiada frecuencia resultados trágicos; es corrosiva, letal para la conciencia; convierte la defensa del partido o del propio interés en corrupción.

Como en mi país, en Nicaragua, donde algunos de los intelectuales emblemáticos han construido mitos que oxigenan la desorientada nostalgia por la sangrienta década de 1980, y que es parte esencial de los escasos recursos ideológicos que le quedan a la tiranía de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

El mito, por ejemplo, que se resume en la ágil frase de Sergio Ramírez Mercado, quien fuera vicepresidente durante la primera dictadura del Frente Sandinista: “el legado de la revolución es la democracia”.

Ocho palabras que bañan de una niebla casi impenetrable la verdadera historia: que para que hubiera elecciones relativamente libres, que pusieran fin al gobierno despótico del FSLN en aquella era, tuvieron que morir en los campos de Nicaragua decenas de miles de campesinos opositores y jóvenes reclutados a la fuerza por el gobierno sandinista; que tuvo que desintegrarse un gigantesco imperio, el soviético, y colapsar su influencia a través de Asia, Europa, África, y América Latina; que otro poder imperial, el de Estados Unidos, tuvo que sentirse impelido a gastar más de mil millones de dólares para contrarrestar el avance de la influencia soviética a través de Cuba y Nicaragua; que cientos de miles de nicaragüenses tuvieron que huir al exilio, de una población que andaría apenas cerca de los tres millones.

Esto y mucho más ocurrió antes de que la primera dictadura del FSLN concluyera de manera oficial. Aún después de haber perdido las elecciones, hubo necesidad de fuerte presión diplomática para que un sorprendido sandinismo—y un más sorprendido Ortega—pasara de las lágrimas a la aceptación de un nuevo gobierno, no sin antes llevarse todo cuanto pudo del Estado, desde grandes haciendas y empresas hasta mobiliario, en la infame piñata de 1990; y no sin antes prometer—amenaza siniestra que cumplieron—que no permitirían a nadie, que no fuera ellos, gobernar: ellos, el FSLN, “gobernarían desde abajo”.

Todo esto sepultado por ocho palabras diestramente escogidas por uno de nuestros más afamados escritores.

Ocho palabras, confusión de laberinto convertida en fortaleza ante el asalto de la crítica, y quizás de la propia conciencia.

Las trampas del poder, el enemigo.