Fernando Mires - EN DEFENSA DEL ISLAM (Un extracto del lIbro EL ISLA MISMO)

 



Como ya ha sido insinuado, cada cultura reposa sobre tres pilares: la religión, la tradición y la autoridad. Dichos pilares pueden ser complementarios pues, en ordenes sociales no políticos, la autoridad es carismática, es decir, fundada en la religión. La tradición es por lo común una tradición religiosa; y la tradición a su vez se expresa en la autoridad que monopolizan los representantes de la tradición. Mas, independientemente a la complementariedad que se da entre los tres poderes culturales nombrados, existe la tendencia inevitable, precisamente porque son poderes, a que los unos tiendan a controlar a los otros. Así se da el caso de que cuando los islamistas usufructúan del poder, han intentado legitimar dicho poder de acuerdo a una tradición religiosa, sellando, para el efecto, una alianza con los sectores fundamentalistas quienes suponen ser los representantes genuinos de la tradición. Porque independientemente de las diferencias especificadas entre fundamentalistas e islamistas, éstas tienden a desaparecer cuando el poder es controlado por uno de ellos, de modo que en el uso del poder el islamismo se vuelve fundamentalista, y el fundamentalismo islamista.

En Afganistán por ejemplo, la casta de los talibanes destruyó la tradición religiosa de ese país en nombre de una tradición que ellos mismos inventaron y que con la letra del Corán tenía que ver tanto como la Inquisición europea con la palabra del Cristo redentor. En Irán, los fundamentalistas se hicieron del poder, y desde allí comenzaron a ejercer monopolio sobre la tradición cultural de la nación. En Arabia Saudita, los piadosos petroleros han creado un sistema de dominación patriarcal que, pese a ciertos pasajes lesivos a la integridad femenina que contiene el Corán, no pueden ser avalados por ninguna teología islámica. Como ya se dijo, tanto islamistas como fundamentalistas carecen de espiritualidad. Su religión es una religión de las formas. Incapaces de unir a la religión con el ser humano, fundamentalistas e islamistas la unen con la burocracia estatal. En eso no se diferencian demasiado de los totalitarismos ideológicos que surgieron en Occidente. Es por eso que frente a la usurpación del poder religioso de parte de castas burocrática-clericales, se han levantado valientes voces islámicas. Una de esas voces es, sin dudas, la del historiador iraní Haschem Aghadscheri

A nosotros nos hace falta un humanismo islámico”, escribió Haschem Aghadscheri. Y en términos que recuerdan las iracundas palabras de Martín Lutero contra Roma, agregó: “Nosotros los musulmanes no necesitamos ningún intermediario para entender a las Sagradas Escrituras. Dios y su Profeta hablaron directamente al pueblo. No necesitamos acudir al clero. Cada uno es su propio sacerdote”.

Naturalmente, Aghadscheri se dirige en contra de la casta sacerdotal persa, y a primera vista parece que defiende la posición sunita que niega las jerarquías sacerdotales. No obstante, cuando los islamistas radicales sunitas alcanzan el poder ellos mismos se erigen como representantes absolutos del Islam, convirtiéndose en una suerte de clero informal. Los sunitas radicales en el poder se autorepresentan como los únicos interpretes legítimos de la voz de Dios, convirtiendo cualquiera otra interpretación que no sea la de ellos, en disidencia. De este modo se produce la simbiosis entre Dios, el poder y sus intérpretes; una especie de santísima trinidad al estilo islamista y que es propia tanto a los consejos teológicos del sunismo como a las casi faraónicas castas de los ayatolás chiítas.

El uso ilícito de la interpretación de los textos que realizan los fundamentalistas de Irán, se demuestra, según el historiador Haschem Aghadscheri, en el hecho de que muchas veces adoran lo que ayer condenan. Cuando, por ejemplo, la ducha y el lavabo fueron introducidos en Irán, muchos clérigos protestaron porque tales artefactos obstaculizaban las formas ritualizadas de lavado personal. Pero hoy, según Aghadscheri, no protestan cuando viajan en los autos de marcas más lujosas. Es decir, argumenta Aghadscheri “ellos hacen concesiones sólo cuando los progresos occidentales les son útiles a sus personas”.

Es por eso que en la opinión de Aghadscheri, la tradición, al ser sólo “la suma de la experiencia y de los pensamientos de generaciones antiguas no puede ser sacralizada”.

Eso es, desde su punto de vista teológico, blasfemia.

Por supuesto, afirma Aghadscheri, el Corán debe ser interpretado; pero esa interpretación no puede ser monopolio exclusivo de una clase dominante sacerdotal. Y si ellos, los sacerdotes, tienen el derecho a interpretar el texto, cada uno debe tener el mismo derecho a hacerlo. “Así como cada ser humano durante el tiempo en que surgió el Islam podía comunicarse con los Profetas, nosotros tenemos hoy día el mismo derecho”. No existe por tanto una sola interpretación del Islam, pues toda interpretación, aún la del más sabio de los teólogos es, por ser interpretación, subjetiva. Escribió Aghadscheri: “Si un estudiante lee el Corán de acuerdo a un método científico, llegará a entender cosas que ningún caudillo religioso que presuma de tonelada de conocimientos secretos, puede llegar a entender alguna vez en su vida”.

Los argumentos de Haschem Aghadscheri recuerdan inevitablemente a los de los primeros disidentes que surgieron frente a las castas burocráticas que regían en los países regulados ideológicamente por el marxismo soviético las que se habían erigido en guardianes de la palabra de Marx, no admitiendo ningún otro marxismo que no coincidiera con las interpretaciones que venían del poder establecido. Incluso en la habilidad argumentativa que hace gala Aghadscheri podemos encontrar paralelos. Del mismo modo como las burocracias que despotricaban retóricamente en contra del capitalismo habían radicalizado las formas de explotación capitalista en sus países –así argumentaban las disidencias antisoviéticas– en las palabras de disidentes teológicos como Aghadscheri los sacerdotes chiítas ocultan detrás de su antioccidentalismo retórico nada menos que una imitación a la propia Iglesia Católica de Occidente “Sí, la jerarquía chiíta es una imitación de la Iglesia Católica. Obispos, cardenales, clérigos, etc. Entre nosotros hay similares jerarquías, con el gran ayatolá a la cabeza. Más abajo le siguen otros ayatolá, los Hodschattoleslam, Sagaht al Islam, y yo no sé que otras cosas más en nombre del Islam.

Haschem Aghadscheri, como otros teólogos del Islam, protestan abiertamente en contra de la usurpación de la religión por la tradición y por las castas autodenominadas tradicionalistas. Su objetivo, en consecuencias, es liberar al Corán de las manos de los monjes tradicionalistas y/o fundamentalistas y crear las condiciones para que cada creyente pueda establecer una comunicación verdaderamente religiosa con Dios. “Porque los humanos no son como los monos que solamente imitan. (....) El objetivo de un maestro del Islam debe ser enseñar lo que sabe para que un día el alumno no necesite más del maestro. Los fundamentalistas en cambio persiguen una relación de amo y vasallo. El amo será siempre amo, y el vasallo siempre vasallo. Eso es esclavitud espiritual (...). El clero en Irán quiere el poder total”.

La liberación del Islam de las manos del clero totalitario llevará a la liberación de la sociedad respecto a ese clero. Así tendrá lugar una humanización del Islam y por lo mismo, una convivencia tolerante con otras religiones y creencias de este mundo porque “El humano es humano independientemente a su religión, aunque no sea musulmán, ni persa. También los turcos, los kurdos y los luren tienen derechos que les son inalienables”.

Debido a esas y otras opiniones, el totalitarismo clerical persa ha condenado a muerte al historiador Haschem Aghadscheri.

........

Haschem Aghadscheri no es un personaje aislado dentro de la tradición teológica esclarecida del Islam. Más bien debe ser considerado como uno de los últimos representantes de una línea interpretativa que intenta conferir un sentido teo-lógico y no teo-crático a la religión islámica. En cierto modo, Aghadscheri continúa la tradición que inauguró en el espació sunita Ali Abdederraziq (1888- 1966) quien en su libro El Islam y los fundamentos del Poder cuestiona la tesis relativa a que Mahoma habría sido iniciador de un régimen teocrático terrenal.

Según Abdederraziq, el califato, al que los islamistas conciben como una forma divina de organización del poder, corresponde más bien a la organización micro-estatal, más bien tribal que imperaba en la época de Mahoma, y no un mandato del Corán ni de la Sunna a sus súbditos, lo que parece ser evidente, pues ni de la lectura del Corán ni de la Sunna puede deducirse ninguna sacralización ni del califato ni de ninguna otra forma o modo de poder o gobierno terrenal. La autoridad del profeta Mahoma es para Ali Abdederraziq muy similar a la de Jesús Cristo, a quien también el Islam considera como uno de sus profetas, es decir, un representante de Dios sobre la tierra. En la misma tradición teológica de Haschem Abdederraziq se encuentran teólogos como Mamad Ahmad Jalafalla y Ahmad Kamal Abu Al Majd, quienes desarrollan una teoría relativa a la residencia del poder de Dios en el pueblo, y no en autoridades transitorias, como son las umma sunita y el sacerdocio de los chiítas.

Quizás porque Egipto ha sido la cuna del fundamentalismo islamista representado por Qutb es porque ahí se ha desarrollado más y mejor que en ningún otro país islámico la posición contraria: una teología esclarecida cuyo objetivo es deneurotizar al Islam liberándolo de sus ataduras político-estatales, reducir su potestad al plano religioso y arrebatarlo de las manos de intérpretes oficiales. La idea de despolitizar la religión va por supuesto unida con la de crear un espacio donde lo político se explique por sí mismo y no por reglas que fueron instauradas muchos siglos atrás. La politización del espacio no religioso implica a la vez una re-teologización de la teología. Mamad Said al Asmawi, por ejemplo, postulaba la tesis, abiertamente dirigida en contra de la teología de Qutb, de que la idea relativa a que la soberanía política viene de Dios es esencialmente una creencia pagana pre-islámica incrustada en la noción religiosa islámica. Es, dice Said al Asmawi, una herencia de aquellos tiempos donde a través de los faraones el poder terrenal y el religioso se encontraban unidos en una sola persona. Invirtiendo la tesis fundamentalista que deduce de la frase del Corán relativa a que “el ser humano no debe obedecer a ningún otro poder que no sea el de Dios” al Asmawi deduce que ahí precisamente se afirma la tesis de que en materias religiosas el ser humano no puede estar sometido a autoridades que por alguna u otra razón imaginan que son los interpretes de Dios sobre la tierra.

En continuidad con la tradición esclarecida de una importante fracción de la teología egipcia, destaca sin dudas el nombre de Farag Boda, quien antes de dedicarse a los estudios teológicos fue ingeniero agrónomo, y después parlamentario. Su primera protesta religiosa fue levantada en los años ochenta, cuando el gobierno militar-islamista de Sudán ordenó la reislamización forzada del país. Después que una secta islamista reconociera públicamente el asesinato del Presidente Sadat, Farag Boda planteó abiertamente que el Islam debería ser separado del Estado. Incapaces de acallarlo, las sectas islamistas procedieron a asesinarlo el 8.6. de 1992.

El espacio político originado en Occidente a partir de la reforma, pasando por la Ilustración, hasta alcanzar la secularización, sólo fue posible gracias a la existencia de teólogos y filósofos esclarecidos, muchos de los cuales, tal como ocurre hoy día en el mundo islámico, pagaron con sus vidas la lucha por la libertad y por la democracia. Esos teólogos, siguen luchando por la libertad es sus países.