Fernando Mires – ALBERTO ROJAS JIMÉNEZ, una introducción





Me pasé la noche de ayer en eso. Siempre lo había tenido presente, pero por razones circunstanciales lo tuve esta vez más presente. Ese nombre había llegado a ser para mí, y para muy pocos -no sé si algunos de ellos todavía viven– un mito. Digamos más bien, un mini-mito.

Tampoco sé si para quienes se ocupan del mundo literario chileno el nombre de Alberto Rojas Jiménez sigue siendo un mito. Quizás no. En nuestros tiempos del Pedagógico todavía pervivían algunos testimonios de quienes lo habían conocido en persona. Como ese viejo poeta (o poeta viejo) que se nos acercó a la mesa donde compartíamos en el Black and White, bar barato donde nos juntábamos a hablar de fútbol, minas, versos y, por supuesto, de la cuestión social. El bar estaba situado frente, si mal no recuerdo, a un cine que tenía un nombre ridículo: Club de Señoras, el que por contraste daba a conocer muy buenas películas francesas (Godard, Truffaut entre otros).

“Llenénme este vaso”, exigió el viejo. “Yo conocí a Alberto Rojas Jiménez, pues de él estaban hablando ustedes. ¿O no?” Luego se presentó. A uno de nosotros el nombre del viejo le resultó conocido. Él era uno de esos cientos de poetas que publicaban en esas revistas de poesía que desaparecían antes de que aparecieran.

“Yo lo conocí en persona” – reiteró-. “Se lo pasaba tomando, igual que ustedes. Pero él era un genio, no como ustedes. Nunca hubo en Chile un poeta más grande”. “¿Y Neruda?” Preguntamos casi a coro. “Eran muy amigos”- respondió. “Pablo lo admiraba y en cierto modo lo seguía. Alberto en cambio no admiraba a nadie, a Pablo tampoco. Pero era muy gracioso, tenía mucho humor”. Entonces nos contó una anécdota que después escuché varias veces pero nunca con la gracia y la mímica del poeta viejo. “Fue allí por los años treinta. Por esos días pasó por Santiago de Chile, Werner Heisenberg, el filósofo de la física cuántica. Lo invitaron a dar una conferencia. Un acontecimiento nacional. En el Aula Magna de la Universidad de Chile no cabía un alfiler. La conferencia fue en alemán con traducción simultánea. Llegando a un punto, Heisenberg dijo. “Nadie conoce la esencia del átomo” y luego preguntó: “¿hay alguno de ustedes que conozca la esencia del átomo”?

En ese justo momento venía entrando al aula Alberto Rojas Jiménez, envuelto en una capa (al igual que Neruda usaba una capa), y más borracho que una cuba, dijo: “Yo conozco la esencia del átomo”. Heisenberg preguntó: “¿Cuál es?” Rojas Jiménez contestó: EL PICO (el pene, para los no chilenos). Se armó la batahola del “paquetecuento”. La mitad quería expulsar a Alberto del salón, la otra mitad lo defendía. Y hasta ahí no más llegó la conferencia de Heisenberg.

“Alberto era loco. Pero era un loco lindo. Todos lo queríamos. Era el rey de las noches de Santiago”. “¿Y sus poemas, qué se hicieron?” Preguntamos. “Los que escribía los hacía pedazos”- nos dijo. “Le gustaba recitar poemas espontáneos. De pronto se paraba en medio de la calle y recitaba un poema suyo que al rato olvidaba. Tenía una teoría: la de que todo lo escrito es falso. Los poemas de verdad, decía, vienen del alma, no de las manos”. Yo pregunté tímidamente: “¿un poeta socrático?” El poeta viejo me dio una palmada en la espalda y me dijo, la pegaste cabro, te ganaste el Nobel, sírvanle otra botella a la cuenta de ustedes”. En ese momento pensé, pero no lo dije: “¿No habrá sido Neruda el Platón de Sócrates Rojas Jiménez? “Pero algo escribió”, continuó el viejo. “No sé qué se habrán hecho sus papeles. No se ha encontrado ninguno”.

Otro genio del que no sabemos nada, pensé. El mundo pre-televisivo nos dejó pocos testimonios visuales. Nunca sabremos como tocaba el piano ese hombre de los dedos mágicos llamado Franz Liszt, o como vibraba el violín endiablado de Paganini, o los tonos que alcanzaba la voz del gran Caruso. Pasa también con algunos futbolistas convertidos en leyendas. De Sandor Kocsis, el gran mediocampista húngaro, solo queda una película borrosa. De José Manuel Moreno, de quien los argentinos dicen que era mejor que Maradona y Messi juntos, no quedó casi nada. Lo mismo con el brasileño Zizinho del que cuentan que movía el balón con los ojos. Son solo nombres, agrandados por la imaginación, pero sin testimonio visual ni auditivo.

¿Alberto Rojas Jimenez, el poeta que no escribía poemas fue un caso parecido? Efectivamente, así es. O así era. Hasta ayer en la noche. Pues gracias a la internet he recibido una gran noticia. Buscando por enésima vez algún verso del poeta, encontré un poema largo, larguísimo para mi gusto, firmado con el nombre Alberto Rojas Jimenez, publicado en un blog chileno de nombre sicodélico: Batiscafarojo. El poema lleva un sugestivo título: Carta-Puerto

Lo leí, lo leí, lo volví a leer. Versos asombrosamente bien logrados, imágenes hechizantes, poesía mayúscula, sin duda. Pero había algo que no funcaba. El poema cambiaba a cada cierto rato: de escenarios, de métrica, de ritmo incluso. Entonces me cayó la chaucha. Lo más probable es que Alberto Rojas Jiménez hubiera escrito varios poemas en uno solo, anudados todos bajo un solo título: Carta-Puerto. Me di entonces a la tarea de separar al poema en diversos fragmentos temáticos. Y sí, efectivamente, ahora creo que se trataba de una colección de poemas. Y aunque el poeta no lo hubiera así concebido, eso era.

Los leí de nuevo con cuidado, uno tras de otro. Ahí me pasó algo inesperado. Mientras los leía, sentí la voz de Neruda. Todos esos poemas, unos más otros menos, llevaban consigo el tono, el sesgo, el cariz -la verdad, no sé como decirlo– de Pablo Neruda. En esos poemas estaba la presencia de Neruda, su querido amigo de la calle Maruri. Pero los poemas, de modo inobjetable, son de Alberto Rojas Jiménez. ¿Qué es lo que quiero decir? Simplemente de que no se trata de una imitación de Rojas Jiménez a Neruda, ni mucho menos de Neruda a Rojas Jiménez. Lo que veo, más bien, es una compenetración intensa entre dos almas poéticas. Dos poetas diferentes que escribían bajo el influjo de un mismo espíritu. Lo prueba el hecho de que en Neruda continuó viviendo el espíritu de Rojas Jiménez. ¿No es ese acaso el principio de la inmortalidad de las almas? ¿Uno mismo viviendo en otros más allá de la muerte? Suele suceder ¿quién no ha encontrado en Mozart un tono, un tema, un ritmo de Haydn, o al revés? ¿Quién puede desconocer que en la legendaria Inconclusa de Schubert no se encuentra vivo el espíritu de Beethoven? ¿Quién puede negar que en Brahms vive Beethoven, aunque sea de otro modo muy distinto?

Cuando Neruda escribió su sentido poema Alberto Rojas Jimenez viene volando fue literal. Alberto siguió volando junto a Pablo, Pablo siguió volando junto a Alberto. En la realidad eran amigos. En la poesía en cambio, eran hermanos. Podríamos decir, siguiendo un tanto a Heidegger, que en esos dos seres vivía el mismo ser, el ser de la poesía, ser que además es otra parte de otro ser al que no llegaremos nunca: el Ser del ser.

La presente edición de POLIS está dedicada a la memoria de Alberto Rojas Jiménez. Además de esta introducción, he publicado el poema Carta- Puerto, dividido por mí, creo que de modo no arbitrario, en trece poemas o fragmentos poéticos. A continuación incluyo una suerte de versión oficial sobre la persona de Alberto Rojas Jiménez, la de Memoria Chilena Digital, dependiente del gobierno de Chile. A ese texto lo sigue un interesante artículo escrito por Arturo Flores Pinochet, donde nos son narrados aspectos importantes de la bohemia santiaguina de los años veinte del pasado siglo, así como algunos detalles de la vida y de la trágica muerte del joven poeta.

Y para finalizar –no podía ser de otra manera– el bellísimo poema de Pablo Neruda, Alberto Rojas Jiménez viene volando.