Fernando Mires - HISTORIA DE UN AMOR



Intérprete: Lucho Gatica. Autor: Carlos Almarán

Ya no estás más a mi lado, corazón / En el alma solo tengo soledad/ y si ya no puedo verte /porque Dios me hizo quererte/ para hacerme sufrir más/ Siempre fuiste la razón de mi existir/ Adorarte para mi fue religión/ Y en tus besos yo encontraba/ el calor que me brindabas/ el amor y la pasión/ Es la historia de un amor/ Como no hay otra igual/ Que me hizo comprender/ Todo el Bien todo el Mal/ Que le dio luz a mi vida/ apagándola después/ Ay, que vida tan oscura/ Sin tu amor no viviré.
Es la historia de un amor.
Uno de los tantos poemas que nos ha dejado la voz sentimental y al mismo tiempo tan potente de Lucho Gatica.
Lucho Gatica de Rancagua, voz de los ricos vinos al igual que los de la Toscana de los grandes tenores, no necesitaba cantar sólo con la voz de la garganta. La voz simple del sentimiento que no sólo se oye sino, además, se escucha, que es la voz del corazón y que es la que nos dieron para decir aquello que nos cuesta tanto expresar hablando, sobre todo si se trata de narrar la historia de un amor; que es única, como la de cualquier amor.
Pero la voz de Lucho Gatica no la escucharon primero las dueñas de casas. La cantaron, quizás antes que él, las empleadas de las casas santiaguinas; las que más soñaron; las que más sufrieron; las que más amaron, ya sea al vendedor de periódicos, o al lechero, o al carretonero, o al vendedor de “papas”, o al cartero, o al “maestro” ambulante, o al carabinero.
Los chilenos nunca entendieron la voz genial que tenían en Lucho Gatica. Pero en otros países, como suele ocurrir, sí. Lucho Gatica era el profeta que no fue en su tierra: el cantante profeta del amor. Lo era para las mexicanas descalzas que lo escuchaban mientras vendían peinetas y pañuelos en la calle. Para las guatemaltecas que vendían alfombras de mil colores. Para las cubanas que aún sueñan amores imposibles en sus melancólicas calles sin destino ni fe. Para las colombianas y venezolanas que cimbran cinturas en medio de profundas tragedias. Para las hondureñas encerradas en sus casas esperando el próximo huracán que arrasará con todo otra vez. Para las peruanas que tanta paciencia tienen, y para las bolivianas que asumen tanta tristeza, Lucho era y es su Lucho. Lucho Gatica, con su voz de violín confuso, misteriosa en su pureza, oscura y clara cuando quiere la ocasión, cantaba a lo que no se tiene, a lo que cuando tenemos no queremos, a lo que cuando queremos deseamos tener, al amor de todos los tiempos, al que nos vuelve locos y tan humanos a la vez. Lucho Gatica sigue cantando. Aunque él no más cante al amor, cosa tan simple, con su voz de pájaro extraviado, como todo amor lo es.
Es la historia de un amor, como no hay otra igual.
Escribió una vez Hannah Arendt en sus “diarios” que el amor es un acontecimiento que puede llegar a ser una historia. (Arendt, 2002, tomo 1, p. 49) Eso quiere decir que cada amor es el resultado inequívoco de un “encuentro” -dicho en el sentido de Buber (1960) que también es el de Arendt-. Ahora, si es un encuentro, el nacimiento de un amor es un hecho sujeto a simple contingencia. Nadie lo ha programado, ni causalizado, ni planificado, a menos que supongamos –suposición absolutamente indemostrable- que todo lo que nos ocurre sea consecuencia de un Plan del cual somos ejecutores, o de una lógica casi hegeliana de la historia, situada más allá de toda experiencia. Eso significa que las historias de amor no son parecidas ni a las historias “científicas” ni a las historias “sagradas”.
Sin ánimo de entrar a partir de este comentario bolérico en ese tema tan árido que es el de la “teoría de la historia”, es necesario afirmar que las historias científicas y las sagradas tienen algo en común: la ausencia de la casualidad y la presencia a veces omnipotente de la determinación.
De acuerdo al canon de las historias científicas, los hechos históricos son consecuencias de determinaciones suprahistóricas, como la dialéctica, el desarrollo económico, la cultura o el carácter de los pueblos, etc. De acuerdo al canon de las historias sagradas, los hechos históricos se encuentran determinados por una voluntad superior que es, obvio, la de Dios. No obstante, tanto la una como la otra, han debido reconocer, tarde o temprano, que la determinación nunca podrá ser absoluta sino relativa.
En el caso de la historia científica sus representantes están de acuerdo en aceptar que los hechos históricos alcanzan en su desarrollo cierta autonomía que escapa a toda pre-destinación. En el caso de la historia sagrada ya hay muchos teólogos que adoptan la tesis cristiana relativa al libre albedrío, entendiéndose así la historia a partir de un juego que se conjuga entre el providencialismo, por un lado, y la libertad que regaló Dios al humano, por otro.
Ahora bien, si hay historias en donde el principio de indeterminación es absolutamente absoluto, estas son las historias de amor. El amor, aunque así no lo parezca, no es metafísico. Siempre ocurre en el “más acá”. Por eso tiene razón Lucho Gatica cuando afirma que su historia no es igual a ninguna. Y con ello nos está diciendo que las contingencias no tienden a repetirse. Si una contingencia se repite con cierta regularidad, deja de ser contingencia y se transforma en regla, norma o, incluso, en una ley.
No obstante, la “historia de un amor” es un bolero contradictorio. Por un lado, al constatar la unicidad propia a cada relación amorosa, su texto afirma rotundamente el principio de contingencia. Pero a renglón seguido afirma uno de los principios más determinantes que es posible imaginar, anulando todo asomo de libertad, incluso en la escogencia de un objeto de amor. Pues, no él, Gatica, amó a la mujer sino Dios fue quien decidió que él la quisiera. ¿Para qué? La respuesta es insólita: nada menos que “para hacerlo sufrir más”.
Pero ¿qué interés puede tener el buen Dios en hacer sufrir? Algo malo tiene que haber hecho el hombre para que Dios quiera castigarlo y nada menos que –de acuerdo a toda teología- con el medio que nos ha dado para salvarnos: el amor. La razón de tal castigo la encontramos avanzando en el texto, cuando el cantante afirma, no frente a Dios sino frente a la imagen de su mujer perdida: “Adorarte para mí fue religión. Más aún, gracias a esa religión, él lo dice, ha sido descubierta la diferencia entre el Bien y el Mal. Eso significa que Gatica ha incurrido en uno de los pecados más grandes que es posible imaginar en un creyente: la idolatría.
Interesantísimo: este bolero es una verdadera pieza onírica. Su lógica, si es que la tiene, hay que recomponerla a partir de un procedimiento deconstructivo, así como sugiere hacerlo Saussure con los textos literarios o Lacan con las personas. A veces pienso que para entender el sentido de algunos boleros hay que seguir previamente un curso de hermeneútica. Los boleros son papiros en donde se encuentran transcritas las alucinaciones más erráticas del alma humana.
El problema de Lucho Gatica, así como el de muchos humanos, es haber convertido, como él mismo afirma, el amor a un(a) mortal en religión. Eso es precisamente lo que no debe ser el amor. Así resulta evidente que la amada lo ha abandonado porque ninguna persona puede soportar el peso de ser objeto de adoración. En el amor buscamos cariño, reconocimiento, comprensión, calor, placer, y muchas otras cosas más, pero no adoración. Desde el punto de vista teológico cada cuerpo puede ser un templo para la divinidad, mas no para otra persona. De este modo, no resulta extraño que la amada de Gatica haya decidido abandonarlo. Ella no podía aceptar el calvario de la idolatría. Los ídolos son de oro o de barro; no de sangre, huesos, y carne, como somos nosotros. El amor idolátrico entre humanos está condenado al fracaso antes de comenzar y por eso esta historia de amor es, como ocurre en tantos boleros, la historia de un fracaso.
La idolatrización de un prójimo aparece “a primera vista” como la expresión de absoluta entrega de un sujeto a la otra persona. Y si así fuera, ésa sería una razón para que tal amor no lo aceptara nadie. Quien se entrega totalmente a alguien o a algo, deja de ser sí mismo y nadie puede amar a alguien que no es un “sí mismo”. La mismisidad del otro es una de las condiciones del amor.
No obstante, he escrito que la entrega de un prójimo al otro es sólo “a primera vista” una generosa ofrenda. En verdad, cada intención de idolatría amorosa o cada intento de convertir una relación interpersonal en una religión, delata un sentimiento de profunda autoidolatría. La idea no es mía. Viene de la antropología filosófica de René Girard (1999).
Según Girard, frente al altar del prójimo, aquello que festejamos es la supuesta intensidad de nuestro sentimiento. Ese es, nótese, el otro sentido de la frase “Como no hay otro igual”. “Como no hay otro igual” quiere decir, además, “nadie es capaz de amar como amo yo”. “Miradme, admiradme, contemplad cuán maravilloso soy, nada menos que el representante de una capacidad de amor que nadie más posee”. O como dice Girard: El “portador de la cosa infinita”.(Ibíd., p.61) “Si te amo como a una diosa, es porque mi amor es divino. Yo tengo tanto poder, que mi amor a ti te ha convertido en diosa”. Esa es la razón por la que Lucho Gatica no puede entender por qué su amante lo ha abandonado y culpa nada menos que a Dios de tamaña fatalidad. El amor infinito, divino, religioso, del cual Lucho Gatica imagina ser portador, sigue incólume. Quien se ha equivocado es Dios. Ni Dios se salva del amor omnipotente que predica Gatica.
Lucho Gatica ha olvidado algo muy elemental: el amor humano puede ser en algunos casos, incondicional. Nunca, en cambio, podrá ser infinito. Y no puede serlo debido a una condición. Esa condición es: “la condición humana”.


Referencias:
Arendt, H. Denktagebuch, 1950-1973, Tomo 1, Piper, München 2002.
Buber, M. Begegnungen, Kohlhammer, Stuttgart 1960.
Girard, R. Je vois Satan tomber comme l`éclair, Grasset & Fasquelle, Paris 1999.


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