Fernando Mires - DOS ALMAS



Dos Almas
Intérprete: Leo Marini. Autor: Alberto  Domínguez
Dos almas que en el mundo/ había unido Dios/ dos almas que se amaban/ eso éramos tú y yo/ Por la sangrante herida/ de nuestro inmenso amor/ nos dábamos la vida /como jamás se dio/ Un día en el camino/ que cruzaba nuestras almas/ surgió una sombra de odio/ que nos apartó a los dos/ Y desde aquel instante/ mejor fuera morir/ ni cerca ni distante / podemos ya vivir

Aristóteles definió el amor como “dos cuerpos en una sola alma”, esto es, dos seres en uno: un Somos. La definición supone, por una parte, la autonomía de los cuerpos y por otra, la unidad de las almas. En ese sentido ni el amor más sublime nos salva de la contradicción de la que todos somos portadores: la que se da entre los anhelos del cuerpo y los del alma. Por cierto, existe la unión de los cuerpos aunque ésta era para Aristóteles, fortuita (accidental). A la vez, sin la presencia de los cuerpos no podría haber unión de dos almas en una. Un cuerpo atrae a otro cuerpo y a través de la cercanía dos almas permanecen unidas en una sola alma. Pero además, dos almas pueden permanecer unidas aún si dos cuerpos permanecen separados y en ese sentido la definición de Aristóteles es impecable. Pero eso significa que la integración de dos en el amor nunca será definitiva y total. No queda más alternativa, a veces, que estar “contigo en la distancia”, de acuerdo a la proposición metafísica de otro gran bolero.
Sin el cuerpo no hay unión de las almas pero debido al cuerpo la unión entre el tú y el yo no será completa. Si dos cuerpos permanecieran siempre unidos no habría ni tú ni yo y luego tampoco habría amor porque el amor, si es que no estamos hablando de la locura narcisista, siempre será entre un tú y un yo. Entre el tú y el yo se encuentra la presencia de dos cuerpos que para existir reclaman la separación del uno respecto del otro. Esa fue la razón que llevó a decir a Hegel que el amor para que se consume totalmente requiere de la presencia de un tercer cuerpo, en este caso, la del hijo (1988, p.176). El hijo, de acuerdo a la dialéctica hegeliana, representaría la continuación unificada de la fusión ocasional de dos cuerpos, o lo que es similar: el momento de síntesis que ha surgido de la antítesis corpórea, la negación de la afirmación y la negación de la negación (Ibíd., p.127). En el amor que siente la pareja a esa síntesis de dos cuerpos que es el hijo, se encuentran dos almas y dos cuerpos a la vez. Pero no es ese el amor al que se refiere Leo Marini, sino al amor entre dos almas y dos cuerpos sometidos al ser dos, a la diferencia, a la agonía y a la contradicción. O mejor dicho, Marini se refiere exclusivamente al momento de encuentro entre dos almas que es aquel que da inicio a una relación de amor.
Siguiendo la línea aristotélica, dos almas antes de llegar a ser una sola necesitan ser, lógico, dos almas. Porque efectivamente, que dos almas se encuentren no significa que vayan a constituir siempre una sola. La unidad corre el riesgo de fallar en cualquier momento, sobre todo si se tiene en cuenta que al permanecer los cuerpos separados puede suceder que uno de esos cuerpos reclame la devolución de la parte de alma que le corresponde y la lleve consigo a otro lugar. Y si las almas han estado muy unidas, puede también suceder que, al ser separadas, una arranque jirones a la otra dejándonos con el “corazón partío” (como dice la canción de Alejandro Sanz).
Nadie sabe cuántos jirones arrancados de las almas de los otros cuelgan en el alma de cada uno. De ahí que el amor y la separación sean elementos constitutivos de toda tragedia. El amor es esencialmente trágico pues tarde o temprano terminará con la separación de los cuerpos, incluyendo la más dolorosa, que es cuando un cuerpo avanza hacia la muerte dejando al otro con el alma destrozada. Así nos explicamos porque Leo Marini nos canta acerca de “la sangrante herida de nuestro inmenso amor”.
Entre dos seres que se aman, justamente porque son dos, hay un hueco, un espacio, una “herida”. La paradoja es que sin esa “sangrante herida” el amor no sería posible. A través de esa herida “nos damos el amor”. El amor es transfusión cuya simbología es la sangre y cuya realidad es el alma. En virtud de esa transfusión, dos almas pueden llegar a confundirse entre sí hasta llegar a ser (o parecer), en algunos casos -y a eso se refiere Aristóteles- una sola. No obstante, como hay dos cuerpos, la herida (la diferencia) permanece y a veces llega hasta el alma, anunciándose como una leve sombra de odio en medio de la luz del amor.
Nótese como de un modo altamente inteligente este bolero invierte de modo radical la alegoría de la caverna platónica. El amor, en este caso, es una caverna iluminada en la que desde lejos, a través de una sombra distante, se deja adivinar la oscuridad total que viene de la muerte que es, a la vez, el odio al amor. Esa oscuridad, al estar anunciada en el destino de cada uno, nos atrae como sólo la noche sabe atraer a sus amantes. Mientras en Platón la unidad metafísica está constituida por la presencia inalcanzable de la luz, en Marini la metafísica aparece nada menos que en el fondo oscuro de la caverna luminosa.
En el cruce del camino (que es la herida sangrante) que lleva a la luz del amor, en ese espacio no cerrado que existe entre tú y yo, penetran sombras oscuras que cada cierto tiempo, como las nubes negras que se avecinan en los días más radiantes, opacan la luz del sol, la del amor. Y si ese espacio abierto es muy grande, las sombras pueden borrar definitivamente la luz. En cada relación de amor, hasta en las más virtuosas y sublimes, ocurren cada cierto tiempo eclipses. La sombra es, entonces, la negación del amor. Y la negación más radical del amor no es el desamor sino, en la buena expresión de Marini, el odio.
¿Por qué el odio y no el simple olvido, o lo que es peor, indiferencia?
Leo Marini nos está hablando de un gran amor, no de un encuentro cualquiera. Cuando un gran amor muere no hay lugar ni para el olvido ni para la indiferencia. La muerte o el fin de un amor produce un gran dolor en las almas y, a veces, en el propio cuerpo. Cuando un amor se nos va no quedamos vacíos sino llenos de dolor y ese dolor tiene necesariamente que transformarse en un sentimiento frente a quien lo ha causado. Ese sentimiento puede llegar al odio, que es simplemente amor invertido. El odio es un modo de ser fiel al amor perdido o traicionero. De ahí que tantas veces se ha dicho que amor y odio son términos equivalentes. Mientras más grande o intenso es el amor que se va, más grande será el dolor sentido y mayor, por lo mismo, será la posibilidad del odio hacia el cuerpo que nos robó el alma. Ahora, siendo o estando el amor amenazado por su muerte, y siempre lo está, las sombras del odio se hacen presentes para recordarnos al menos cuán importante debe ser para cada uno la luz. Sin esas sombras no distinguiríamos la luz.
Sólo si sabemos lo que es el mal podemos saber lo que es el bien. Nietzsche tenía cierta razón cuando afirmaba: “Todo bien es una transformación de un mal. Cada Dios tiene como padre a un Demonio” (1983d). Y el odio es al amor, lo que el mal al bien. “El odio precede al amor”, escribió una vez Freud (1995). El odio es el mal del amor, que es nuestro bien. El mal, dicen las teologías vigentes, no es una criatura diferente al bien, de la misma manera que la descomposición de una planta no es algo diferente a la planta sino un simple morir de la planta (Ratzinger 2005). El mal es la corrosión del bien. El mal definitivo es la muerte que triunfa sobre la vida. El mal definitivo del amor es la muerte del amor. Las sombras de odio que nos canta Marini no son las del simple desamor sino las de la muerte del amor. Si la sombra que aparece crece, el amor será envuelto en las sombras del odio, hasta que llega un momento en que “ni cerca ni distante podemos ya vivir”. Y, como suele suceder, el odio a quien nos desgarra el alma, de puro amor al otro puede llegar a ser convertido en odio hacia sí mismo. “Y desde aquel instante”, nos dice Leo Marini: “mejor fuera morir”. ¡Y con cuánta razón!
Podemos soportar el odio de los demás, quizás. El odio a nosotros mismos, jamás.

Referencias
Freud, S. Die Verneigung, Frankfort 1995
Hegel, G.W.F. Phänomelogie des Geistes, Hamburgo 1988
Nietzsche, F. Prinzip für einer neuen Wertsetzung, Obras, tomo 2, Salzburgo 1983
Ratzinger, J. Gott und die Welt, Münich 2005

Para escuchar a Leo Marini junto a la Sonora Matancera cantando DOS ALMAS pulsar

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