Fernando Mires - LA SOMBRA


No recuerdo en estos momentos el nombre del autor de esa columna en El País. Debí haberlo anotado, pero no creí que el tema me iba a ocupar. El autor se refería a algo que para mí, en todo caso, no era nuevo: la permanente recurrencia de los políticos españoles a descalificarse mutuamente haciendo uso de referencias al periodo de Franco. En tan poco loable tarea, Pablo Iglesias y quienes lo secundan se han sacado los zapatos. Las veces que ha tildado a Rajoy de franquista e incluso de ser (un nuevo) Franco son ya incontables.
En medio de la crisis provocada por los independentistas catalanes, uno de los nombres más populares ha sido el de El Generalísimo. Para cualquier observador al margen de la maraña hispana, no solo un despropósito. Más bien una prueba o síntoma de que los españoles -hablo en general- no las tienen todas consigo cuando se trata del pasado. Franco y el franquismo, para muchos de ellos, no son todavía parte del pasado. El nombre de Franco se extiende con porfía sobre el presente, como si fuera una sombra.
Para un opinador chileno, nada sorprendente. Experiencia similar he vivido en mis visitas a la patria que tuvo la gloria de verme nacer. Y nótese que no lo he hecho –Dios me libre – en periodos electorales. Allí no hay conversación de más de 10 minutos que no te lleve a esos nombres, a esos lugares, a esas cosas tan sórdidas y horribles que ocurrieron en el periodo dictatorial. Como en la post-franquista España,  en el post-pinochetista Chile, los huesos del dictador yacen bajo tierra. Pero el fantasma sigue acosando. Como si fuera una sombra.
Sí, como si fuera una sombra. Aunque no como las sombras del viejo pasado que no volverá, como reza el tango de Gardel. La sombra que se extiende sobre ambos países viene del pasado, pero de un pasado que no ha pasado. Se trata, para decirlo de un modo algo incongruente, de un pasado-presente. Uno que aparece donde y cuando menos se piensa. Incluso, allí, cuando se quiere acallar a la fuerza, más aparece.
En fin, hablo de un pasado no inconsciente sino de otro situado un par de centímetros más allá, en la zona del pre-conciente, lugar donde el pasado golpea las puertas de lo consciente sin atreverse a entrar. La imagen es de Freud quien nos habló del “retorno de lo reprimido”. Lo reprimido no es –téngase muy en cuenta- lo olvidado. Lo reprimido es simplemente lo que no se quiere recordar. C. G. Jung le puso un nombre corto. Lo llamó la sombra.
Típico de Jung. Su deporte favorito era dar a las ideas de Freud otros nombres para después presentarlas como propias. A veces eran tirados de las mechas (ánima, ánimus, arquetipos, por ejemplo) Otros, más afortunados. Es el caso de la sombra. La sombra, según Jung, es el inconsciente que no quiere hacerse consciente, o dicho con la precisión no literaria de Freud, es lo pre-consciente.
Jung –lo he escrito en otra parte- no era un psicoanalista clínico. En verdad, toda su psicología es meta-psicología, o si se prefiere, filosofía analítica. Para ayudar a un paciente no sirve, pero para pensar en los misterios situados más allá del alma no deja de ser sugerente. Incluso poético. Tan poético como su metáfora de lo inconsciente: la sombra.
Jung definía al inconsciente en sentido negativo, a saber, todo lo que no es consciente. Pero, además, agregó una segunda dimensión a la que llamó inconsciente colectivo. independiente del yo individual, pero sobre-determinante en cada uno de nosotros. Por cierto, adujo que esa era su diferencia con Freud, lo que de hecho es falso. Si hay alguien que ha estudiado de modo acucioso al llamado inconsciente colectivo (aunque sin darle ese nombre) y nada menos que en tres de sus obras centrales (El Malestar en la cultura, El fin de una ilusión y Psicología de las masas) ese alguien ha sido Freud, y no Jung. Pero dejemos a un lado las grandes pequeñeces de Jung y volvamos a la sombra.
La sombra de Jung es el pasado inconsciente que retorna con el objetivo de oscurecer el presente. Pero – es el detalle- al retornar no se hace consciente. Sigue actuando sobre nuestras vidas, aunque de modo oculto. La tarea del psicoanalista, a la vez que aclarar el pasado de cada individuo sería en ese sentido similar a la del historiador cuya función es aclarar el pasado de los pueblos, culturas, naciones. Solo cuando las sombras inconscientes que vienen del pasado sean disipadas, ese pasado comenzará a pasar y el presente será iluminado en toda su nitidez. El “pequeño” problema es que no podemos sentar a toda una nación en un diván.
Tampoco podemos suponer que todos los ciudadanos de un determinado país van a iluminar su pasado leyendo libros de historia. El lugar de la terapia colectiva tiene otro nombre. Un nombre desconocido para Freud y Jung (aunque no tanto para Lacan) Ese nombre es, política.
La política es el lugar de las aguas divisorias. Zona de conflicto y de transferencias. Espacio de encuentro y des-encuentro donde el ser se esfuerza en su –digámoslo con Hegel- lucha sin cuartel por el reconocimiento. Allí con los nos-otros y los otros obtenemos identidad pero a la vez revelamos nuestros malestares, síntomas de esa patología propia a la condición humana: la de ser cuerpo y alma a la vez.
En la política se construye la historia y por lo tanto allí fraguamos el futuro de acuerdo al pasado, tal como lo entendemos. O tal como no lo entendemos. En el caso del pasado español o chileno, es usado para estigmatizar al adversario. Así, designar como franquista o pinochetista a personas que no han tenido nada que ver con el periodo aludido, cumple una función ambivalente. Nombramos al pasado y a la vez  lo minimizamos. Pues si Rajoy es Franco, quiere decir que Franco después de todo no era tan malo.
En uno de los, según mi opinión, mejores filmes de Rainer Werner Fassbinder, “Ruleta China”, los personajes, un grupo de parejas decadentes y acomodadas, practicaba un siniestro juego. De acuerdo a la ruleta uno debería decir del otro lo que indicaba cada pregunta. Hasta que llegaba el momento de “la pregunta mortal”  ¿Qué habría hecho esa persona durante el Tercer Reich? El juego cumplía diversas funciones. Primero: mostrar que la sombra del pasado seguía presente. Segundo: la sombra del nazismo era reducida a un simple juego. Tercero: los comensales daban curso a sus agresiones personales, convertidos en representantes del pasado.
¿Debo decir que el juego de la ruleta china continúa siendo practicado en diversos países, aunque en reproducción ampliada?  Creo que hay que rendirse a la evidencia: Los pueblos también enloquecen. Y quien no me crea, lea por favor la novela Patria, de Fernando Aramburu.
Sucumbir ante las sombras del pasado, impedir que el pasado pase, rendir tributo al pasado, no saber diferenciar las marcas que separan los tiempos, son signos patológicos que se dan en los individuos y en las naciones. De lo dicho obtuve hace pocos días una comprobación visual. En Hannover (3.12.2017) cientos de manifestantes se congregaron en las calles en contra de la inauguración del congreso interno del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD). Los acontecimientos derivaron en duros enfrentamientos con la policía.
Los cabecillas de la demostración dieron a conocer sus argumentos. El más socorrido fue: el fascismo no debe existir en Alemania. Pues bien, suponiendo que todos los miembros de AfD son fascistas, el hecho es que en las últimas elecciones AfD obtuvo una excelente votación, de modo que el problema reside no solo en el partido sino en los electores. Además: el derecho a existir de un partido con tendencias xenófobas pero con millones de electores no puede ser definido moral sino legal y constitucionalmente. Luego, quienes protestaban en contra de la AfD lo hacían también sin saberlo, en contra de la norma constitucional.
¿Por qué no puede existir un partido de ultraderecha en Alemania?  Porque una vez Alemania fue nazi, es la más frecuente respuesta. Pero con el mismo argumento debería ser prohibido el partido de la izquierda extrema, cuyo pasado estalinista es evidente. En otras palabras, los manifestantes, en lugar de buscar la controversia con el partido enemigo, intentaron hacerlo desaparecer. Destruirlo y con ello impedir toda posibilidad (y oportunidad) de enfrentarlo políticamente. De ese modo dejaron en evidencia que ellos solo combatían a sus fantasmas, no a la AfD. La AfD para ellos no era un nuevo (remacho: nuevo) enemigo político al que hay que confrontar, sino una simple representación sombría del pasado. Lo que nadie les dijo es que el tiempo de la política no es el pasado sino el presente.
Nadie les dijo tampoco que el pasado está ahí para ser recordado y aclarado. Revivirlo es imposible. Si lo intentamos, solo veremos su sombra.
La obra completa de Carl Gustav Jung ha sido publicada en español por Editorial Trotta, Madrid 2016, 18 volúmenes



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