Fernando Mires - LA VIOLENCIA EN LOS MOVIMIENTOS PACÍFICOS



Hay que decirlo: nunca ha habido grandes movimientos de multitudes que, a pesar de haber sido orientados a través de una línea pacífica, estén exentos de violencia. Violencia practicada incluso por personas que en la vida cotidiana son enemigas de todo acto brutal. Con eso hay que contar. No hay torrentes sin desbordes. La racionalidad de los grandes grupos no es la misma que la de los individuos.
En la masa, una parte del yo decisional desaparece y es sustituido por un “nosotros”, es decir, por una unidad colectiva que obedece a una lógica muy distinta a la individual. De lo que se trata entonces en un movimiento democrático pacífico es de minimizar al máximo la violencia. Evitarla es difícil. Quizás imposible
En las grandes demostraciones públicas suelen perfilarse vanguardias formadas por jóvenes aguerridos organizados de un modo diferente a las organizaciones políticas y sociales convocantes. Ellos juegan un papel importante, incluso insustituible en los inevitables enfrentamientos con los organismos represivos. El problema aparece cuando los comandos juveniles sustituyen al movimiento de las multitudes. Si además se tiene en cuenta la enorme predominancia masculina en los enfrentamientos, podemos entender por qué, cuando la violencia se autonomiza de la política, puede llegar a conspirar en contra del crecimiento de las propias manifestaciones democráticas. La violencia es exclusiva, nunca inclusiva. La violencia resta, nunca suma.
Por supuesto, los ritmos y formas de acción de los jóvenes son muy diferentes a los que corresponden a madres y padres o a grupos religiosos, culturales y vecinales. Pensar que estos últimos deben imitar a la energía juvenil, sería absurdo. Absurdo también es creer que los jóvenes deben actuar igual que sus padres y abuelos en las demostraciones públicas.
Sin intentar intelectualismos innecesarios, hay que aceptar que en toda manifestación juvenil hay un componente edípico. Allí los jóvenes practican de modo colectivo una desobediencia no siempre posible de realizar en sus casas. Esa desobediencia la dirigen, fundamentalmente, en contra del poder establecido. ¿Y puede haber una expresión más nítida del poder que esos soldados robotizados, dispuestos a  matar para defender a un grupo de desalmados enchufados en el Estado? La sola presencia de esas tropas en las calles es una incitación a la violencia. La de los jóvenes, en el peor de los casos, es contraviolencia.
La contraviolencia, en un movimiento definido como pacífico, debe ser reducida al mínimo. En ese punto están de acuerdo los partidos y organizaciones de la oposición democrática venezolana. Sin embargo, hoy voces directivas que, no llamando directamente a la violencia, la estimulan. Por ejemplo, cuando algunas y algunos afirman que el objetivo es solo “la caída” del régimen sin mencionar el restablecimiento de la Constitución de 1999, despojan al movimiento de su principal característica política: la de ser expresión de una insurrección constitucional y constitucionalista. Y por eso mismo pacífica.
Más irresponsables son todavía aquellos dirigentes que, sin tener ningún dato en la mano, aseguran que la caída de la dictadura es solo cosa de días. Puede incluso que eso sea así. Pero la tarea de los líderes es fijar los objetivos a cumplir y no inventar plazos que no conocen ni pueden conocer. Mucho menos crear expectativas que, si no son cumplidas, producirán grandes desilusiones
Si en un gran movimiento democrático aparecen algunos jóvenes exaltados es casi un hecho normal. La aparición de líderes exaltados, en cambio, está de más.



Comentarios

  1. Profesor Mires, ojalá que su preocupación por Venezuela tenga la misma centralidad por otros escenarios latinoamericanos. Esto lo señalo porque en su artículo sobre los "10 peligros de la democracia en América latina" (2006) usted otorgar una mayor peligrosidad de este tipo de experiencias políticas las cuales tendrían una pulsación inevitablemente autoritaria (podemos incluir, Nicaragua, Ecuador o, en su momento, Argentina de los Kirchner). No obstante llama la atención que los datos duros demuestran que existen sistemas políticos mucho más cerrados, cínicos y represivos como los de Guatemala, Honduras, Colombia (tan solo en este ultimo han sido asesinados 5000 sindicalistas desde 1990 por agentes de Estado y paramilitares) o México (80 mil muertos desde 2006).Todos ellos formalmente democraticos.
    El hecho que esté en su legítimo derecho a cuestionar al gobierno venezolano o sus aliados (Cuba), no debería significar su reiterado silencio por lo que acontece en Brasil, o lo sucedido tras los golpes parlamentarios y militares Paraguay y Honduras (en este último, desde 2009, han muerto, han sido torturadas y hostigadas, probablemente, muchos más personas por agentes de estado y grupos privados que en Venezuela desde 1999.
    En este sentido, si sigo su argumentación, la violencia política constituye una opción legitima frente a todo régimen o gobierno autoritario. Supongo si en algunos de esos países se da una movilización en tal sentido, usted tendría que estar de acuerdo, aun cuando, probablemente, esas movilizaciones tengan una inclinación hacia la izquierda.

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    1. Distinguido senor Anónimo. Yo creo que un mínimo derecho de cada autor es escribir sobre los temas que más le interesan. Ese interés puede tener muchas raíces: especialización en torno a una publicación historiográfica, relaciones personales con personas de un determinado país, compromiso politico con una determinada causa, y otros mil. Y yo, tengo mis razones, incluso biográficas para haber elegido Venezuela como tema de mi especialidad y no otro país donde también suceden cosas horribles. Sobre cada uno de los países que usted menciona, hay excelentes especialistas. Le sugiero que los lea. Pero no me pida a mí que escriba sobre todos ellos. No soy el Batman de la literatura política. Ah, otra cosa: y la próxima vez ponga su nombre. Por lo general no publico anónimos. La clandestinidad no me causa buena espina..
      Y en cuanto al tema de la violencia política creo que usted no entendió un pepino lo que escribí.
      Además es tan simple: si usted no está de acuerdo con lo que yo escribo sobre Venezuela, simplemente no me lea a mí y lea a otro autor. Hay que tener mucho tiempo para leer cosas con las cuales uno no está de acuerdo.

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    2. Otra cosa sr. anónimo. Creo que hay una explicación adicional. Mis preferencias no se dejan regir por el número de muertos. Si así fuera escribiría sobre algún país africano. Pero tampoco por los conflictos entre el electorado con uno u otro gobierno, como en Brasil, Honduras y todos los países que Ud. nombra. La particularidad de Venezuela es que allí no está en juego un gobierno. Lo que está en juego allí es todo el Estado. Y eso implica, toda la nación, toda la sociedad, toda la política En los países que ud. nombra los gobiernos serán cambiados, sustituidos e incluso derribados. Pero la forma Estado continúa. En Venezuela no es así. Y eso no tiene nada que ver con izquierda o derecha. Ni siquiera con democracia o dictadura. Tiene que ver con la disyuntiva histórica que se da entre un Estado totalitario y un Estado político y republicano. Yo creo que usted me entiende. Si no, mala suerte.

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