Fernando Mires - ¡NO SABEN LO QUE HACEN!




De tanto ser repetidas y escuchadas las frases terminan por perder su sentido originario. Ocurre así con los textos sagrados, sometidos a implacable ritualización. En las ceremonias religiosas dichos textos suelen ser repetidos sin que casi nadie se detenga a pensar sobre el exacto significado de sus palabras. Algunos cuando rezan parecen loros. Repiten sin pensar. Ellos creen que oran aunque solo deletrean. En el mejor de los casos, tararean.
Hay veces en las que pienso –perdónenme los devotos- que los rezos deberían ser prohibidos en nombre de la fe, de modo que cuando alguien habla con Dios se sienta obligado a dirigirle las palabras que vienen del corazón y no solo las que salen “de la boca para afuera”. Pues creer en Dios es pensar en Dios y el pensamiento no puede ser repetitivo sino espontáneo; creo que en ese punto hasta el muy platónico San Agustín habría estado de acuerdo conmigo.
¿Cuántas veces por ejemplo los cristianos hemos escuchado o leído las palabras pronunciadas por Jesús en los momentos de la crucifixión cuando fue sometido a escarnio por los centuriones romanos? “Perdónalos Señor, no saben lo que hacen” (Lucas, 23,34). Pero a la vez, ¿cuántas veces nos hemos detenido a pensar en el significado no solo teológico sino ontológico establecido en la relación entre el perdón (la exculpación), el saber y el hacer? No; no se trata de cualquiera pregunta: se trata de uno de los puntos nodales de toda teología. Y de toda filosofía, también.
Veamos: Jesús pide a Dios que perdone a los soldados pues ellos no saben lo que hacen. Luego, hacer lo que uno no sabe es, según Jesús, motivo de misericordia. Los soldados, al no haber recibido la palabra divina ni por tradición ni por revelación, eran inocentes y por lo mismo, desde el punto de vista del Cristo-Redentor, deben ser eximidos de toda culpa.
Nadie puede cometer pecado si no sabe que comete un pecado. El saber, desde el Génesis, es condición del pecado. Pero también es condición del creer. Quien no sabe de Dios no puede creer en Dios. Dios, por lo mismo, nos viene del saber, de un conocimiento, de una razón, es decir, de una palabra hecha verbo: El Logos, según el Evangelio de San Juan. Dicho lo mismo de modo inverso: solo el no-saber, es decir la inocencia, es condición del saber; luego, quien no sabe, porta consigo la posibilidad del saber y por lo mismo ha de ser respetado –desculpabilizado- en su santa inocencia.
Al decir, la inocencia es condición del saber, podemos entender perfectamente por qué Jesús, cuando dio a conocer sus “bienaventuranzas”, dijo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5,3). Con ello quería decir, la pobreza de espíritu, al ser ausencia del saber, del saber de Dios en este caso, es la primera condición para recibir a Dios en el alma. El no-saber es el vacío a ser llenado con la presencia del saber.
Quienes tienen o creen tener a Dios en sí, no desean a Dios pues o lo tienen o creen que lo tienen. En cierto modo esa fue la razón por la cual Sócrates se declaró ignorante frente a todos los sofistas: su ausencia de saber era la razón que le permitía seguir buscando a la verdad. Se trata, efectivamente, de una paradoja: solo quienes no tienen la verdad pueden alcanzarla cuando la buscan. En cambio quienes creen tenerla, no la buscan.
Eso quiere decir, la verdad llega solo a través de su búsqueda. Desde el momento en que se la tiene no se la busca y al no buscarla no se la tiene. Y bien, si sustituimos la palabra Verdad por la palabra Dios, encontramos una plena complementariedad entre Sócrates y Jesús. Ni siquiera es necesario nombrar a Dios ni a Jesús, basta con buscar la verdad pues Dios es la Verdad. O como diría de modo tan fino ese sensible teólogo judío que fue Martín Buber: “La Verdad es Dios, aunque Dios es más que la Verdad”.
Quien no conoce a la verdad no puede estar equivocado pues la equivocación o el error presupone un conocimiento previo; falso si se quiere, pero un conocimiento al fin. El equivocado puede corregir así un error frente a su evidencia y de este modo obtener el perdón. “Solo el error es fuente de verdad”, dijo con mucha razón, Nietzsche. En gran medida, saber rectificar es saber pensar. Pero si no hay rectificación, no hay búsqueda de la verdad y luego tampoco puede haber perdón.
La absolución de los pecados, es decir, el perdón cristiano, presupone el reconocimiento del error (o falta, o pecado). La inocencia en cambio, porta consigo la ausencia de pecado y por lo mismo no requiere ser perdonada. Nadie, ni siquiera en el derecho penal, puede ser culpado si es inocente. Entonces, Cristo, al pedir el perdón para los soldados y en tanto él era la representación de Dios sobre la tierra, ya había perdonado a los centuriones. Los declaró inocentes ante Dios.
El inocente es sin duda un ignorante pero no todo ignorante es un inocente. La distinción es altamente importante. Los soldados que hacían sangrar a Jesús en la cruz, ignoraban quien era Jesús. No lo conocieron y a diferencia de otros, tampoco lo re-conocieron. En ese sentido eran inocentes: no sabían lo que hacían. El ignorante no inocente en cambio es quien, habiendo estado en condición de conocer algo, lo ignora.
Todos, de una manera u otra, ignoramos muchas cosas que bajo determinadas condiciones podemos aunque no necesariamente debemos saber. Si alguien no sabe nadar, es un ejemplo, no comete delito ni pecado ante nadie. Pero si no sabiendo nadar se lanza al agua tormentosa podemos decir que se ahogó por su propia culpa. La ignorancia, en consecuencias, presupone por lo menos un saber: un saber-que- no- se sabe. La inocencia, en cambio, no presupone ningún saber.
Apoyados en el principio de la ignorancia, muchos alemanes, al ser juzgados por sus delitos de post-guerra, alegaron no saber lo que sucedía en los campos de concentración, esperando obtener de ese modo la absolución judicial, es decir la certificación de su inocencia. En muchos casos la obtuvieron. Sin embargo, más allá de que hubieran sido absueltos, no eran inocentes ni ante la ley religiosa ni ante la ley civil. Primero, porque de una manera u otra casi todos sabían lo que estaba sucediendo con los judíos y si lo ignoraban, fue porque habían decidido ignorarlo. Segundo, suponiendo que hubiera habido alguno que de verdad lo hubiera ignorado, en tanto ciudadano, era su obligación haberlo sabido. La verdad está para ser buscada, no ocultada.
Si alguien se dice cristiano y ordena matar o simplemente miente de modo descarado, ha pecado frente a la Ley de Dios, y aunque el suyo no sea computado como un delito, es un pecado. En cambio quien conduce un automóvil sin saber manejar, pese a ser un ignorante, no puede ser jamás un inocente. Es por eso que en el derecho penal nadie puede alegar desconocimiento de la ley. O lo que es igual, alguien puede ser condenado por su ignorancia, pero no por su inocencia.
Hasta aquí la relación entre la ignorancia y la inocencia.
Por cierto, el conocimiento de la verdad no nos lleva a la felicidad. A veces suele suceder lo contrario. El conocimiento de la verdad puede destruir vidas, provocar profundas crisis de identidad, anular matrimonios e incluso llevar a la muerte. La estremecedora tragedia de Ibsen, “El Pato Silvestre”, nos muestra hasta que extremos destructivos puede llevar el conocimiento de la verdad. De ahí que en ocasiones -ese parece ser el postulado de Ibsen- es preferible vivir bajo el manto de la mentira protectora, o como dijo Relling, personaje de la gran obra: “Si usted quita la mentira vital a un hombre vulgar, le quita al mismo tiempo la felicidad”. Frase a la que solo podríamos responder con la inquietante pregunta de Nietzsche: “¿Y quién te dijo a ti que vinimos al mundo para ser felices?”
La luz de la verdad puede estropear los ojos, dijo Platón a Glaucón en el famoso capítulo Vll de La República. Y efectivamente, como si hubiera querido demostrar la tesis de Platon, la aparición de la luz de Jesús durante su regreso a Damasco dejó ciego al pobre Paulo durante tres días. De ahí que muchas personas sabiendo que existe la verdad no quieren saber nada de ella. No era el caso de los crueles centuriones romanos cuando reían bajo la cruz de Cristo. Para ellos Jesús no era más que un criminal y como tal debía ser castigado.
Los centuriones no podían ver la luz del cielo porque, como los personajes de la alegoría de la caverna platónica, solo conocían el mundo de las tinieblas. Jesús -para decirlo de acuerdo al espíritu de Platon- era la luz. Los centuriones, a su vez, eran los habitantes de las tinieblas. Por eso, como si hubiera profetizado el destino de Jesús, escribió Platon más de cuatro siglos antes de Cristo: ¿“No daría que reír y no se diría de él que, por haber sufrido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aún de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían; si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarlos y hacerles subir?”
Seguir a la verdad, si nos atenemos a Platon, no es fácil. "La verdad tiene su precio", es el título de una película de bandidos. Y ese precio suele ser, en algunas ocasiones, muy alto. ¿Es preferible entonces vivir en la mentira o por lo menos en la no-verdad? Sin duda, a veces es más fácil vivir en la mentira. De ahí que la decisión con la cual nos confronta Jesús es definitivamente existencial: o ser en la verdad o no ser en la no-verdad. Cada uno puede elegir lo uno o lo otro en cada segundo de su vida. Al fin y al cabo, seguir al Cristo no es un imperativo ni un deber para nadie. Es una simple elección. Pero quien ha elegido y decidido, nunca debe olvidar lo siguiente: entre las lanzas de los centuriones y el cuerpo sangrante de Jesús, estamos nosotros. Tenía razón en ese sentido Kierkegaard cuando escribió: “ser cristiano es una posibilidad imposible”. Y como “posibilidad imposible” hay que asumirla, pues el reino de los cielos, si bien comienza en la tierra, no termina ahí. ¿Fue esa la razón por la cual Jesús hubo de morir?
No obstante, el precio de la no-verdad, si hablamos en términos económicos, también es alto. Implica entre otras cosas vivir en las tinieblas. Por eso, quienes han conocido la luz de la verdad, o por lo menos visto algunos de sus reflejos -ya sea en un libro, en una obra de arte, en la música de Bach, en los ojos con lágrimas de quien una vez te miró, o simplemente, en la perfección increíble de esa gota de agua que rueda en la ventana- no querrán regresar jamás al fondo de la caverna, ahí donde solo reposan los restos de los muertos en vida. Los que nunca han vivido de, y en la, verdad y, por eso mismo, los que nunca resucitaron. Ni entre los vivos ni entre los muertos.