Fernando Mires – EL ARTISTA, o ese eterno nuevo-comenzar



...... Yo le contesté que ese intento de contraponer la noción de natalidad según Hannah Arendt a la del ser que va hacia la muerte de Martin Heidegger no tenía ningún asidero porque ambos aludían a cosas diferentes. Mientras Arendt se refería al sentido de la vida como permanente nuevo comenzar, Heidegger se refería al destino de la vida y entre sentido y destino hay una diferencia enorme. Yo le dije, además, que la idea del Nuevo Comienzo a partir de la natalidad era profundamente heideggeriana, y ella se encuentra en su concepto de Entbergung (aparecer desde lo oculto) Agregué que entre el pensamiento de Arendt y el de Heidegger no veo ninguna ruptura sino más bien continuidad. Y si hay una diferencia –puntualicé-  reside en que Arendt llevó la filosofía de Heidegger al espacio de la “vita activa”, al cual pertenece la política, obviada por Heidegger. Pero esa –aduje- no es una ruptura, sino una continuación. En fin -y con esa frase di por terminada la discusión- el propósito de anteponer Arendt a Heidegger no es más que una falacia del último tiempo cuyos verdaderos propósitos no he logrado todavía descifrar.
La discusión entre mi contendor -eximio filósofo de profesión- y yo –modesto filósofo amateur- fue, por cierto, más larga e intensa que esta enjuta trascripción cuyo objetivo sólo es enunciar una experiencia que para mí tuvo importancia. Eso sucedió cuando, agotado por esa inservible y por lo mismo importante discusión, intenté olvidarla con un pasatiempo, razón por la cual eché a correr el video de la película El Artista la que, como es sabido, ha recibido todos los premios internacionales habidos y por haber, entre ellos cinco Oscares
Fue la peor idea que pude haber tenido. Pues si quería desactivar mi obsesión por el concepto del Nuevo Comienzo solo logré reactivarla. Efectivamente, ahí, en el tránsito del cine mudo al sonoro, ejemplificado en el grandioso filme dirigido por Michel Hazanavicius, se repite constantemente la idea del Nuevo Comienzo.
La historia de ese Nuevo Comienzo data desde 1927, tiempos en los cuales brillaba el actor Georg Valentin (Jean Dujardin) en alusión a Rodolfo Valentino, astro de la era del cine mudo.
En 1929, en medio de la depresión mundial, irrumpió el cine sonoro, y en los años de recuperación, Peppy Miller (Bérenice Méjo) -quien había sido actriz secundaria en un filme en el cual Georg fue principal actor- llegó a ser una gran estrella.
Peppy amaba a Georg quien quizás por orgullo no se resignaba a abandonar su reino del cine mudo. Peppy, en cambio, había logrado adaptarse al Nuevo Comienzo del cine mundial. Así ocurrió que solo después de haberlo perdido todo, caído en el alcoholismo y al borde del suicidio, Georg, ayudado por Peppy, logró incorporarse al cine sonoro. La danza final de Peppy y Georg señala el fin de la era de Rodolfo Valentino y el comienzo de la de Fred Astaire y Ginger Rogers.
El Nuevo Comienzo ha sido un tema recurrente del cine. Sobre historias de emigrantes que inician una nueva vida ha habido películas grandiosas. Recuerdo entre otras el clásico de Elia Kazan América, América (1963). Hace poco vi también una extraordinaria comedia (¿o drama?) titulada Bienvenida en América (2009) dirigida por la joven cineasta Cherien Dabis, filme que trata de las vicisitudes de una mujer palestina, una empleada bancaria llamada Duna, quien emigra desde las zonas ocupadas de su país hacia los Estados Unidos. Ese filme cuyo final utópico (un profesor judío baila con un médico palestino en un restaurante) sugiere que en los nuevos comienzos lo imposible puede ser posible. Pero siempre y cuando sepamos asumir el Nuevo Comienzo como una chance y no sólo como tragedia. Eso lo sabemos quienes por diversas razones hemos debido abandonar nuestra tierra para re-comenzar la vida en otra.
Hay quienes resisten el cambio. Hay otros que deciden esconderse en un pasado el que, al ser pasado, jamás volverá. Lo mismo ocurre en los periodos históricos de transición. Hay incluso quienes tienen la mala suerte de ser atrapados, como emparedados, entre dos tiempos. El sociólogo Richard Sennett relata en su libro The Culture of the New Capitalism uno de esos casos: un emigrante de origen italiano en los EE UU quien no logra dar el paso que va desde la llamada sociedad industrial a la sociedad digital. Caso que me recordó a una secretaria de la Universidad de Oldenburg quien, cuando todas las oficinas estaban dotadas de programadores, persistía, cual partisana en resistencia, en seguir escribiendo en su máquina de escribir Olimpia (¿o Rémington?)
En la cinematografía hay clásicos que relatan la vida en tiempos de transición. ¿Quién no ha visto la hermosa y autobiográfica Candilejas de Charlie Chaplin? A la mente se me viene también la filmación hecha por Volker Schlöndorff del drama de Arthur Miller Muerte de un Vendedor Viajero en la, para mí, más descollante actuación de Dustin Hoffman.
El Artista pertenece sin duda a esa larga temática. Más aún, El Artista agrega aspectos que no encontramos en otras filmaciones. Uno de ellos reside en el hecho de mostrar como en el tránsito que va de un periodo a otro hay siempre algo valioso, un sedimento, un resto que espera ser recuperado bajo otras condiciones.
Así se nos dice, por ejemplo, que el cine mudo era mudo. Pero eso no es tan cierto. Aparte de los breves textos escritos había en las grandes filmaciones no-sonoras una permanente e intensa comunicación. Palabras que al ser traducidas por gestos y miradas no dejaban de ser palabras. Pero esas palabras no dichas, aunque expresadas, entraban en forma de palabras sonoras en la mente del espectador. Por eso, pese a que El Artista no es sonoro uno tiene la impresión de haber “escuchado” todo. Extraordinario.
Ese fue también el arte de grandes actores del cine mudo. La mirada del andrajoso Charlie Chaplin cuando en su legendario filme Luces de la Ciudad fue reconocido por la florista que había recuperado la vista, vale más que cien palabras de amor. La carcajada abierta de Rodolfo Valentino, que tan bien imita Dujardin, era francamente contagiosa. Y sonora sin serlo.
Cuando apareció el cine sonoro, en cambio, la expresión gramatical sustituyó a la expresión mímica. Quizás esa es una de las razones por la cual tantos filmes de los años cuarenta y cincuenta parecen muy acartonados, lo que no ocurría en las grandes filmaciones no-sonoras. Incluso me atrevería a decir que al ser el cuerpo un medio de comunicación, muchos filmes “mudos” resultan más eróticos que supuestas filmaciones eróticas del cine hablado. Peppy Miller, por ejemplo, con simples movimientos de caderas, logra comunicar más erotismo que muchas escenas de cuerpos desnudos del cine actual.
Tengo la impresión de que los grandes actores de nuestro tiempo son los que habrían podido ser grandes actores en la época del cine mudo. Pienso en Meril Streep, mujer que no sólo habla con la boca, también con los ojos, con movimientos, rictus, lágrimas y sonrisas. Es una lástima que ella hubiera nacido después del cine mudo. Habría sido, en esas escenas donde todo el ser de la vida habla sin sonido, una de sus más grandes figuras. Con el fin del cine mudo algo se perdió. Ese “algo” es lo que logra comunicar de modo magistral Michel Hazanavicius. 
Porque suele suceder que recién cuando estamos a punto de perder algo, o cuando ya lo hemos perdido, descubrimos el valor que no habíamos advertido en lo que tuvimos. Así sucede con algunos grandes filmes del cine no-sonoro. Michel Hazanavicius lo deja muy claro cuando introduce ese instante en el cual Georg, desesperado, quema todos sus filmes, salvando sólo uno: aquel donde bailaba con Peppy Miller, cuando ella era una principiante. En ese momento, el de la pérdida total, Georg descubrió que amaba a Peppy. Ahí, casi con filosófica claridad, muestra Hazanavicius como ese difícil tránsito que lleva desde un determinado final hacia el Nuevo Comienzo no puede ser nunca un acto individual. Para comenzar de nuevo en esta vida, necesitamos de la ayuda, de la solicitud, del amor de las otras y de los otros.
Georg Valentín realizó a duras penas el tránsito hacia el Nuevo Comienzo pero pudo hacerlo porque no estaba solo. A su lado estaban su mayordomo, su amada Peppy y, no olvidar, ese perro fiel que le salvó la vida.
¿De dónde salió ese perro? Es uno de los mejores actores que he visto en mi vida. A su lado Lassie es sólo una vulgar diletante. Sin duda merece un Oscar.
Recuerdo que en el barrio de mis años juveniles había un chico muy parecido al Manolito de las tiras de Mafalda. Ese chico creía que el Festival de Cannes era un concurso internacional para perros (canes). Ahora pienso que ese Manolito chileno no era tan bruto como parecía. Porque la verdad es que después de haber visto la actuación de el perro de El Artista, pienso que debería existir un festival de canes para que ese quiltro genial hubiera recibido el premio que, con todos sus honores, le corresponde.
Queda entonces hecha la sugerencia. Después de todo nunca será demasiado tarde para comenzar de nuevo. Esa era también una idea de Hannah Arendt: Idea que viene de Heidegger.