Fernando Mires: RESPONDO A MOISÉS NAÍM -los estudiantes chilenos encontraron su momento

 
Gracias a los estudiantes Chile está volviendo a ser un país normal, uno donde los conflictos no se resuelven a puertas cerradas sino, sobre todo, uno que ya cuenta con la participación de amplios sectores de la ciudadanía. ¿Qué quiero decir con lo que estoy escribiendo? Lo siguiente, y es muy simple: así como los movimientos estudiantiles venezolanos crearon condiciones para la recomposición política de la oposición, los estudiantes chilenos están creando condiciones para la “re-politización” de la política del país. En ese sentido ambos movimientos no sólo han sido estudiantiles sino, además, ciudadanos.


Moisés Naím, a quien siempre leo con una mezcla de curiosidad y admiración, ha escrito un artículo donde comenta un problema que muchos se plantean: la aparente incongruencia de las protestas estudiantiles chilenas en relación con el alto –en comparación con otras naciones latinoamericanas- desarrollo económico alcanzado en el país.
Al buscar una respuesta frente a una situación que parece paradojal, Naím acepta que en Chile, pese al crecimiento económico, existen notorios desniveles en la distribución del ingreso. Pero como la explicación económica no parece suficiente, recurre, además, a una explicación sociológica, a saber: el aparecimiento de nuevas clases medias.
Desigualdad en el crecimiento económico y emergencia de los sectores medios serían según Naím las causas o razones que explicarían las movilizaciones estudiantiles chilenas. A esas condiciones “estructurales” habría que sumar las deficiencias en el sistema educacional, no sólo en el privado; también en el estatal. De ahí que, de acuerdo a paradigmas deterministas, los movimientos estudiantiles cumplirían la función objetiva de realizar un ajuste entre el desarrollo económico, el social y el institucional.
Sin embargo, creo que las respuestas de Moisés Naím son más problemáticas que las preguntas que el mismo se plantea. Si uno analiza por ejemplo “las causas” que maneja, tendríamos que observar como el crecimiento económico y las desigualdades que él consigna en Chile vienen desde mucho tiempo atrás; yo diría, desde la segunda mitad de la dictadura de Pinochet, alcanzando su punto más alto durante el gobierno de Bachelet.
Aprontes de movilizaciones estudiantiles aparecieron ya durante la era Bachelet (“revolución de los pingüinos”) pero, ya sea por la debilidad del movimiento, ya sea por la política mediadora de la Concertación, ya sea por la misma represión policial a que fueron sometidos los estudiantes, tales hechos no lograron cristalizar políticamente. De la misma manera, las nuevas clases medias en un país tendencialmente “mesocrático” como es y ha sido Chile, ya habían emergido desde mucho tiempo atrás. ¿Por qué entonces el movimiento se produce ahora y no antes? Esa, a mi entender, es la pregunta decisiva.
Antes de intentar responder a esa pregunta, quisiera recordar que los grandes movimientos sociales no surgen siempre allí donde imperan condiciones de máxima pobreza. Para no remontarnos a hechos históricos epopéyicos como las revoluciones francesas y rusas –las que ocurrieron precisamente en periodos en que en ambos países tenían lugar notorios avances económicos- los movimientos sociales de nuestro tiempo, los estudiantiles también, nunca han obedecido a la lógica que en su artículo parece suscribir Naím (baja economía = altas protestas sociales). Los movimientos estudiantiles europeos de los sesenta, por ejemplo, irrumpieron justamente cuando en Europa tenía lugar un extraordinario repunte económico. Pero no vamos tan lejos: las jornadas estudiantiles venezolanas del 2007 no surgieron de acuerdo a ninguna razón económica, sino en defensa de la libertad de expresión conculcada por el gobierno del presidente Chávez (caso RCTV). Ahora, esas libertades, como Moisés Naím lo sabe mejor que yo, siguen amenazadas. ¿Por qué entonces en Venezuela no hay ahora grandes movilizaciones estudiantiles como las del 2007?
Creo no equivocarme demasiado si apunto a dos razones. La primera es que, sin duda, los estudiantes serían “gaseados” por la policía. Y en ese sentido los jóvenes venezolanos son valientes pero no mártires islámicos. La segunda razón –y esa es la que me parece la más relevante- la movilización de los estudiantes se dio en un momento cuando en la oposición existía un enorme vacío de representación política, vacío que hoy ha sido llenado por la MUD y por sus jóvenes candidatos.
En una reciente visita a Venezuela tuve la oportunidad de reunirme con algunos dirigentes estudiantiles. Con mucha inteligencia ellos expusieron el porqué hoy han optado por pasar a una fase de -así lo dijeron- “repliegue ofensivo”. “Este no es el momento del movimiento estudiantil” –agregó uno de ellos, con cierta resignación-. Y efectivamente, así es: cada movimiento busca y a veces encuentra – aunque no más sea por razones contingenciales- su momento. Un día es el momento de los obreros, otro el de los campesinos, otro el de los partidos, y así sucesivamente. De tal modo –y el lector ya habrá entendido hacia donde voy – el movimiento estudiantil chileno emergió cuando encontró “su” momento, momento que alguna vez pasará (creo que ya está comenzando a pasar) para ceder lugar a otros momentos (el de las elecciones, por ejemplo) Ahora –y esa es la pregunta que a mí me parece clave- ¿cuáles son las condiciones que caracterizan al “momento de los estudiantes chilenos”?
Creo advertir que el movimiento estudiantil chileno surgió en el marco de una profunda crisis de representación política (política Moisés, política: no social ni económica). De tal modo que, a fin de poner en orden los factores, podría decirse que no fue el movimiento estudiantil chileno el que provocó la crisis (en el mejor de los casos la hizo manifiesta) sino al revés: esa crisis creó las condiciones para que emergiera el movimiento estudiantil.
La crisis política chilena –y en ese punto no tengo ninguna duda- es en gran parte la crisis de la Concertación, y en cierta medida es también la crisis de la izquierda chilena. La crisis de la Concertación es, a su vez, una doble crisis. Por una parte surge de una derrota electoral, lo que en sí no sería muy problemático si no existiese una segunda razón: la Concertación carece de una oferta política a la nación. En otras palabras, la Concertación chilena cumplió su tarea histórica y no tiene ninguna otra que ofrecer. Eso pone en duda no sólo su legitimidad sino, sobre todo, su propia “razón de ser”
La tarea histórica que la Concertación cumplió, y con creces, fue la democratización institucional de la república. Pero para que esa tarea llegara a ser cumplida fue necesaria la aceptación de ciertos consensos básicos, como por ejemplo gobernar con la propia constitución de la dictadura y disminuir las presiones de las demandas sociales, entre ellas las estudiantiles. Ahora bien, ese consenso conocido como “el pacto político chileno” ha llegado a su fin durante el gobierno de Piñera. Y ahí; justo ahí, el movimiento estudiantil, encontró su momento.
Gracias a los estudiantes Chile está volviendo a ser un país normal, uno donde los conflictos no se resuelven a puertas cerradas sino, sobre todo, uno que ya cuenta con la participación de amplios sectores de la ciudadanía. ¿Qué quiero decir con lo que estoy escribiendo? Lo siguiente, y es muy simple: así como los movimientos estudiantiles venezolanos crearon condiciones para la recomposición política de la oposición, los estudiantes chilenos están creando condiciones para la “re-politización” de la política del país. En ese sentido ambos movimientos no sólo han sido estudiantiles sino, además, ciudadanos.
Por cierto, nunca faltan quienes, intoxicados por sus propias ideologías, imaginan que en Chile está teniendo lugar una revolución en contra del “neoliberalismo” o en contra del “capital internacional”. Pero algunas experiencias me obligan a no tomarlos más en cuenta y a esperar que, como ha venido ocurriendo, los acontecimientos se encarguen de defraudarlos por enésima vez.
Mires.fernando5@googlemail.com

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