Fernando Mires: CHILE: EL REGRESO DEL ECOLOGISMO POLÍTICO





Después del impacto originado por las revoluciones democráticas del mundo árabe –hoy desvirtuadas por la militarización de la política impuesta por sus dictaduras- la prensa internacional ha sido sorprendida por masivas demostraciones populares que han tenido lugar en diversos países democráticos como España, Grecia y Chile.

Las manifestaciones de los “indignados” españoles de “Mayo” surgidas en el marco de la contienda electoral, hicieron público un profundo malestar en contra de la formación de una “clase política” que en estos momentos ha dejado de representar diversos intereses de la ciudadanía. En Grecia, en cambio, las manifestaciones han adquirido la figura de asonadas populares surgidas como consecuencia de gravosas restricciones económicas, inevitables si es que los griegos insisten en formar parte de una comunidad europea cuyos modos de producción alteran radicalmente los estilos de vida que imperan en el país.

Muy lejos geográficamente de Europa -aunque algo más cerca desde un punto de vista político y cultural- en el aparentemente pacificado Chile post-dictatorial, han surgido, a su vez, múltiples manifestaciones masivas en contra de la construcción de las represas de HidroAysen. Para muchos tales manifestaciones no dejan de ser sorpresivas. Por una parte el tema ecológico parece formar parte del reciente pasado político –entre otras cosas porque en Francia y Alemania ha sido asumido también por partidos tradicionales- de modo que los ecologistas chilenos emergen a primera vista como una expresión algo anacrónica. Por otra parte predomina aún la creencia de que las luchas ecológicas y ambientalistas son patrimonio de las naciones de más alto desarrollo económico, una suerte de lujo que se pueden dar aquellas donde han sido superados los temas sociales más urgentes. Que ambas premisas son falsas lo están demostrando los ambientalistas chilenos a través de multitudinarias manifestaciones que recorren la larga faja territorial.

No existen, en verdad, temas políticos anacrónicos. Así cuando frente a peligros de guerra emergen movimientos pacifistas -los cuales no serán anacrónicos mientras haya guerras- los movimientos ambientalistas surgen allí donde los contornos naturales de la sobrevivencia humana están en peligro. Tampoco es cierto que el ecologismo sea una práctica política de los países “satisfechos”. Las movilizaciones de los pueblos amazónicos –han sido muchísimas y muy variadas- también tuvieron un sentido esencialmente ecológico, aunque muchas veces no hubieran recurrido a ese nombre como símbolo de identificación colectiva. Lo mismo podría decirse de diversas protestas agrarias que circundan la geografía latinoamericana. Lo específico del caso chileno es que la idea ecológica y/o ambientalista ha sido asumida de un modo conciente por sus actores. Y eso no es ninguna casualidad. El tema  ecológico cuestiona en Chile lo que los economistas llaman “el modelo económico”, esto es, un orden basado en un consenso que avanza desde la izquierda hasta llegar a la derecha, consenso según el cual el desarrollo sólo puede tener lugar a expensas del deterioro de las relaciones entre los humanos y su naturaleza externa. Ese es el meollo, no tanto del “modelo” (en la historia no hay “modelos”; sólo acontecimientos) sino del -por muchos-admirado desarrollo económico chileno. Para que se entienda mejor debo decir que estoy hablando de un país donde el concepto de “progresismo” –para los ecologistas europeos casi un insulto- goza en Chile de una alta estimación, incluso entre los propios ecologistas.

Ahora, a primera vista hay muchas semejanzas entre las manifestaciones habidas en Chile con las que han tenido lugar recientemente en  España. Por de pronto, en ambos países la protesta se dirige en contra del conjunto de la clase política. En Chile de un modo aún más específico puesto que la mayoría de los proyectos anti-ecológicos que originaron las protestas fueron aprobados durante los tiempos de la Concertación. Ambos países poseen, además, una formación política post-dictatorial, formación construida con el objetivo preciso de transitar desde la dictadura a la democracia, de modo que habiendo sido alcanzada la democracia, la funcionalidad de esa formación política requiere ser revisada. Eso significa lisa y llanamente que hacia el exterior de los dos adversarios principales (bi-partidismo español, bi-frentismo chileno)  hay un espacio político relativamente vacío. O dicho de modo breve: tanto en Chile como en España hay una notoria crisis de representación política. No deja de ser interesante remarcar, por último, que los actores de las manifestaciones ocurridas en ambos países son predominantemente juveniles. Se trata de la entrada en la escena política de generaciones no traumatizadas por el luctuoso pasado dictatorial. Y como suele suceder, los cambios políticos generacionales son desordenados, bulliciosos e incluso anárquicos. Pero por otra parte son necesarios y, además: inevitables.

Sin embargo, entre las manifestaciones chilenas y las que han tenido lugar en España hay una diferencia decisiva, y sobre ella valdrá la pena insistir. La diferencia es la siguiente: mientras en España las protestas que comenzaron en la Puerta del Sol no han podido encontrar todavía -más allá del malestar en contra de “los políticos” – un referente simbólico común, en Chile ese referente ya existe. Originariamente ese referente tuvo un nombre: HidroAysen. Ese nombre es, a la vez, el símbolo que articuló diversas demandas predominantemente ecológicas; aunque no solamente ecológicas.

No deja de ser interesante destacar que las manifestaciones ambientalistas no sólo han coincidido en el tiempo con masivas manifestaciones estudiantiles. Además se cruzan y dinamizan entre sí. Razones  que llevan a afirmar que en Chile se dan en estos momento todas las condiciones para acceder a una fase política pre-fundacional. Quizás debo explicar tal afirmación:

Entiendo como fase pre-fundacional una donde diversos actores se hacen presentes a través de demandas que difícilmente pueden ser absorbidas por los partidos institucionales. Para poner dos ejemplos: las demandas obreras de los siglos diecinueve y veinte surgieron de un movimiento obrero que precedió a la formación de los partidos comunistas y socialistas. Los movimientos estudiantiles precedieron en Alemania y Francia a la formación de los partidos ecologistas. De tal modo que cada fase política pre-fundacional es también una fase movimientista, es decir, el actor principal no es un partido organizado sino un movimiento originariamente desarticulado. La fase fundacional, a su vez, ocurre cuando el movimiento adquiere cierta organicidad, es decir, una vida interna autónoma que lo llevará en muchos casos a convertirse en un nuevo partido político o, por lo menos, en un movimiento con representación institucional. Luego, no está escrito en ninguna parte que una fase pre-fundacional lleve necesariamente a la formación de nuevos partidos políticos. Significa simplemente que en esa fase son creadas condiciones para que ello ocurra; aunque eso nunca ocurra. Que en Chile eso puede llegar a ocurrir está por el momento certificado por la existencia de una buena cantidad de organizaciones ambientalistas. El “Partido Ecológico” fundado en el 2008, ha tenido cierta gravitación electoral. Tiempo atrás, el año 1993, grupos ecologistas lograron corrdinarse alrededor de la simbólica candidatura presidencial de Max Neef. Hoy, alrededor de iniciativas como “Acción Ecológica”  comienzan a articularse diversas redes e iniciativas ambientalistas. Mi propio correo electrónico ya está lleno con proclamas, manifiestos y programas ecologistas que proceden desde Chile. En fin, algo está sucediendo en ese “espacio vacío” de la política, al que ya hice mención.

Pero quizás el indicio más decisivo que indica un cambio de escenario es que determinados políticos, sobre todo de “la izquierda”, quienes a lo largo de su santa vida  jamás se habían preocupado de algo parecido a la ecología aparecen de un día a otro como ecologistas consumados. El caso más espectacular fue el de Ricardo Lagos quien un día admitió que HidroAysen era necesario para el desarrollo del país y al día siguiente afirmó que era un proyecto inviable.  Esa es sin duda una buena señal, pues la política es quizás la única profesión donde el oportunismo no debe ser condenado. En efecto, un político sin sentido de la oportunidad no puede ser un buen político.

Sin duda los movimientos ecologistas chilenos intentarán ser instrumentalizados. Un día serán tentados por tal o cual partido. Otro día aparecerán ideólogos que intentarán endosarles un sentido “antimperialista”. O serán visitados por los representantes de la izquierda global festiva, con Eduardo Galeano, o alguien similar a la cabeza. Será inevitable así que entre los ecologistas chilenos surjan múltiples fracciones. A un lado se situarán los ecologistas “puros”, renuentes a todo pacto o alianza con cualquier otro partido. Al otro, aquellos que intentarán transformar al ecologismo chileno en un apéndice “verde” de algún partido “rojo” o “negro”. La Concertación –si es que existe- intentará integrarlos en sus campañas electorales. En fin, ocurrirá lo que ocurre siempre en estos casos y será tarea de los ambientalistas chilenos sortear muchos obstáculos. Nadie sabe si lo pueden lograr. El futuro es y ha sido siempre una hoja en blanco.

También deberán aprender no sólo de los éxitos sino de los fracasos ocurridos en otros países. De esas lecciones hay una que parece ser fundamental; y es la siguiente: si un movimiento ecologista pretende convertirse en una fuerza política –en el caso de Chile, en una “tercera fuerza”- sus actores deben saber desde un comienzo que eso solamente es posible si logran mantenerse al interior de los límites que impone la convivencia democrática.

Los movimientos ecologistas son y han sido un resultado de las luchas democráticas de nuestro tiempo; han emergido al interior de democracias y han competido con otras fuerzas utilizando medios democráticos. Jamás ha aparecido –y creo que nunca aparecerá- un movimiento ecologista en un país dominado por una dictadura. Los ecologistas, en cambio, para crecer y desarrollarse necesitan del pluralismo del mismo modo como para respirar necesitamos del aire. Por esas razones los ecologistas no sólo necesitan ser “tan”, además deben ser “más”- democráticos que otros partidos. ¿Qué significa eso? Por lo menos tres puntos:
  1. Rechazo total a utilizar medios violentos  de lucha. Eso implica distanciarse radicalmente de cualquier grupo o persona que los propugne aunque los objetivos que diga defender sean muy justos. Eso es importante remarcarlo en un país como Chile donde existe una violencia latente –habrá que analizarla en otra ocasión- la que se hace continuamente manifiesta en demostraciones callejeras o en determinadas movilizaciones indígenas y campesinas.
  2. Aceptar la validez universal de la Declaración de los Derechos Humanos. O para decirlo de un modo explícito: quien condene a las cárceles de Guantánamo debe condenar también a las de La Habana; y a la inversa, también.
  3.  Jamás identificarse de modo positivo con ningún gobierno dictatorial o simplemente autoritario del planeta. Nadie puede defender los derechos de la naturaleza sin reconocer los de las personas que la constituyen.
PS.
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