Cristian Warnken - LA ESPERANZA


¿Qué esperamos? Esperamos la vacuna. Como en una obra de Ionesco, director del teatro del absurdo, somos millones esperando a Godot. Hablamos de él, no sabemos dónde está, pero estamos seguros de que llegará. Pero Godot se demora en llegar. Y la espera nos coloca en el centro de la escena: amplifica nuestros miedos, nuestra ignorancia, nuestra fragilidad. ¿Cuánto esperaremos? Vivimos en un presente extraño, en espera, detenido: un presente al que no estábamos acostumbrados en una modernidad trepidante, veloz, siempre lanzada hacia el futuro, hacia el progreso. Nuestra espera tiene algo de la espera de los habitantes de la fortaleza Bastiani, de “El desierto de los Tártaros”, de Dino Buzzati. Los enemigos no llegan nunca, son invisibles como el virus. Pero todos dicen que van a llegar y en eso se le va la vida al joven Giovanni Drogo, que tuvo ilusiones, esperanzas, pero que, sin darse cuenta, perdió la vida en esa espera absurda. ¿No es lo que están viviendo tantos jóvenes hoy? ¿Pero cómo convertir esta espera en una espera con sentido?

Hay una espera que no espera nada, pero que nos puede regalar un nuevo tipo de esperanza. Es la espera de Heráclito. El de Éfeso, siglo IV antes de Cristo. El que aparece con el rostro lloroso en el cuadro de Bramante, pintor renacentista. Antes me causaba mucha risa que Raúl Ruiz hubiera presentado a Heráclito llorando en una de sus películas; ahora entiendo que así fue mostrado en la iconografía antigua: ceñudo, melancólico, algo desdichado. El mismo que —según la leyenda— prefería jugar a los dados con los niños en el templo de Artemisa que participar de la bullente vida de la ciudad, del espacio público donde proliferaba la doxa, ese conjunto de ideas hechas, convicciones, rumores; lo que hoy llamamos “opinión pública”. Heráclito critica a sus contemporáneos que se alimentaban de habladurías y chismes: “escuchando, sin entender, a sordos se asemejan: están presentes/ausentes”. Parece que el hombre ha sido siempre igual: prefiere la “doxa” (opinión) al “logos” (pensar). ¿No vivimos hoy en un estado de flojera espiritual, en que todos caemos en las manos de la opinología y el populismo, envenenando esta espera de sospecha, paranoia y mala fe? “Espera y hallarás lo inesperado”, dijo Heráclito en otro de sus fulgurantes fragmentos. Esa espera no se aviene con la prisa, es más bien un estado de apertura, en el que se suspende el juicio (epojé, se dice en griego), para que la realidad se vaya manifestando, antes que la distorsionemos con nuestras ideas hechas.

Esa espera heraclitiana es muy parecida al wu-wei de los taoístas. La verdad se oculta (aletheia) cuando nos apresuramos mucho. “La naturaleza ama ocultarse”, dijo el mismo Heráclito. Nietzsche, en la misma línea, afirma: “la hierba florece de noche”. Entonces, para no convertirnos en personajes del teatro del absurdo, esperando los informes diarios de las curvas de contagio, o el último “meme” o las próximas fake news que nos invitan con sus voces melifluas (como las Sirenas de Ulises), ¿por qué no aprendemos a esperar como Heráclito el Oscuro nos enseñó? Claro, eso requiere un trabajo personal, un liberarse de las redes que nos aprisionan (mentales, digitales y otras), un no dejarse llevar por la marea envolvente de “lo que se dice” y del “qué dirán”, una distancia reflexiva, el desafío de elaborar un pensamiento propio.

Se hacen muchos pronósticos y se proponen muchas medidas. Pero todos ellos tienen el defecto de trabajar con cajas de herramientas oxidadas que ya no sirven como para iluminar una crisis tan radical y global como esta. Lo inesperado nos va a sorprender. ¿No nos ha sorprendido ya varias veces? Vamos mejor a jugar a los dados con los niños, como Heráclito. Y, sobre todo, indaguemos en nosotros mismos: “me he investigado a mí mismo”, dijo el maestro de Éfeso, que estaría llorando a mares hoy entre tanta chimuchina, rumores y falta de pensamiento.