Carlos Peña - ANSIEDAD PRESIDENCIAL


Hay ocasiones en que la política, el manejo de las crisis, el gobierno o, si se prefiere, la cuestión pública, se estropea por un detalle inesperado, un tropiezo, una pequeña ansiedad, un rasgo de personalidad, una falta de contención.

Es lo que ha ocurrido ya un par de veces con las intervenciones del Presidente.

Primero fue lo de la nueva normalidad. Apenas el concepto fue acuñado por la Organización Mundial de la Salud y pronunciado por dos o tres líderes europeos, el Presidente Piñera se apresuró a hacer uso de él, adelantando un retorno cuyas condiciones —el ministro de Salud debió advertírselo— estaban lejos de producirse en la sociedad chilena. El anuncio del Presidente dio lugar a reacciones que, miradas a la distancia, resultaron a veces tontas y siempre peligrosas, y cuyos impulsores y otros que se montaron en la estela de ese anuncio (como el alcalde Lavín) debieran siquiera sonrojarse al recordarlas: anuncio de apertura de los malls, suspiros de alivio, instrucciones en los matinales acerca de cómo habría que comenzar a retomar la vida, vender, cobrar el precio. ¿Cuánta gente habrá salido a la calle con ánimo desaprensivo a estrenar la nueva normalidad?

Todo por tomarse en serio unas palabras a destiempo.

La noche del domingo ocurrió de nuevo.

Antes siquiera de diseñar la complicada logística que supone la distribución de alimentos a dos millones y medio de familias, y sin pensar siquiera cuánto tiempo tomaría implementar tamaña iniciativa (que, desde luego y una vez que resulte, habrá que aplaudir), el Presidente se apresuró a dar la noticia sin hacer matiz alguno y sin reparar que el anuncio de algo que comenzaba a prepararse (sin advertir que se estaba apenas preparando) sería confundido con un anuncio de veras, con la noticia de algo que comenzaría pronto. Y si comenzaría pronto, ¿por qué entonces no reclamarlo prontamente también? Es de esperar que al ver a esas personas reclamando su porción de mercadería en las calles y en las puertas de las municipalidades, el Presidente haya aprendido (la esperanza no hay que perderla) que la ansiedad, el anhelo de conducirlo todo, de aparecer previéndolo todo, es algo distinto a hacerlo bien todo.

No cabe duda de que el Presidente es un hombre inteligente (aunque a veces se empeña en derramar algunas gotas de duda sobre esa característica suya), pero dominarse a sí mismo, contener la propia ansiedad, resignarse, especialmente en estos tiempos, a que no se tiene el control de todo y, especialmente, aceptar que el protagonismo triunfal del rescate de los mineros empuñando un papel es una cosa y salir de una pandemia como la que se está experimentando es otra muy distinta, es también parte de la inteligencia que, en este par de intervenciones, brilla por su ausencia.

En alguien que, como el Presidente, suele invocar a Dios en el cierre de sus intervenciones, tamaña falta de oportunidad, esa ansia de anticiparlo todo, es muy incomprensible. Los creyentes que lo son de veras saben que en la condición humana está alojada una parte de voluntad y otra de destino incomprensible y por eso tiene sentido invocar a Dios justo para que esa parte que no se logra controlar o anticipar o prever, sea menos ruda de lo que se teme. Pero el Presidente invoca a Dios en un afán al parecer más bien retórico porque al querer anticiparse a todo, al ceder a esa pulsión de aparecer previéndolo todo, parece presumir que no hay nada que se le escape.

El problema con esa actitud presidencial en estos días desgraciados es que la gente está pronta a creerle, porque en medio de la incertidumbre y el miedo no hay cosa que se anhele más que aferrarse a una buena noticia, especialmente si ella viene del único sitio que aparenta ser capaz de resistir la naturaleza: el poder.

Hablar, decir algo, siempre importa establecer una relación con el tiempo. Cuando habla el poder, especialmente en tiempos de angustia, la gente espera que sea para acortar el tiempo, el trance por el que se pasa, no para crear una expectativa a plazo.

En días como los que corren, la responsabilidad principal recae en el Ejecutivo y especialmente en el Presidente, que debe aprender que sus palabras, sus anuncios, sus invocaciones a Dios deben ir de cerca, casi a la par, con las acciones que prevé porque de otro modo cada vez que habla, mostrando una intolerancia al transcurrir, exhibiendo una vez más esa alergia a no ser él quien primero hable, diga o anuncie, arriesga abrir un peligroso abismo de desilusión entre la buena noticia y los amargos días que siempre han de transcurrir en la espera de que se concrete.