Roberto Ampuero - EL HOMBRE QUE ESCRIBÍA BUENAS HISTORIAS


La pérdida es enorme para Chile y sus letras, para la literatura iberoamericana y los amantes de ella en el mundo. Más de 18 millones de libros vendió Luis, libros que conquistaron mentes y corazones con un lenguaje claro, efectivo y no pretencioso. “La única obligación nuestra es escribir buenas historias que la gente quiera leer, lo demás son mitos”, me dijo la última vez que hablé con él. Fue hace años, y precisamente en el festival literario de Povoa de Varzim, Portugal, donde se contagió en febrero pasado. Sepúlveda era un protagonista destacado de ese encuentro anual, que se celebra en un balneario próximo a Lisboa, cuando los turistas ya se han marchado. Son jornadas donde escritores se reúnen a conversar de literatura, planes, colegas y política.

Nos conocimos en una FIL de Santiago, cuando Luis estaba en la cúspide de su fama y asistimos a una cena con editores. Él, como si tuviera el don de la ubicuidad, participaba en cuanta mesa redonda y entrevista había, iba a radios y canales de televisión y autografiaba sin cesar. Una noche, yendo en mi auto de la Estación Mapocho a un restaurante, me relató in extenso el argumento de una novela de piratas ambientada en Coquimbo. Ignoro si la escribió, pero la idea sonaba seductora.

Portugal me permitió observarlo entre colegas iberoamericanos y europeos. Él estaba consciente y orgulloso de la recepción de su obra, y disfrutaba tanto el éxito como comentar sus proyectos. En los almuerzos y cenas de Povoa de Varzim gozaba narrando episodios de su vida que se entreveraban con sus novelas y los libros de otros autores.

Un mediodía, almorzando feijoada con tinto del Alentejo, a lo que asistían escritores y las autoridades locales, nos contó que la avioneta en que cruzaba hace años el Amazonas sufrió una falla mecánica. Viendo que el piloto desesperaba, le indicó que “aterrizara” (¿arbolizara?) sobre las copas de los árboles, cosa que hizo. Nos describió con lujo de detalles el aterrizaje suave y mullido sobre las hojas, el que ambos cerraron con un descenso a lo Tarzán por unas lianas hasta poner los pies sobre la húmeda superficie vegetal del perfumado suelo amazónico. Caminamos varios días entre serpientes y jaguares hasta que llegamos a un pueblo, precisó. Los comensales escuchamos el relato entre azorados y escépticos, sin saber si emanaba de su memoria, su imaginación o una mescolanza de ambas.

Sepúlveda era un creador innato de ficciones y sospecho que, al desplegarlas, lo hacía volviéndolas realidades genuinas. Era como esas fuentes alemanas de las cuales no cesa de fluir el agua, que en su caso eran historias que olvidaba para siempre, por lo que aún deben andar rodando inéditas por algunas calles. A la hora de contar, no había para él deslindes entre la realidad, la percepción y la fantasía enriquecedora. Supongo que por eso vivió a fondo la escritura, los viajes y su compromiso político, que por varias veces terminó, me refiero a lo último, en decepción. Como todo escritor, era un cazador solitario que alcanza a los demás a través de sus libros.

Nacido en Ovalle y con etapas en varios países, las más largas en Alemania y España, era uno de esos autores que viajan para escribir o cuya escritura nace del desplazamiento por el planeta. En esa categoría se hallan, por ejemplo, Hemingway, Magris o Theroux y los del “boom” (de paso obligado por México y Europa). Son los que necesitan vivir una odisea para narrarla, pero también están los otros, los que permanecen en Itaca, y que brotan, eruditos, de bibliotecas, como Borges, Simenon o Dostoievski.

Basta citar algunos de sus títulos para constatar el nexo entre el viajar y el narrar: “Un viejo que leía novelas de amor”, “Patagonia Express”, “Mundo del fin del mundo”, “Nombre de torero”, etcétera. Sospecho que me atrajo su literatura porque soy un escritor nómada, que intenta aprehender la realidad desde una montura mientras el paisaje desfila ante sus ojos.

Luis fue un escritor generoso promoviendo a otros autores. En Francia impulsó el descubrimiento (¿o redescubrimiento?) de Francisco Coloane. Tanto le debía a su Tierra del Fuego y canales australes que aprovechó el éxito para despertar el interés en el narrador. Curioso, Sepúlveda falleció un día después que el gran Rubem Fonseca, de 94 años, a quien entregué, en 2012, como ministro presidente del CNCA, el primer Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, a quien Luis mucho admiraba. Algo más: junto a Roberto Bolaño conforman una dupla dorada de escritores chilenos residentes en España, que fallecieron en los últimos 17 años.

Luis tenía 70. Como Bolaño, se marchó demasiado temprano. Aún tenía mucho que narrar, reflexionar y provocar. Nos quedaremos mientras disfrutando su obra al lado del entrañable “Viejo que leía novelas de amor”.

Roberto AmpueroEmbajador de Chile en España y excanciller