H.C.F. Mansilla / Erika J. Rivera - LA EPIDEMIA LOS ANTECEDENTES, LA LITERATURA Y EL VALOR DE LA VIDA HUMANA

Las epidemias, los antecedentes, 
la literatura y el valor de la vida humana


   Desde que hay crónicas históricas se menciona la existencia de epidemias que han cubierto vastas regiones y causado muchas víctimas y graves crisis económicas. El número de muertos por estas plagas de origen infeccioso es a veces mayor que el número de víctimas por motivos bélicos. Lo que se puede decir del comportamiento humano con respecto a las plagas es que se ha mostrado como muy similar a lo largo de los siglos.
   La epidemia más mortífera de la historia fue probablemente la Peste Negra o Muerte Negra de 1347-1348, que abarcó desde la China hasta Europa Occidental. Se calcula que entonces falleció una cuarta parte de la población mundial. Se la conoce también como peste bubónica y podría haber sido transmitida por un aumento inusitado de la población de ratas después de varios años de buenas cosechas. La región más afectada fue el Norte de Italia. Todos los procesos económicos fueron influidos negativamente ante la muerte de grandes sectores campesinos y artesanos en las ciudades. La Peste Negra coadyuvó a debilitar a la nobleza feudal y a crear movimientos contestatarios masivos en el siglo XIV.
   Desde entonces se han establecido algunas rutinas en caso de epidemias infecciosas que siguen vigentes hoy, como el aislamiento severo de los infectados, la prohibición de viajes y desplazamientos, el uso de ropajes protectores y la intervención del aparato estatal.
   Las grandes epidemias han sido también el tema de algunas novelas muy famosas. La más conocida es La peste, de Albert Camus (1947). Pero la más interesante e ilustrativa para nuestras preocupaciones actuales es “El diario de la peste de Londres” o también “Diario del año de la peste”, cuyo autor fue Daniel Defoe, a quien le debemos el muy conocido relato de Robinson Crusoe y algunas aventuras galantes muy populares del siglo XVIII. La epidemia de 1664-1665, que asoló Londres y gran parte de Inglaterra, es el tema de esta obra clásica de la literatura de habla inglesa. El libro apareció en 1722 y ha tenido incontables ediciones hasta hoy. Tiene la forma exterior de una crónica periodística que describe con todo detalle el número exacto de infectados y fallecidos, su distribución geográfica, las medidas del gobierno para frenar la epidemia y las pautas de comportamiento de la población. Esta novela es interesante para nosotros porque nos describe detalladamente el miedo masivo, la desesperación de amplios sectores sociales, la paranoia colectiva, los rumores insensatos y los prejuicios irracionales que se originan de manera inevitable en el transcurso de una gran epidemia.
   Como en cualquier época de crisis, la peste de Londres fomentó los mejores y los peores comportamientos de las masas sociales. Durante los meses de la peste muchos ciudadanos cuidaban gratuitamente a los enfermos, pagaban sus alquileres y deudas en mora, se preocupaban por los hijos pequeños de los infectados, hacían la labor de maestros y guardianes y consolaban a los solitarios y a los moribundos. Pero un número también muy elevado de habitantes negaba toda ayuda a los enfermos, se apoderaba de sus bienes y escasos fondos y dificultaban el tratamiento adecuado de los infectados. No pocos ciudadanos pedían la pena de muerte para todo aquel que tuviese el más mínimo síntoma sospechoso.
   Creció enormemente la aversión contra los extranjeros y hasta contra los ingleses que provenían de otras regiones del país. El egoísmo se intensificó en todas sus formas. Y también el descontento político. Había grupos que criticaban severamente al gobierno por no tomar a tiempo las medidas adecuadas y otros que acusaban a las autoridades de aprovecharse de la situación para instaurar un régimen despótico, intensificar los controles estatales y subir los impuestos. Se incrementó la suspicacia en todas sus variantes. En una palabra: una repetición de la historia humana. La peste de Londres desapareció tan silenciosamente como había venido.
   Es interesante comparar las dos epidemias mundiales más importantes de los últimos cien años: la llamada gripe española de 1919-1920 y la  actual pandemia del coronavirus. La primera fue también de alcance mundial y causó casi cincuenta millones de muertos. En este momento los fallecidos por el coronavirus a nivel planetario sobrepasan los cien mil. En los estados afectados por la gripe española no hubo ninguna interrupción de actividades económicas o burocráticas y los gobiernos respectivos no impusieron cuarentenas, confinamientos, cierre de locales públicos o medidas similares de prevención, como sí ocurre – y muy severamente – durante la pandemia de 2020. De todo esto se puede inferir que en el lapso de un siglo la vida individual es apreciada como un valor normativo mucho más elevado que antes, y que los gobiernos y las administraciones públicas desarrollan sistemas de salud y toman medidas de prevención más o menos sistemáticas para proteger a los ciudadanos contra las pandemias. Esto es también un resultado de una apreciación mucho más positiva de los derechos humanos que en épocas anteriores.
   Asimismo en base a las experiencias históricas es que la humanidad aprendió a racionalizar la problemática de las pandemias para proyectar medidas en prospectiva estratégica, apoyándose en la ciencia. Algunos países han desplegado políticas de Estado, como es el caso de Corea del Sur, con bastante éxito. Es por esta razón que al presentarse el problema, todo el equipo coreano de contingencia epidemiológica se activó con la debida planificación. Ha sido una gran iniciativa política agresiva de anticipación, que contiene una prospectiva estratégica altamente racional, en la que se destaca la posibilidad técnica de realizar miles de pruebas efectivas en un lapso de tiempo muy breve. Esta acción  no ha sido azarosa, sino el resultado de una excelente planificación, conocida como el “Plan Nacional de Preparación y Respuesta a la Pandemia”, que se basa en las experiencias de Vietnam y otros países a partir de 2003. Esta anticipación es lo que diferencia la pandemia actual de los casos anteriores y la que, en el caso de Corea de Sur, disminuye la cantidad de víctimas en términos relativos. 
   Gracias a los conocimientos desarrollados por el italiano Carlo Urbani (1956-2003), médico y microbiólogo italiano, funcionario de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de Médicos sin Fronteras es que el día de hoy se puede comprender con celeridad el problema de esta pandemia. Fue el primero en identificar el síndrome agudo respiratorio severo (SARS) como una enfermedad nueva y peligrosamente contagiosa. Debido a su lucha contra esta nueva plaga resultó contagiado y falleció en marzo de 2003. A él se le debe la idea de cuarentena inmediata que desplegó en Vietnam. Se pudo actuar con rapidez gracias a su estudio virológico. Dijo que la salud y la dignidad son inseparables en el ser humano; sería una obligación estar en contacto con las víctimas y garantizar sus derechos. Esta neumonía atípica apareció por primera vez en noviembre de 2002 en la provincia de Cantón, China. Se propagó a Hong Kong y Vietnam a finales de de febrero de 2003. La pandemia actual del coronavirus (COVID-19) es probablemente un desarrollo posterior del SARS identificado desde 2003 en el Asia Suroriental.

   Basándonos en las actuaciones de los diferentes países y diversas épocas, los países latinoamericanos deben fortalecer su prospectiva estratégica, enfrentando los diferentes escenarios que amenacen la seguridad de los ciudadanos con políticas de Estado de mediano y largo plazo. Se puede enfrentar el futuro y construirlo racionalmente.