Alberto Barrera Tyzska - TOLSTOY Y EL PODER DE LA FRAGILIDAD


Cuando Iván Ilich comienza a tomarse en serio sus dolencias y, angustiado, acude al médico, termina desconcertado ante un doctor que realiza conjeturas brillantes pero que no parece conmoverse con su caso. “¿Es peligrosa mi enfermedad?”, pregunta el paciente. El médico lo mira —“severamente”, acota Lev Tolstói— y después de una pausa reponde: “Ya le dije lo que creí necesario y útil. Lo demás lo demostrará el análisis”.
El diálogo entre la enfermedad y la ciencia que intenta derrotarla es, desde siempre, incómodo. La medicina no tiene —ni tendrá jamás— todas las respuestas. Sus certezas suelen ser provisionales, en cualquier momento pueden desarmarse ante un nuevo e inesperado misterio. En rigor, es una ciencia inexacta.
Nos cuesta mucho entender y asumir que somos una especie débil, sometida a las imprevisibles variables de la naturaleza. Ningún avance clínico jamás logrará ser suficiente. La enfermedad es un enigma con el que quizás nunca aprendamos a vivir. Lo peor, sin duda, ocurre cuando este enigma se desborda, cuando deja de ser un asunto personal, cuando se contagia con la velocidad de la histeria.
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