Marina Ayala - EN SOLEDAD


En un país muy conocido y no muy lejano se desató una epidemia tan desbastadora que se fue perdiendo toda posibilidad de hacer cohesión entre las personas, de lograr interacciones sociales, se perdió la habilidad muy humana de poder entenderse y debatir opiniones. La población fue quedando sin la capacidad de oír y de interpretar sus experiencias y sus emociones. Nadie se oía, era como si todos estuvieran sumergidos en mundos internos muy borrascosos. La sensación que esos seres producían era la de un gran tormento que no permitía el poder prestar atención y mucho menos interés por el otro. La gente hablaba si y hablaba mucho mientras el supuesto escucha estaba solo interesado en sus propios pensamientos. Apenas uno se callaba arrancaba el otro con un discurso propio y ajeno. No se hacían preguntas y por lo tanto no había intercambios de experiencias, no se compartían ideas.
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