Miguel Porta Perales - LA TRAMA OCULTA DE 1917



¿A qué se refiere el filósofo? ¿A quién se refiere el filósofo? Teoría y práctica. La teoría: esa obsesión del nacionalismo mesiánico que se empeña en la realización de la Idea, la Redención y el Destino; esto es, el dominio del Todo. Stéphane Mosès, uno de los intérpretes de Franz Rosenzweig: «El sentido del nacionalismo es que los pueblos no se contentan con creer que son de origen divino, sino que están de camino hacia Dios» (Franz Rosenzweig. Sous l’Étoile, 2009). La práctica: Franz Rosenzweig desvela y cuestiona la imagen optimista de la historia entendida como el desarrollo de la razón en marcha, como el camino que conduce a la realización del espíritu absoluto y a la reconciliación de la humanidad consigo misma. En definitiva, la metafísica de la Historia. El filósofo crítica y denuncia a quienes -Ilustración, Hegel, Marx o nacionalismos- forjaron dicha creencia, a quienes pusieron las bases filosóficas y políticas de los sueños y los monstruos generados por la razón.
La Gran Guerra, con su inusitada crueldad, segó las vidas de casi cincuenta millones de personas. Pero -a tenor de lo ocurrido y lo que posteriormente ocurrió con la Revolución rusa y sus terminales-, hizo más: quebró la idea de un determinismo histórico que, inexorablemente, instauraría la igualdad y la felicidad en la tierra. Quebró, en definitiva, la posibilidad de toda utopía. Mostró que la utopía conduce al peor de los mundos posibles, que exige el sacrificio del presente en beneficio de un supermundo ilusorio que nunca llegará, que esconde una concepción mítico-religiosa del desarrollo histórico. El resultado de todo ello lo describió Isaiah Berlin (Libertad y necesidad en la historia, 1974) en los siguientes términos: el determinismo redentor convierte el «Universo en una prisión» a pesar de que «sus cadenas estén cubiertas de flores».
La Gran Guerra y sus consecuencias brindan una lección -confirmada por la biología, la antropología, la psicología y la historia- que no podemos olvidar: la imposibilidad de alcanzar la autoidentidad humana o la sociedad reconciliada. Truman Capote: «Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas». Con razón, decía Ralf Dahrendorf (Reflexiones sobre la revolución en Europa, 1991) que «la utopía es, por la naturaleza misma de la idea, una sociedad total» que «necesita de una sociedad cerrada» de tal manera que «cualquiera que pretenda planes utópicos, en primer lugar tendrá que limpiar la tela sobre la cual está pintado el mundo real» y después «deberá construir un nuevo mundo condenado a producir errores y fracasos». Un aviso para navegantes: el asalto del cielo suele conducir al infierno en la tierra. Ejemplos, sobran.
La Gran Guerra muestra que la historia, además de discontinua, es un desgarramiento sin cesar. Pero, queda el hombre. Dice Franz Rosenzweig: «Después de que la Razón lo haya absorbido todo y de que haya proclamado que a partir de ahora sólo ella existe, el hombre descubre de repente que aunque hace mucho que ha sido asimilado por la filosofía todavía sigue allí… “Yo, que no soy más que ceniza y polvo”, yo, mero sujeto privado, un nombre y un apellido…, sigo aquí todavía y filosofo».
Y Franz Rosenzweig filosofa. Se trata -ningún plan de salvación supraterrenal- de alcanzar lo posible, de sobreponerse a lo imprevisible e inesperado. De lograr que el hombre se vuelva a la realidad y actúe sobre ella en la medida de sus posibilidades. Sentido del límite. Una redención -manumisión, rescate, regeneración- contra la teleología y la utopía y contra los sueños y los monstruos de la razón. La redención es lo inminente, lo factible, lo admisible. Una redención que, a la manera de Franz Rosenzweig, implica recuperar la soberanía individual y aceptar que la verdad no es un concepto absoluto, sino una idea relativa a un espacio, un tiempo y un individuo determinados.
Franz Rosenzweig, después de la Gran Guerra, llegó a la conclusión de que el desastre que había padecido en carne propia era consecuencia de las ideas hegelianas y de la prepotencia de la razón. Europa, a fuego y sangre, había ido hacia la catástrofe en nombre de la misión histórica de los pueblos, de los Estados, de la revolución, del progreso. Por decirlo a la manera de Edmund Husserl (La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, 1936) la Gran Guerra se explicaría en función de cuatro hipótesis: la vanidad, la espontaneidad, la liberación edénica o la venganza frente a los límites de un hombre engreído e impulsivo a la par que -supuestamente- omnisciente y omnipotente. El resultado práctico de estas hipótesis: el derrumbe de la civilización europea de entreguerras.
Franz Rosenzweig y Edmund Husserl fueron testigos de las consecuencias perversas que generan las ideas que se proponen la emancipación del género humano. De vivir unos años más -la llegada de Hitler al poder, la misión histórica del proletariado, el estalinismo, la Segunda Guerra Mundial, la persecución y el exterminio de los judíos, el campo de concentración, el gulag, la Guerra Civil española, los nacionalismos exacerbados y divisorios, el populismo rampante-, hubieran confirmado su percepción.
La lección de 1917: ni todo es posible ni se pueden satisfacer todos los deseos. Esa es la cuestión. Cosa que supone aceptar que la historia no tiene leyes que expliquen su funcionamiento y prevean su futuro, que la sociedad nunca podrá reconciliarse por entero, que no merece la pena sacrificarse por un mundo perfecto que afortunadamente nunca llegará, que no existen las soluciones totales sino -en el mejor de los casos- las reformas parciales, que la mejor y más racional manera de vivir y hacer política es a través de la discusión y el pacto en un marco de democracia, seguridad y libertades.
El Oscar que no ganó Sam Mendes por 1917 se lo merecen Franz Rosenzweig y Edmund Husserl por haber descrito la trama oculta de una Gran Guerra que ha condicionado, y puede condicionar todavía, la vida de Europa y los europeos.
Miquel Porta Perales es articulista y escritor.