Elina Malamud - AL OTRO LADO DEL AGUA

Inclinado sobre la baranda de cubierta, un migrante equis en calidad de judío refugiado escruta con ojos ansiosos, desde el barco que se balancea en el calor insólito del Caribe, la costa de la isla que ve enfrente y que no lo quiere recibir. Piensa que en realidad Herschel Grynszpan no tuvo la culpa, que solo detonó lo que las autoridades del nacionalsocialismo esperaban y que les vino de perillas.
Lo peor todavía estaba por pasar cuando el gobierno de Polonia se dio cuenta de que el Tercer Reich pretendía expulsar de Alemania a los sectores étnicos indeseables, es decir, solo por dar un ejemplo, los judíos. Fue por eso que a principios de octubre de 1938, el Ministerio del Interior decretó que los polacos en el extranjero que no renovaran su pasaporte con la estampilla correspondiente antes del día 30 de ese mes, ya no podrían regresar a Polonia. Pero como la estampilla, por alguna esperable razón, escaseaba, ni corta ni perezosa y antes de que se venciera el plazo fijado por el gobierno polaco la policía del Reich se apuró a desplegar la Polenaktion, una amplia barrida por las viviendas de varios miles de judíos polacos. Así nomás, casi en pijama, con una valijita de apuro, los obligaron a dejar sus casas y sus pertenencias. Les dieron apenas el tiempo de manotear la muñeca preferida o la pipa heredada y los subieron a un tren, acarreando todas las consonantes que se apelmazaban en sus apellidos judeoeslavos, o los empujaron de a pie hasta la frontera con Polonia. Con unos tiros al aire compelieron a los más indecisos a cruzarla.
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