Cristián Warnken - LA DESDICHADA ALMA DE CHILE

La imagen de la iglesia de Ancud en llamas duele, duele mucho al alma. No es necesario ser creyente para sentir un profundo dolor por las iglesias patrimoniales incendiadas: la iglesia de la Veracruz (donde iba el poeta Armando Uribe), la de Ancud y otras. Rosabetty Muñoz, poeta ancuditana, escribe un texto lúcido y cargado de tristeza desde Chiloé, una campanada de alerta.

Primero hace ver que estas iglesias chilotas son fruto del trabajo de carpinteros tradicionales, de fraternales mingas de comunidades muy humildes, pero lo más preocupante para ella es que jóvenes de las mismas comunidades piensen que haya que hacer arder el patrimonio para acelerar los cambios necesarios que el país reclama. En las redes sociales se viralizó —celebrando esta piromanía— una escalofriante consigna: “la única iglesia que ilumina es la que arde”. Una vieja frase anarquista repetida sin pensarla. La poeta pone las cosas en su lugar: “la iglesia en llamas no es un fuego que limpia”, afirma. Para eso están los poetas: para cuidar el lenguaje, tarea urgente hoy, porque el lenguaje es la casa del ser. Y yo agregaría: “la poesía es el templo del ser de Chile”.

¿Por qué estamos destruyendo lo más valioso, quemando lo que tiene historia y pertenece a las comunidades, tan golpeadas y abandonadas por décadas de lógicas frías de mercado, en las que las obras del espíritu (arte, cultura) no parecían importar? ¿Por qué destruir y rayar, incendiar lo bello? Recuerdo al joven rebelde poeta Rimbaud y su afirmación terrible: “senté la belleza en mis rodillas, la encontré amarga y la injurié. Me armé contra la justicia”. Cuando escribe eso, está haciéndose una profunda autocrítica, reconociendo el fracaso de su proyecto adolescente de “las destrucciones necesarias” para generar un nuevo orden en la poesía. Agraviar a la belleza es el acto ontológico más violento; no es impune para quien lo realiza: lo degrada, no lo ilumina. Rimbaud mismo reconocerá que sus “iluminaciones” juveniles eran en realidad alucinaciones. Y por eso dejará la poesía para siempre.

El resentimiento contra la belleza revela una enfermedad del alma muy grande. Pero esa enfermedad no es solo del pirómano que consuma la destrucción: él sale de un colectivo que somos todos nosotros. Chile se enfermó moral y espiritualmente, esto no es solo una crisis política. ¿Y de qué nos enfermamos? Otra lúcida mujer, ensayista de Valparaíso, Lucy Oporto, escribió un ensayo desolador sobre la crisis que estamos viviendo: “Lumpenconsumismo: saqueadores y escorias varias: tener, poseer y destruir”. Estremece leerla: el texto parte con un epígrafe de un monje del siglo IV, que trae tal vez la respuesta a la pregunta que acabo de hacer. Cito: “Cuando en su lucha contra los monjes, los demonios se ven impotentes, retirándose un poco, observan qué virtud es descuidada durante ese tiempo e, irrumpiendo por ese flanco, saquean a la desdichada alma”. ¿Qué virtudes descuidamos en estas décadas que hace que el ataque de nuestros propios demonios sea tan brutal e inmisericorde? Una de las virtudes más dañadas tal vez sea la virtud de una palabra verdadera, honesta. Nos convertimos en la república de la “letra chica”, nos acostumbramos a la mentira, a no llamar al robo, robo, a exaltar la pillería como valor. Nuestro lenguaje, nuestra comunicación se degradó. El lenguaje fue secuestrado por los que —debiendo ser modelos de integridad— devaluaron la palabra, que dejó de ser creíble, y entonces la autoridad se desfondó. Y por esa grieta, entraron los demonios a quemarlo y destruirlo todo.

Pero tenemos a los poetas. Ellos son tal vez nuestra reserva espiritual, la última autoridad que nos va quedando: hay que escucharlos otra vez a ellos, los de la “letra grande”, para limpiar el lenguaje enfermo y volver a valorar la belleza y la verdad , y así fortalecer nuestra inmunidad e impedir que se siga quemando y saqueando la “desdichada alma” de Chile.

Fuentehttps://www.elmercurio.com/blogs/2020/01/30/75977/La-desdichada-alma-de-Chile.aspx