Alejandro Lafluf - EJEMPLARIDAD




Un ideal - dice Gomá Lanzón - es una propuesta de perfección que reúne los valores estimables y vigentes de una época. Lo que los antiguos llamaban “paideia”. El ideal constituye una oferta de sentido, que señala un camino y prescribe cómo debemos ser. Y por eso mismo ilumina nuestra experiencia personal permitiéndonos ejercer la sana crítica al comparar nuestra experiencia con ese ideal. Sin ideal, nuestra vida se convierte en mera existencia y nuestra crítica en mero criticismo. En el ideal por lo tanto se juega nada menos que la convivencia y el progreso moral de los pueblos – de ahí su importancia -. Una democracia sin ideal es una democracia condenada.
Ahora bien, la pregunta por el ideal tiene que lidiar necesariamente con los dos principios hegemónicos que rigen nuestra vida democrática contemporánea: la libertad y la igualdad. Un ideal que no respete plenamente esos dos principios está destinado al fracaso – de ahí su dificultad -. Para entender por qué es difícil postular un ideal en una sociedad democrática, libre e igualitaria, es necesario remontarnos a los orígenes de nuestra modernidad. 
El Mundo pre-moderno era un mundo fijo, aristocrático y religioso. En ese mundo el hombre ocupaba su centro, era el príncipe de la creación. Sin embargo, no dejaba de ser una pieza más de un universo que lo trascendía. Con el advenimiento de la Modernidad, el hombre se emancipó, dejó de ser una parte y se constituyó a sí mismo en totalidad. Así nació la subjetividad individual moderna. El hombre como fin en sí mismo, rebelde a todo límite y portador de una dignidad resistente a todo. Las antiguas servidumbres, reglas, tradiciones, posiciones, estatutos y “dignidades” quedaron abolidas y la libertad y la igualdad – en este nuevo mundo secular y democrático - se unificaron en torno a una idea suprema: la común dignidad humana.
Ocurrieron entonces dos cosas dice el filósofo español: la primera tiene que ver con el plano individual y la segunda con el plano social. En el plano individual, la modernidad democrática establecerá una rígida separación entre la esfera pública (regida por la coacción y la ley) y la esfera privada (regida por la libertad más absoluta). En su esfera doméstica el hombre será considerado enteramente libre, creador, único, especial, original, excéntrico por definición. Y por lo mismo, podrá hacer lo que quiera mientras cumpla con la ley y no dañe a terceros. En ese coto privado nadie tiene derecho a entrometerse y cualquier límite externo será considerado un atentado contra la libertad y por lo tanto ilegítimo, alienante, oprobioso y empobrecedor. En el plano social, las creencias y costumbres colectivas  - es decir, los instrumentos más eficaces de socialización - quedarán devastadas tras la crítica nihilista de la modernidad y su lugar será ocupado por un legalismo estatal y burocrático.
Llegamos así al momento actual. Un mundo democrático que por temor a violentar la libertad y la igualdad no se atreve a postular un ideal. Un mundo que tolera (y por momentos, celebra) la vulgaridad y la medianía espiritual. Un mundo que no entiende que las leyes no pueden nada si no hay buenas costumbres detrás que las respalden. Un mundo que no advierte que la igualdad hace a los hombres, como decía Tocqueville,  “independientes y débiles” y puede empujarlos con facilidad a la anarquía o a la servidumbre.
Algunos adoptan una actitud reaccionaria y conservadora y abogan por el regreso a una sociedad aristocrática. Otros, más escépticos, dicen que no hay salida pues éste es el precio que debemos pagar si queremos vivir en democracia.  La respuesta reaccionaria violenta la libertad y la igualdad y por lo tanto es inaceptable. La respuesta escéptica renuncia al ideal y por lo mismo no resuelve el problema sino que lo disuelve. Hay una tercera posibilidad dice Gomá Lanzón y es intentar un programa de reforma de nuestra cultura democrática. No podemos renunciar al ideal (porque de su postulación depende el progreso moral de los pueblos) pero, a un mismo tiempo, deberá tratarse de uno que no disminuya la libertad y no desprecie la igualdad. Pues ambas – al decir de Tucídides - son “una conquista para siempre”.
Ese ideal – según el filósofo español – es la “ejemplaridad”. La ejemplaridad permite resolver la escisión entre vida privada y vida pública y es lo suficientemente potente como para restaurar las buenas costumbres que toda democracia necesita. La ejemplaridad respeta la libertad y la igualdad pero las integra en un orden superior. 
Necesitamos rehabilitar determinados “límites”. Tomar conciencia de que hay límites que no nos empobrecen, por el contrario, nos enriquecen. Las reglas del tránsito, por ejemplo, nos limitan, pero son la forma más segura y más rápida de llegar a destino. Lo mismo ocurre con el lenguaje. El lenguaje no empobrece nuestra libertad, por el contrario, la amplia, la enriquece, la eleva. “Limitarse es extenderse” decía Goethe. 
Además de rehabilitar determinados límites, tenemos que revisar el concepto de vida privada. Desde el punto de vista jurídico, es cierto que podemos elegir el modo de vida que queramos sin violar la ley y dañar a terceros. Pero semejante pretensión, desde el punto de vista moral, puede convertirse en un disparate. Porque lo que hacemos siempre beneficia o perjudica a alguien. Tiene un impacto positivo o negativo en los demás. Siempre somos ejemplo para alguien – dice el filósofo español -. Y somos responsables de nuestro ejemplo. Necesitamos personas ejemplares que puedan transitar del estadio estético al estadio ético, que pasen de la liberación a la emancipación. Lo que nos define como agentes morales no es la libertad sino el uso que hacemos de ella. Necesitamos una Democracia ejemplar, o mejor, una ejemplaridad democrática (no aristocrática). La ciudadanía es el verdadero contrapoder en una democracia. Y la carta de ciudanía se obtiene cultivando la “cabeza” (oficio) y educando el corazón (hogar). Necesitamos ciudadanos conscientes de su dignidad pero responsables de su ejemplo. Ese es el camino.