Manuel Valls - CATALUÑA NO ES UNA NACIÓN



Cataluña no es una nación. Asumo que ésta es una afirmación contundente y va a generar debate, algunos incluso intentarán acusarme diciendo que no comprendo los matices de lo que sucede en Cataluña. Nada más lejos de la realidad. La cuestión identitaria o nacional se ha convertido en el gran problema de España, no es un debate pequeño. El concepto nación es discutido y discutible. Éste no es un debate nuevo. Sin embargo, plantear a día de hoy este debate sólo buscando con ello facilitar un posible pacto para una investidura o una nueva mayoría es muy peligroso, mucho más incluso que cuando lo hizo Zapatero. Lo sabemos todos, el contexto ha cambiado. Aquellos que afirman que España es un estado plurinacional se equivocan, entran de lleno en el marco mental del nacionalismo catalán. Aceptan como válidas premisas interesadamente falsas cuya pretensión es construir un relato en torno al derecho de toda nación a poseer un estado.

España es una nación plural capaz de aunar y respetar las distintas sensibilidades de los ciudadanos. La Constitución de 1978 y los diferentes estatutos de autonomía han conseguido proteger la diversidad y riqueza cultural de España como no lo hubiera hecho ninguna otra fórmula, siendo buena prueba de ello la pluralidad lingüística, cultural y social de este país. Siempre será más plural una nación como la española, inclusiva, diversa y plurilingüe, que una hipotética e imposible nación de naciones que, por definición, empobrecería a España considerándola una suma de realidades invariables, uniformes y estancas. Concebir España como un ente plurinacional sólo serviría para sembrar la duda entre españoles sobre a qué comunidad política pertenecen.

El PSC arguye que la solución debe pasar por ofrecer la posibilidad de reconocer, respetar e integrar las diversas identidades nacionales que conviven en España sin mermar la cohesión social y la igualdad entre españoles. Cabe preguntarse, entonces: ¿no lo garantiza ya la Constitución en su articulado? En el momento en que Miquel Iceta inicia el recuento de nacionalidades comete dos errores: olvida mencionar la nación española y abre la caja de Pandora iniciando un debate de definiciones muy peligroso que no solventa absolutamente nada. Sus razonamientos podrían incluso acabar derivando a la justificación de la existencia de los supuestos «países catalanes». Está jugando a aprendiz de brujo. Quienes se reivindican nación cultural suelen hacerlo para reivindicarse como nación política para después imponer el derecho a la autodeterminación y separarse. El independentismo, por defecto, no anhela un nuevo encaje territorial sino una ruptura con el Estado. Es por ello que no se le puede contentar con otro modelo, nunca será suficiente autogobierno porque sus reclamaciones sólo terminarán cuando levanten una frontera entre Cataluña y el resto de España. Cambiar lo que ya tenemos, una vibrante nación cívica y plural, por una especie de Yugoslavia ibérica, donde los ciudadanos tengan cada uno una nacionalidad distinta, me parece una irresponsabilidad. El nacionalismo, repito una vez más, es guerra porque tiene una lógica supremacista y etnicista.

El nacionalismo ha defendido que todo el diseño constitucional era insuficiente para garantizar la supervivencia de la lengua y cultura que consideran propias, pero la realidad es que no se trata de un interés honesto sino de una indisimulada excusa para avanzar en su objetivo: la secesión. Además, olvidan que las lenguas son herramientas, no un fin en sí mismo. Los catalanes somos afortunados al contar con dos lenguas oficiales que nos son comunes. Y esto es capital, tan propio nos es el catalán como el español. El independentismo ha intentado durante años establecer la diferenciación entre lengua oficial y lengua propia, argumentando que pese a que el español es lengua oficial no nos es propia y debe ser tratada como secundaria en las instituciones y la vida pública.

Ante este escenario, y teniendo en cuenta que la Unión Europea es una organización de estados-nación entre los que destaca España como una de las naciones más antiguas de Europa, es clave aportar una estrategia clara que no se vea condicionada por el marco mental del nacionalismo, alejada de la búsqueda de un nuevo encaje territorial para Cataluña o para cualquier otro territorio. El PSOE no puede renunciar a los valores de la izquierda que, por definición, ha buscado eliminar las fronteras. La izquierda necesita de un rearme ideológico en Cataluña y en el resto de España para combatir al nacionalismo y defender los principios básicos de libertad e igualdad amparados por la Constitución. Los nacionalismos avanzan de nuevo en España de forma preocupante, y las negociaciones con ellos para facilitar la investidura no hacen más que facilitarles el camino. Negociar con el PNV para crear un nuevo Estatuto en el País Vasco en el que se hable de «ciudadanos nacionales» haciendo referencia únicamente a los ciudadanos vascos o negociar con Bildu en Navarra debilitará todavía más el pacto entre españoles. No podemos abandonar los valores progresistas, igualitarios y europeístas, cuya base son las personas y no los territorios, renunciando a la tradición y la historia para mirar al futuro que debemos construir en España, un país fuerte y democrático, y con la mirada fija en la edificación de una gran Europa. Es cierto que a día de hoy España se enfrenta a grandes retos, pero una cosa es buscar una solución a un problema de convivencia discutiendo con los partidos nacionalistas y con todos los que no lo son y otra muy diferente es cederles la llave de la gobernabilidad de España. Un pacto con ERC sería un caballo de Troya dentro del Gobierno de España que no nos podemos permitir.
Manuel Valls, concejal de Barcelona.