Javier Marías - CUANDO UNO YA NO SABE POR QUÉ


VIAJÉ A CATALUÑA el día después de la sentencia del procés, y allí permanecí las siguientes tres semanas. Me acerqué a Barcelona sólo una vez, en medio de los fragores pero a horas de tregua, así que nada más vi sus efectos. Los incendios, las barricadas, las batallas campales, por televisión, como la mayoría de ustedes. Donde me encontraba había calma, aunque una especie de contaminación de enfado y enemistades se notaba en el aire. Una mañana bajé a echar basura a los contenedores, y una señora de normalísimo aspecto me reconoció y me dijo: “¿Por qué no escribe un artículo diciendo que en Cataluña no nos estamos matando los unos a los otros, ni nos comemos a los niños?” Le contesté que lo haría con gusto de darse el caso, pero que no había leído ni oído que nadie afirmara semejantes cosas. Sin apenas transición, me preguntó: “¿Ha visto los vídeos de la policía saqueando las tiendas durante los disturbios?” Le dije que no y que me parecía improbable: “Los policías y los mossos están muy controlados”. Se empeñó en mostrarme las imágenes. Sacó su móvil y me enseñó a unos policías (creo, hacía sol y estábamos en la calle) en el interior de un comercio, trajinando. “Yo no veo que estén saqueando”, apunté; “pueden estar recogiendo, o verificando desperfectos, quién sabe”. Su respuesta fue tan tajante que el diálogo resultaba imposible, como si me hubiera espetado: “¿Va a dar más crédito a sus ojos que a los míos?” “Pues yo los veo saqueando”, concluyó. Me limité a añadir: “Qué quiere que le diga. Pero insisto en que me parece improbable; están muy controlados y ellos mismos graban con cámaras sus intervenciones”.

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