Alejandro Lafluf (Uruguay) - LA POLÍTICA Y LOS SISTEMAS COMPLEJOS



La evolución es una idea poderosa. Pero sobre todo es una idea inteligente. En efecto, si no evolucionamos, no podremos devolverle a nuestros países, la vitalidad y dinamismo, que sus economías necesitan. 

Ahora bien, la economía es un sistema. Pero no se trata de cualquier sistema. La economía es un sistema complejo. Una rueda o una palanca son sistemas simples – tienen pocos elementos -. Un avión o un barco son sistemas complicados – tienen muchos elementos -. Sin embargo, tanto en los sistemas simples como en los complicados, “el todo nunca es mayor que la suma de sus partes”. Y aquí radica la diferencia fundamental. En los sistemas complejos, los elementos interactúan de tal modo que generan lo que se denomina “propiedades emergentes”. En sistemas así,  “el todo siempre es mayor que la suma de sus partes”. Y esto lo cambia todo.
El agua es un sistema complejo. Aunque nos sumergiéramos en ella solo encontraríamos oxígeno e hidrógeno. Lo mismo ocurre con nuestro cerebro. La conciencia es una propiedad emergente de ese sistema, por eso no vamos a hallarla en ninguna neurona en particular. Las propiedades emergentes de un sistema complejo no tienen que ver con los elementos del sistema, sino con su relación, con su modo particular de interactuar en conjunto. 

Siguiendo a Murray Gell – Mann, en un sistema complejo, las interacciones no son fijas sino dinámicas y penetrantes (pueden alterar el estado inicial de los elementos del sistema) no-lineales (pequeñas causas pueden determinar grandes efectos) recursivas (el sistema se retroalimenta, positiva o negativamente, potenciando sus componentes o inhibiéndolos) y abiertas (el sistema interactúa con su entorno, determinando su reorganización o adaptación). 

La clave con este tipo de sistemas pasa por salvaguardar la particular interacción que existe entre cada una de sus partes, de tal modo de proteger sus propiedades emergentes. Si dañamos el cerebro, la conciencia desaparece. Si alteramos su química, el agua desaparece. Lo mismo ocurre con una economía. Si un Gobierno no actúa del modo en que debe actuar; si no respeta la naturaleza compleja del sistema económico y no actúa en línea con ella, entonces sus propiedades emergentes se pierden.

¿Cómo debe comportarse entonces un Gobierno frente a un sistema complejo como la economía para que sus propiedades emergentes – competitividad y empleo – no se pierdan? 

Un sistema complejo oscila entre dos extremos: orden y caos. Si existe demasiado orden (demasiada rigidez y regulación) el sistema pierde dinamismo y capacidad de adaptación. Si no existe ningún orden, el sistema se dispersa en la condición de su entorno, pierde identidad y se descompone. En sus extremos todo sistema complejo es débil porque pierde sus propiedades emergentes (por falta de dinamismo o por descomposición) ¿Cuáles son entonces los mecanismos a través de los cuales un sistema complejo puede mantenerse en una condición de vitalidad y crecimiento? Aquellos que le permitan funcionar en un estado de equilibrio dinámico denominado “criticalidad auto-organizada”. Este punto crítico constituye la condición óptima del sistema porque favorece su complejidad, alejándolo de sus extremos. 

Mi crítica al Estatismo es que no termina de entender la naturaleza compleja del sistema económico, y por lo mismo, no actúa en línea con ella. De ese modo destruye sus propiedades emergentes, desquiciándolo y sacándolo permanentemente de su óptimo.  El Estatismo perjudica la complejidad del sistema de dos formas: a través de su concentración y a través de su centralización. El Estatismo conduce a la concentración porque no entiende que la riqueza se crea – de ese modo convierte a la economía en un juego de suma cero-. El estatismo genera déficits que luego intentará solventar a través de endeudamiento, impuestos y tarifas públicas – ahogando al sector productivo y haciéndole perder rentabilidad y competitividad -. Como todos los recursos están dedicados a un solo “atractor”, el sistema pierde dinamismo y vitalidad, comienza a moverse más lento (desempleo, desinversión, caída de las exportaciones) afectando dramáticamente su capacidad de adaptación al entorno. 

Si la concentración le resta vitalidad y dinamismo al sistema, la centralización le resta diversidad. La centralización imposibilita el desarrollo integral al circunscribirlo a las grandes capitales impidiendo que sus frutos lleguen a todos. Asimismo, limita la calidad del crecimiento y consolida la primarización – la  inversión privada (nacional o extranjera) al carecer de las condiciones estructurales para instalarse en el interior no puede sino concentrarse en las materias primas -. La descentralización de la economía rompe este círculo vicioso pero depende necesariamente de la descentralización de la obra pública. Si la inversión privada se descentraliza, porque ahora cuenta con las condiciones necesarias para instalarse de forma óptima, entonces los frutos del desarrollo (fundamentalmente el empleo) se distribuirán, abriéndose nuevas posibilidades de inversión que incluyan la agregación de valor y nos alejen de la primarización. 

La diversidad de agentes y la descentralización de la estructura son claves para revertir la concentración y la centralización del sistema permitiendo que éste recupere su complejidad, pueda adaptarse a los cambios del entorno, fortalecerse (aumentando el peso de sus conexiones) y evolucionar. 

Si el Mercado es un termómetro, el Estado es un termostato. Un termostato se ajusta en función de la temperatura que marca el termómetro (regla fiscal y tarifas competitivas). Del mismo modo, el Estado no es una brújula – con un solo rumbo ideológico- sino un GPS que va trazando las mejores trayectorias en función de los objetivos que le va indicando la sociedad y el mercado (políticas sociales e inserción internacional). Necesitamos un Estado inteligente que se organice de forma óptima para actuar en un mundo complejo. No un Estado torpe y unidireccional que actúa sin medir las consecuencias socio-económicas de sus actos porque no termina de entender la complejidad del mundo en que vive.