Alejandro Lafluf (Uruguay) - LAS REGLAS DEL JUEGO





Para Wittgenstein – considerado por muchos como el “último filósofo” – existen dos ámbitos diferenciados: la realidad fáctica (el Mundo) y la realidad humana (la Vida). Cuando se trata del Mundo, nuestro lenguaje debe corresponderse con la realidad fáctica - necesitamos que sea verdadero para conocer mejor -. Cuando se trata de la Vida, nuestro lenguaje se comporta como un Juego cuyas reglas son nuestros usos y sentidos compartidos – necesitamos reglas para vivir mejor-. 
  En el primer caso el lenguaje es un espejo, que tenemos que seguir desempañando para conocer la verdad del mundo; un mapa que tenemos que seguir complejizando para orientarnos mejor en ese mundo (y poder lidiar mejor con él). En el segundo caso, el lenguaje es un conjunto de herramientas que construimos para vivir mejor. La Ciencia tiene por delante descubrir la verdadera trama del Mundo. La Política, la Ética, el Derecho y la Filosofía tienen por delante construir “un mundo” para que podamos vivir mejor. El Juego de la Verdad no existe porque la Verdad no es un juego. La verdad es científica y rige nuestra relación con el Mundo. El Juego verdadero no existe porque un Juego no es ni verdadero ni falso. El Mundo necesita teorías que lo describan, una forma de Vida necesita reglas que la constituyan. 
  Conocer la verdad del Mundo y tratar de Vivir mejor. De eso se trata. Ni más ni menos. Porque “más” es querer conocer y vivir como dioses y “menos” es pretender conocer y vivir como bestias. Humanos, simplemente humanos, acercándose a la verdad del Mundo a través de la Ciencia y tratando de vivir mejor a través de la Política, el Derecho, la Ética y la Filosofía. Para conocer la verdad del Mundo se necesitan buenos métodos (lógicos, matemáticos y científicos); para construir una forma de vida se necesitan buenas reglas. La experiencia acumulada sirve en ambos casos. La experiencia científica nos permite elaborar mejores métodos para constatar la veracidad de nuestras teorías (proposiciones empíricas); nuestra experiencia de vida (nuestra historia) nos ayuda a comprender y  mejorar las reglas (proposiciones gramaticales) que constituyen nuestra forma de vida. 
  La Vida no es una teoría sino una actividad, una praxis. La Vida siempre es con otros y por tanto se trata de una práctica intersubjetiva (praxis colectiva). Nuestra vida en común no necesita significados verdaderos sino reglas comunes; no necesita sentidos y valores absolutos sino sentidos y valores compartidos. Por su naturaleza social (y pública) los juegos que jugamos nos involucran a todos. En cualquier momento podemos vernos implicados en un juego con otros (cultura, educación, seguridad, deporte, agro, cine, etc). Si los juegos definen nuestra forma de vida y nos involucran (potencialmente) a todos, entonces sus reglas, que son de todos y para todos, deben ser elaboradas por todos. La noción de juego es valiosa porque conduce, necesariamente, a la Democracia. Construir buenas reglas es un desafío – qué duda cabe - pero un desafío que debemos asumir en Democracia porque se trata de algo que nos comprende y compromete a todos.
  El Fascismo digital (R. Griffin) reniega de la libertad para revertir los problemas que la libertad ha ocasionado. No advierte – o no le interesa advertir, a esta altura es lo mismo – que los problemas de la libertad no se solucionan con menos libertad sino con mejores reglas. La libertad es importante, no porque valide o justifique cualquier regla, sino porque nos permite construir democráticamente (entre todos los involucrados) mejores reglas para (con)vivir. Acusar a la libertad como coartada para eliminarla – como pretende el fascismo digital - no resuelve nuestros problemas. Y no los resuelve porque eliminar la libertad no mejora las reglas, al contrario, elimina la condición básica para mejorarlas – razón por la cual, lejos de resolver el problema, lo agrava-.
  La izquierda, en este juego que llamamos política, comete a su vez dos errores fundamentales. Malinterpreta la libertad y termina en el “todo vale” o malinterpreta la igualdad y termina en el “todo es poder”. O no nos deja jugar o nos obliga a jugar de determinada manera. Me explico: El todo vale no funciona porque un juego necesita reglas. No se trata de un problema de relativismo. El todo vale es un problema porque nos impide jugar. Ese es el punto. Si todo vale entonces nada vale. Si todos podemos hacer cualquier cosa entonces desaparecen las reglas y no podemos jugar. Eso no es libertad, es barbarie. 
  Las reglas deben construirse acorde con la finalidad del juego. Voy a poner un ejemplo simple: cuando vamos al cine estamos jugando a ver la película. La regla que establece que todos deben guardar silencio no coarta la libertad de nadie, al contrario, se trata de una buena regla porque estamos tratando de ver la película (finalidad). Pensemos ahora en los distintos juegos que jugamos (educación, empresas públicas, seguridad, vivienda, empleo, etc) y veremos de inmediato la relación inescindible que guardan las reglas con la finalidad de cada juego. El problema de la izquierda es que asume que todo es Poder. Piensa que todos los juegos involucran relaciones de poder y por tanto implican siempre una víctima y un victimario. Esta concepción lleva a una particular noción de igualdad que pretende deshacer en todo momento la relación de poder que supuestamente existe en todos los juegos que jugamos. Esta manera de pensar lleva a la izquierda a aplicar la misma regla a todos los juegos  - una regla hecha de controles, prohibiciones y sanciones, elaborada siempre a partir de la misma sospecha. Una regla que no se interesa por todos, sino exclusivamente por los que ha calificado (ideológicamente) como víctimas, aplastando a los que de antemano ha calificado (también ideológicamente) como victimarios. Lo más devastador, sin embargo, es que se trata de una regla que desatiende la finalidad de los innumerables juegos que jugamos, regulándolos a todos del mismo modo. Al aplicar la misma regla a todos los juegos la izquierda no cumple (no tiene forma de hacerlo) con la finalidad de cada uno de ellos – forzándonos a todos a jugar siempre de la misma manera - Eso no es igualdad, es poder. La izquierda oscila permanentemente entre el “todo vale” y el “todo es poder”. En el primer caso nos desampara, en el segundo nos obliga a vivir de determinada manera. 
  Todos nos erguimos bajo el Sol – dice K. Gibran – pero algunos lo hacen de espaldas a él. Qué es el Sol para ellos, sino un creador de sombras. La ideología del Poder se coloca de espaldas a lo humano y sólo ve sus sombras. Para la ideología del Poder los juegos que jugamos son manifestaciones de un solo un juego (el gran juego del poder) y todas las relaciones humanas (hombre-mujer, padres-hijos, médico-paciente, empresario-trabajador, profesor-alumno, etc) son meras expresiones de una sola relación (la relación de poder). La Ideología del Poder desconoce la naturaleza y finalidad de los distintos juegos que jugamos y por lo mismo la diversidad de reglas que los guían. La medicina existe para curar las enfermedades, los hospitales no están ahí para que los médicos ejerzan su poder sobre los pacientes; la empresa tiene que ver con producir y organizar el trabajo, no existe para que los empresarios ejerzan su poder sobre los trabajadores; la educación tiene que ver con educar a una sociedad, la escuela no existe para que los maestros ejerzan su poder sobre los alumnos, etc. 
  Las reglas deben construirse considerando la finalidad de cada juego, luego, esas reglas sujetan al Poder obligándole a funcionar dentro de sus límites. Si las reglas desconocen la complejidad y desatienden la finalidad de los distintos juegos, además de ineficaces, se tornan profundamente injustas y lejos de posibilitar, potenciar y expandir los juegos, los condicionan, los limitan y en muchos casos los anulan – tal como casi ocurre en nuestro país con el Voluntariado, al que se lo acusó de encubrir relaciones de poder y se lo quiso regular desconociendo su naturaleza y finalidad. El Voluntariado se salvó únicamente gracias a la protesta de muchos jóvenes que salieron a defender su condición de voluntarios y al arrebato de claridad de algunos legisladores que se dieron cuenta que la Ideología del Poder estaba matando lo que intentaba proteger -. 
  La izquierda puede aprobar todas las normas que quiera  pero no puede pedir normas que desnaturalicen el juego y desvirtúen su finalidad, ni reglas que lo destruyan. Y si lo hace, no puede pedir luego que el juego siga mostrando la misma vitalidad y dinamismo. 
  La Política es un juego. Wittgenstein tiene razón. La finalidad del juego político son los “problemas comunes” y sus reglas son los “valores compartidos”. Tenemos que resolver los primeros sin disolver los segundos. Ese es el desafío de toda democracia.