Nelly Arenas - CONTRA LA ILUSTRACIÓN




Bajo el título En defensa de la Ilustración (Paidós, 2018), Steven Pinker,  lingüista y científico canadiense, profesor de la Universidad de Harvard, considerado uno de los psicólogos cognitivos más connotados  del mundo, ofrece uno de los textos más completos que se haya podido escribir a favor del movimiento ilustrado y sus consecuencias para Occidente.  También conocida como Iluminismo la Ilustración defendía el principio de la razón sobre la fe como medio para explicar y resolver los problemas de la sociedad. Para Pinker el principio ilustrado basado en la aplicación de la razón y la compasión para promover el desarrollo humano tiene hoy total vigencia. No es una quimera de trasnochados.  Ese convencimiento lo indujo a escribir el portentoso documento. Los ideales de la ciencia, la razón, el humanismo y el progreso -sostiene- requieren hoy de una defensa incondicional. Hemos dado por sentado los dones dimanados de la Ilustración. Alta esperanza de vida; antibióticos que impiden la muerte por causa de pequeñas infecciones; derecho de expresión y oposición al poder sin el riesgo de terminar en un paredón  o en la guillotina, por ejemplo. La ilustración condujo a la supresión de prácticas bárbaras como la quema en la hoguera, la esclavitud, el despotismo, el empalamiento, el destripamiento, castigos seculares a través de los cuales diversas civilizaciones a lo largo de milenios aplicaban justicia. 
El objetivo expreso de Pinker es “reformular los ideales de la Ilustración en el lenguaje y los conceptos del siglo XXI.” Para lograr este cometido  nuestro autor recurre a una impresionante masa de datos. Casi seiscientas páginas ocupan la argumentación apoyada en cifras que muestran como a pesar de las tragedias  de las guerras y los totalitarismos, la humanidad ha resplandecido en forma de progreso los dos últimos siglos. Desde finales del siglo XVIII, de la mano de la ciencia y la tecnología, el mundo ha hecho carrera hacia el bienestar material más deslumbrante que ha conocido la historia.  Un solo dato puede bastar para demostrar esto: la abolición de enfermedades como la viruela, el sarampión, la malaria gracias a la invención de las vacunas, enfermedades que otrora mataban masivamente tanto a ricos como a pobres, son apenas recuerdos lejanos. Las enfermedades infecciosas que fueron  la más importante causa de mortalidad en el pasado están hoy erradicadas. 
Pero el progreso material no ha venido en solitario. También la  democracia, tal como la concebimos y practicamos hoy, es hija de los ideales de la Ilustración.  Las limitaciones al poder absoluto como el que ostentaron los monarcas del Ancien Régime, se contabilizan como uno de los mejores avances de la modernidad. Cabe concebir la democracia, señala Pinker, como “una forma de gobierno que logra el equilibrio ejerciendo la fuerza justa para impedir que unas personas se aprovechen de otras sin aprovecharse, a su vez de la gente”.  Pero además, argumenta, las democracias poseen tasas superiores de crecimiento económico, menos guerras y genocidios, ciudadanos más saludables y mejor educados y, como ha insistido Amartya Sen a quien el autor recurre, prácticamente no padecen hambrunas. Trabaja Pinker con una concepción minimalista de la democracia reduciéndola a la libertad que ella brinda a los ciudadanos para quejarse  respaldada en la garantía de que el gobierno no castigará a quienes se quejen. 
Con sus marchas y contramarchas las sociedades del planeta no han parado en su tránsito hacia la democratización.  Dos tercios de la población mundial viven en sociedades libres o relativamente libres en comparación con menos de dos quintos en 1950, un quinto en 1900, el 7% en 1850 y el 1% en 1816. De la gente que vive hoy en países no democráticos, cuatro quintas partes residen en un solo país: China. 
Corriendo con este proceso democratizador, un conjunto de acuerdos internacionales se ha fraguado empezando por la Declaración de Derechos Humanos de 1948, los cuales trazaron líneas rojas en torno a prácticas gubernamentales propias de “matones”, especialmente la tortura, las ejecuciones extrajudiciales, el encarcelamiento de los disidentes y las desapariciones. En su conjunto,  el mundo ha evolucionado hacia una defensa de los derechos humanos a pesar de todas sus contrariedades, concluye Pinker.
No obstante, desde la década de los 60,  se ha producido un quiebre de la confianza en las instituciones de la modernidad y la segunda década del siglo XXI ha visto emerger los movimientos populistas que rechazan abiertamente los ideales de la Ilustración. Son tribalistas  en lugar de cosmopolitas, autoritarios en lugar de democráticos, desdeñosos hacia los expertos en lugar de respetuosos hacia el conocimiento, y nostálgicos de un pasado idílico en lugar de esperanzados respecto de un futuro mejor, sostiene. Rechazan  la idea democrática e ilustrada de que los gobernantes son provisionales cuyo poder está sujeto a límites y deberes.
El texto de Steven Pinker es un magnífico espejo que nos devuelve por contraste la imagen cruda y dolorosa de  una Venezuela que ha descendido a las sentinas en todos los órdenes de la vida en sociedad. Si en algún lugar del mundo en este momento los fundamentos de la Ilustración se han vuelto trizas es aquí. Una democracia imperfecta como todas las demás, que fue ejemplo para otros países, dio paso a un régimen populista autoritario que convirtió en cascarones vacíos las instituciones de la democracia. Parlamento, Tribunal Supremo de Justicia y demás instancias del poder público nacional, han sido reducidas a brazos ejecutores del interés del mandamás  de turno y sus secuaces (ayer Chávez, hoy Maduro). Si en alguna parte del mundo los haberes democráticos se han diluido en las turbias aguas del despotismo es en este territorio disminuido y maltratado. Si en alguna parte el poder se ha vuelto el reverso de la compasión es en la Venezuela de estos tiempos.
Argumenta Pinker que para que la democracia arraigue es necesario que las personas influyentes, sobre todo las que portan las armas, han de pensar que ésta es preferible a  alternativas tales como la teocracia, el derecho divino de los reyes, la dictadura del proletariado… o el gobierno autoritario de un líder carismático que encarne directamente la voluntad de un pueblo. A estas alturas nadie pone en duda que en la Venezuela de nuestros días quienes tienen el control de las armas  han dado la espalda a la democracia y su interés primordial parece ser la preservación del poder a toda costa. 
El desguace de la economía sin cuyo desarrollo no puede haber generación de riqueza ha traído miseria a la mayoría de la población. Mientras que, según nos muestra Pinker, la pobreza extrema en el mundo ha retrocedido en un 75% en los últimos 30 años, en Venezuela ocurre exactamente al revés: ésta ha aumentado en esa misma proporción.  Los frutos del progreso de la modernidad ilustrada; salud, alimentación, educación, constituyen hoy pálidos recuerdos de lo que ayer fueron. La hambruna, esa que distingue a sociedades no democráticas, gravita sobre los estómagos de los venezolanos obligándolos a hurgar en los desperdicios para mitigarla. El éxodo masivo de venezolanos a países vecinos, sin precedentes en la región, grita a toda garganta la tragedia. 
Venezuela ha retrocedido vertiginosamente  en el renglón de los derechos humanos. Serias violaciones a los derechos económicos, sociales, civiles, políticos y culturales han sido documentadas en el Informe conducido por Michelle Bachelet. Las mismas no pertenecen ya solo al mundo de las denuncias de los agredidos y de las fuerzas opositoras; su reconocimiento ha sido legitimado por la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En el momento en que haya que hacer el registro de las causales por las cuales la revolución bolivariana terminó siendo abominada por propios y extraños, ese documento ocupará  uno de los primeros lugares.
El informe es la mejor prueba de que el “progreso moral” del que ha hablado Gabriel Said (Cronología el progreso, Debates, 2016) para mostrar que el avance en la modernidad no ha sido solo material, sino también que este tiene también su registro en la conciencia, en la subjetividad, se ha hecho añicos en el ejercicio del poder en Venezuela. Quizá esto sea lo más desgraciado que nos haya ocurrido en estas dos últimas décadas. Es la mejor muestra de que en estos tiempos hemos avanzado hacia la conquista del infierno, ese contra el que los principios de la Ilustración han batallado por dos siglos.