Jacques Lacan - EL LUGAR DE LO SIMBÓLICO


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Un fragmento extraído de 

Le symbolique, l’imaginaire et le réel. Conferencia pronunciada en el Anfiteatro del Hospital Psiquiátrico de Sainte-Anne, París, el 8 de Julio de 1953, en ocasión de la primera reunión científica de la recientemente fundada Société Française de Psychanalyse, y posterior discusión.1

Para abordar, de una cierta manera, el sujeto [tema] (le sujet) del que hablo, a saber el simbolismo, diré que  toda una parte de las funciones imaginarias en el análisis no tienen otra relación con la realidad fantasmática que ellas manifiestan que, si quieren, la que tiene la sílaba “po” (en la palabra “pot”) con las formas, preferentemente simples del jarro (vase) que ella designa. Como puede verse fácilmente en el hecho de que en “policía” o “poltrón” esta sílaba “po” tiene evidentemente un valor muy distinto. Podremos servirnos del “pot” [vaso, vasija, pote] para simbolizar la sílaba “po” [ello es posible en francés porque la “t” final es muda], inversamente, en el término “policía” o “poltrón”, pero convendrá entonces agregarle al mismo tiempo otros términos igualmente imaginarios que no serán tomados en este caso por otra cosa que como sílabas destinadas a completar la palabra.
Efectivamente es así como es necesario entender lo simbólico de que se trata en el intercambio analítico, a saber que lo que encontramos, y eso de lo que hablamos, es lo que encontramos y volvemos a encontrar sin cesar, y lo que Freud definió como siendo su realidad esencial, ya sea que se trate de síntomas reales, actos fallidos y todo cuanto en ello se inscriba; se trata todavía y siempre de símbolos, y de símbolos incluso muy específicamente organizados en el lenguaje, que por consiguiente funcionan a partir de ese equivalente del significante y del significado: la estructura misma del lenguaje.
No me pertenece la expresión: ”el sueño es un acertijo (rébus)”, pertenece al propio Freud. Y que el síntoma expresa, también él, algo estructurado y organizado como un lenguaje se pone suficientemente de manifiesto por el hecho, para partir del más simple entre ellos, de que el síntoma histérico proporciona siempre algo equivalente a una “actividad sexual”, pero jamás un equivalente unívoco, por el contrario es siempre plurívoco, superpuesto, sobredeterminado, y por decirlo todo, muy exactamente construido a la manera en que se construyen las imágenes en los sueños, como representando una competencia, una superposición de símbolos tan compleja como una frase poética la que a su vez vale por su tono, su estructura, sus retruécanos [juegos de palabras] (calembours), sus ritmos, su sonoridad, y así pues esencialmente sobre varios planos, y del orden y del registro del lenguaje.
En verdad, esto no se nos aparecerá quizás suficientemente en su relieve [relevante], si no intentamos ver a pesar de todo, ¡qué es, de manera completa originariamente, el lenguaje!
Por supuesto (la cuestión del origen del lenguaje, no estamos aquí para hacer un delirio colectivo, ni organizado, ni individual. Es uno de los temas que pueden prestarse mejor a este tipo de delirios) sobre la cuestión del origen del lenguaje; el lenguaje está ahí, es un emergente. Y ahora que ha emergido, ya nunca sabremos cuándo ni cómo ha empezado, ni cómo eran las cosas antes que él estuviera.
Pero de todos modos, ¿cómo expresar ese algo que debe, tal vez haberse presentado como una de las formas más primitivas del lenguaje? Piensen en las contraseñas (mots de passe). Vean, elijo a propósito este ejemplo, justamente porque el error y el espejismo, cuando se habla del sujeto del lenguaje, radica siempre en creer que su significación es lo que él designa. Pero no, pero no. Por supuesto que designa algo, cumple o realiza cierta función. Y elijo a propósito la contraseña, porque la contraseña tiene esa propiedad de ser elegida precisamente de manera totalmente independiente de su significación [en ella no se trata propiamente de eso, de su significado común, sino de otra cosa] (y si esta es idiota, a lo cual la Escuela responde- sin duda nunca hay que responder- que la significación de esa palabra es la de designar a quien la pronuncia como teniendo tal o cual propiedad que responde a la pregunta que motivó la palabra (à la question qui fait donner le mot). Otros dirían que el ejemplo está mal elegido porque está tomado en el interior de una convención, pero eso todavía es mejor, lo vuelve más valioso para lo que está en juego) y, por otro lado, no podemos negar que la contraseña tenga las virtudes más valiosas. Sirve muy simplemente para evitar que nos maten.
Precisamente por eso podemos considerar efectivamente el lenguaje como teniendo una función. Nacido entre esos animales feroces que debieron ser los hombres primitivos (a juzgar por nuestros contemporáneos, los hombres modernos, no es tan inverosímil), la contraseña es justamente no aquello mediante lo cual “se reconocían los hombres del grupo”, sino aquello mediante lo cual “se constituye el grupo”.
Hay otro registro en el que se puede meditar acerca de esta función del lenguaje; es el del lenguaje estúpido del amor, que consiste en el último grado (au dernier dégré) del espasmo del éxtasis  o al contrario de la rutina [complaciente], según los individuos  a cualificar repentinamente al compañero sexual con el nombre de una vulgar legumbre [por ejemplo mon petit chou chou en francés] o con un animal de los más repugnante [por ejemplo, mi ratoncito o mi ratita, en castellano]. Esto expresa también ciertamente algo que no está sin duda lejos de tocar el problema del horror al anonimato. No es por nada que tal o cual de estas apelaciones animal o soporte más o menos totémico, se reencuentran en la fobia. Es evidente que hay, entre los dos, algún punto en común; el sujeto humano está muy especialmente expuesto, lo veremos en seguida, a esta suerte de vértigo que surge y experimenta la necesidad de alejarlo, la necesidad de hacer algo trascendente [que lo trascienda]; no por nada eso se halla en el origen de la fobia.
En estos dos ejemplos, el lenguaje está particularmente desprovisto de significación. En ellos podemos, inmejorablemente, ver lo que diferencia el símbolo del signo, a saber, la función interhumana del símbolo. Quiero decir [de] algo que nace con el lenguaje y que hace que después que la palabra (mot) (y es para lo que sirve la palabra) haya sido verdaderamente palabra (parole) pronunciada, los dos compañeros pasen a ser [sean] otra cosa que antes. Esto, apoyándonos en el más simple de los ejemplos.
Por otra parte se equivocarían al creer que éstos no son precisamente ejemplos particularmente plenos. Ciertamente a partir de estas pocas observaciones, podrán apercibirse que, de todos modos, ya sea en la contraseña, ya sea en la palabra que se llama de amor, se trata de algo, que a fin de cuentas está lleno de connotaciones (est plein de portée). Digamos que la conversación que en un momento medio de vuestra carrera de estudiantes, hayan podido tener (en una cena de jefes igualmente promedio, por ejemplo), donde el modo y la significación de las cosas intercambiadas tiene ese carácter común a las conversaciones de la calle o del autobús, y que no es otra cosa que un cierto modo de hacerse reconocer, lo que justificaría a Mallarmé al decir que el lenguaje era “comparable a esa moneda gastada que se pasa de mano en mano en silencio”.
Veamos pues en suma de qué se trata a partir de ahí, y, en suma lo que se establece cuando el neurótico llega a la experiencia analítica. Él también comienza a decir cosas. Dice cosas, y las cosas que dice, no deben sorprendernos demasiado si, al inicio, no son otra cosa que esas palabras de poco peso, a las que acabo de hacer alusión. No obstante, hay algo que es fundamentalmente diferente; llega o viene al analista para otra cosa que para decir tonterías [trivialidades, futilidades] (des fadaises) y banalidades; que, en adelante, en la situación está implicado algo, y algo que no es poca cosa (qui n’est rien), puesto que, en suma, es su propio sentido más o menos lo que viene a buscar; y algo está ahí místicamente puesto sobre la persona de quien lo escucha. Por supuesto, avanza hacia esta experiencia, hacia esta vía original, con -¡Dios mío!- todo lo que tiene a su disposición: a saber, que lo que él cree en primer término es que es necesario que haga de médico él mismo, que informe al analista. Por supuesto, ustedes tienen su experiencia cotidiana; llevándola de nuevo a su plano (plan), digamos que de lo que se trata, no es de eso, sino que se trata de hablar, y preferentemente, sin que uno trate de poner orden, de ordenar, de organización, es decir, de ponerse según un narcisismo bien conocido, en el lugar de su interlocutor .
Al fin de cuentas, la noción que tenemos del neurótico es que en sus síntomas mismos, se trata de una “palabra amordazada” en la que se expresa un cierto número, digamos, de “transgresiones de [a] un cierto orden”, que, por si mismas gritan al cielo el orden negativo en el cual se han inscrito. Por no haber realizado el orden del símbolo de un modo vivo, el sujeto realiza imágenes desordenadas que lo sustituyen. Y, por supuesto, eso es lo que va en primer término y desde el comienzo, a interponerse a toda relación simbólica verdadera.
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Lo que el sujeto expresa primero y desde el principio cuando habla, trata de explicarse, es ese registro que llamamos las “resistencias”; lo que no quiere y puede interpretarse de otra manera que como el hecho de una realización hic et nunc, en la situación y con el analista, de la imagen o las imágenes que son las de la experiencia precoz.
Es efectivamente sobre este punto que se ha edificado toda la teoría de la resistencia y eso, tan solo después del gran reconocimiento del valor simbólico del síntoma y de todo lo que puede ser analizado.
Lo que la experiencia prueba y encuentra, es justamente otra cosa que la realización del símbolo; es la tentativa del sujeto, de constituir hic et nunc, en la experiencia analítica, esta referencia imaginaria, lo que denominamos, las tentativas del sujeto de hacer entrar al analista en su juego. Lo que vemos, por ejemplo, en el caso del “Hombre de las ratas”, cuando nos damos cuenta (pronto, pero no enseguida, y tampoco Freud), que al contar su historia obsesiva, la gran observación en torno al suplicio de las ratas, hay tentativa del sujeto de realizar hic et nunc, aquí y con Freud, esa especie de relación sádico anal imaginaria que constituye por sí misma la sal de la historia. Y Freud se apercibió muy bien, que se trata de algo que se traduce y se traiciona fisiognómicamente, en la cara del sujeto, en la expresión del mismo, por lo que califica en ese momento como “el horror del goce ignorado”.
A partir del momento en que estos elementos de la resistencia sobrevienen en la experiencia analítica, que se los ha podido valorar, plantear como tales, se trata en efecto de un momento significativo en la historia del análisis. Y podemos decir que es a partir del momento en que se supo hablar al respecto de un modo coherente y con fecha, por ejemplo, del artículo de Reich, uno de los primeros al respecto (aparecido en el International Journal), en el momento en que Freud hacía surgir el segundo en la elaboración de la teoría analítica y que no representa otra cosa que la teoría del yo; hacia esa época, en 1920, aparece “das Es” (el ello), y en ese momento empezamos a percibir en el interior (es preciso mantenerlo siempre en el interior del registro de la relación simbólica), que el sujeto resiste; que esta resistencia no es algo como una simple inercia opuesta al movimiento terapéutico, como se podría decir en física que la masa resiste a toda aceleración. Es algo que establece cierto lazo, que se opone como tal, como una acción humana, a la del terapeuta; pero, con esta precisión: es necesario que el terapeuta no se engañe. No es a él en tanto realidad que uno se opone, sino en la medida en que, en su lugar, está realizada una cierta imagen que el sujeto proyecta sobre él.
En verdad, estos términos incluso no son sino aproximativos.
Igualmente en ese momento en que nace la noción de instinto [pulsión] agresivo[a], es necesario agregar a la libido el término destrudo; y esto no sin motivo. Porque a partir del momento en que su meta (but) es descifrar las funciones totalmente esenciales de esas relaciones imaginarias, tal como aparecen [se manifiestan] bajo la forma de resistencia, aparece otro registro que está ligado nada menos que a la función propia que juega el yo (moi), en esa teoría del yo, en la que no entraré hoy, y que es absolutamente necesario distinguir en toda noción coherente y organizada del yo del [en el] análisis; a saber, del yo como función imaginaria, del yo como unidad del sujeto alienado a si mismo, del yo como eso en lo que el sujeto no puede reconocerse en primer término más que alienándose a eso, y por consiguiente no puede reencontrarse más que aboliendo el alter ego del yo, el que, como tal, desarrolla la dimensión, muy distinta de la agresión, que se llama en sí misma y así la denominaremos en adelante, la agresividad.

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